Clasificado en:

Viajeros de otros tiempos.

 

Me fascinan los puertos de mar que aún conservan sus defensas y fortalezas costeras. Parece que aún esperasen a un enemigo que antaño llegaba por mar y que hoy sólo navega en viejos libros de historia. Es el caso de las tres torres de las defensas de la ciudad de La Rochelle, erigidas de cara al Atlántico. Una de las fortalezas medievales más singulares de Europa.

La Rochelle fue siempre una ciudad cosmopolita, parada obligatoria de viajeros de todo el mundo. Gracias a su distanciamiento de París y su posición estratégica en pleno Eje Atlántico, pasó sucesivamente a manos de ingleses, franceses y españoles, a lo largo de su convulsa historia. Fue foco principal de los hugonotes protestantes de Francia y ya en pleno siglo XX albergó la mayor base de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Es una auténtica delicia pasear por sus calles porticadas de señoriales casas llenas de historia, mientras deambulas en pos del Vieux Port. Pocos lugares tienen un sabor marítimo tan arraigado. No puedo evitarlo, me encanta de muchas localidades francesas la integración de puertos deportivos y tradicionales en el paisaje de la ciudad. En el caso de La Rochelle, acercarse a los cafés del puerto viejo o a los del barrio de San Nicolas significa tener en un solo golpe de vista las antiguas torres medievales, dos hermosos faros, barcos, ferries, restaurantes, tiendas y todo el bullicio de una ciudad que vive de cara al mar. 

Por supuesto, lo mío es el mar, a estas alturas es difícil disimularlo. En especial el mar que ya se fue y del que sin embargo quedan aún reminiscencias en muchos lugares, para aquél que tenga una mirada atenta.

Una vez disfrutado de lo que el siglo XXI nos ofrece, queda adentrarse en los vericuetos de la historia que nos sean permitidos. Por un módico precio accedo a las portentosas torres de Saint-Nicolas y de la Chaîne, que defienden y cierran la entrada del puerto como las puntas de una inmensa tenaza. Era imposible asaltar esta ciudad por mar sin encontrarse con el mortífero fuego cruzado de ambas torres. Bien lo supo Luis XIII de Francia y el cardenal Richelieu, quienes asediaron La Rochelle por más de trece meses.

Desde la azotea de la torre de Saint-Nicolas vislumbro a lo lejos la última torre, la que cierra las defensas y que, sin embargo,  parece apartada del núcleo del puerto. Está ubicada estratégicamente en el extremo occidental de la ciudad, vigilante permanente de la salida al mar. Se trata de la torre de la Lanterne y por lo que me explica la amabilísima recepcionista, fue cárcel de la ciudad reservada especialmente a  marinos y comerciantes a los que las guerras entre Francia, España, Holanda, etc, atrapaban embarcados o recién llegados a este puerto.

 

 

En el tercer piso exhiben un tesoro singular, a mi entender más valioso que muchas joyas de otros museos. Se trata de los graffitis realizados por los detenidos en esta torre a lo largo de la historia. Existen de todo tipo: desde los propios barcos de los marinos, sus nombres, nacionalidades, mensajes para otros compatriotas, las fechas de detención, e incluso el tiempo de condena y los sucesos que les llevaron a esta cárcel.  Entre las paredes de la angosta sala se podían llegar a hacinar más de cien detenidos, en su mayoría marinos, comerciantes y corsarios, quienes permanecían allí durante años o décadas.

Como una triste ironía, a través de  las ventanas de la torre los condenados podían observar el océano Atlántico y las cercanas islas de Aix, Olerón y Ré. El camino hacia la libertad.

No puede uno por menos que sentir un considerable grado de empatía con aquellas gentes que dieron con sus huesos en La Lanterne. Si algo fueron durantes siglos los hombres de mar  fue viajeros empedernidos. Bien por obligación o devoción, pero en cualquier caso hubo un tiempo que la mar era sinónimo de viaje, aventura y búsqueda del conocimiento y a veces fortuna. Salvo excepciones, la mayor parte de los periplos de todo tipo se realizaban por ese medio de transporte.

Así el viaje se tornaba más peligroso cuando éste discurría por vía marítima. A las lucha contra los caprichos del océano había que sumar las continuas guerras de los países europeos, hoy aliados, mañana enemigos. En estos conflictos, aquellos que estuviesen a bordo de una barco o comerciando en puerto extranjero, se convertían de la noche a la mañana en contendientes involuntarios. Muchas veces sin saber, por la tardanza de las noticias, que el barco con el que se cruzaban en alta mar estaba en guerra con ellos.

Salgo de La Lanterne con una punzada de dolor en el interior después de haber leído lo escrito por aquellas gentes, la mayoría marinos como yo, muchos corsarios. Me dirijo al puerto caminado por el filo de la muralla. A lo lejos, con las últimas luces del día, desaparece entre las brumas del Atlántico el fuerte de Boyard. Me siento en una terraza a tomar una cerveza. Un camarero me da conversación, orgulloso de mi admiración por la ciudad y en especial por las torres. Hablamos de viajes. Él viaja siempre que se lo permite su trabajo. Y ambos convenimos en la suerte que tenemos de haber nacido en una época en la que, salvo excepciones, no son otros los que deciden si hemos de observar las tierras visitadas desde la terraza de un café al borde del mar, o la ventana de una lúgubre torre a la entrada de un puerto enemigo.

Imagen de xArmendariz

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.