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Viajes y dieta mediterránea

Ayer me encontré  con una amigo a quien no veía desde antes del verano. Lo primero que me vino en gana fue preguntarle por su viaje a la India. Un mes recorriendo el norte del subcontinente, sin más rumbo que el que impusieran sus pasos.

El caso, me contaba,  es que tuvo que alterar en varias ocasiones su ruta, como es lógico, a consecuencia de las inundaciones en Ladakh.

Hasta ahí, lo normal en un viaje en el que a la naturaleza le dio por decir, hola, aquí estoy. Sin embargo mi amigo escondía otra herida, ésta en su orgullo, aquella más sutil que le infringieron familiares, amigos y conocidos al llegar a Barcelona.

Al parecer todo el mundo a su alrededor fue presa de una ataque de responsabilidad y le recibieron poniéndole literalmente a “parir”. Hay que ver, con la crisis, los gastos que generáis a todos los españoles cuando hay que atenderos en países lejanos, cuando no repatriaros. Todo el mundo pendiente de si estáis vivos o no, y los gastos que acarrearía  vuestra hospitalización en aquellas tierras o la repatriación del cadáver.

Según mi amigo, aquello fue un acoso de al menos tres horas, en el que no tuvo ni tiempo de decir que él viajaba, (como casi todos los viajeros) con un seguro de viaje que  cubre cualquier contingencia y que paga de su bolsillo.

Todo aquello fue dicho por sus amigos y familiares en medio de una calçotada, en la que todos participaban, claro.

Pontificaron los mismos que consideran que comer bien es sinónimo ineludible de tres platos a cada cual más lleno, de lo contrario la comida ha sido “escasa”, sin darse cuenta que la frontera de la dieta Mediterránea termina en el primer plato de calçots asados, el resto, el segundo plato compuesto de abundantes carnes, tubérculos fritos en copioso aceite, chacinerías, salsas etc, podríamos ubicarlo entre Atapuerca y Kansas City, pero difícilmente en la cuenca del Mare Nostrum, eso sin contar el postre, dulce, faltaría más, café copa y puro.

Los mismos, también, que ponen cara de sorprendidos cuando el médico enumera los diferentes tipos de farolillos rojos que adornan su análisis de sangre.

Y eso sí que lo pagamos todos sin excepción, sus colesteroles, sus cánceres de pulmón, sus hipertensiones etc…

Esto no pasaría de una mera anécdota, si no fuera por el hecho de que cada vez son más los que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En momentos de crisis es mejor tirar balones fuera, cogérsela con papel de fumar y acusar del gasto público a cualquiera que se salga de lo que la mayoría considera llevar una vida normal. 

Cada cual es muy libre de hacer lo que quiera con su vida, pero estoy saturado de escuchar lo costoso que debe ser rescatar a un buceador como yo, en un pecio o en una cueva, cuando los que me lo dicen son carne de infarto, cirrosis y hospital.

Hoy tocaba día  de desahogo.
Imagen de xArmendariz

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