Verne, Islandia y un volcan llamado Snaesfellsjökull

Hay momentos en los cuales la vida te regala la plasmación de un sueño de infancia. No sé ustedes pero a mí me marcó la niñez las aventuras de Julio Verne, en especial las de carácter marítimo, pero también un libro suyo en el que el mar no era el principal protagonista.

Se trataba del magnífico Viaje al centro de la tierra, alimento y acicate que espoleó mis ansias de salir al campo y buscar fósiles en tanto soñaba con mares antidiluvianos repletos de plesiosauros, amonites y trilobites. Era una época en la que no existía Parque Jurásico, ya me hubiera gustado. A diferencia de hoy en día, los tiranosaurios no hablaban, ni disparaban armas láser, como lo hacen en series infumables de dibujos animados y colecciones de juguetes, que desvirtúan la realidad creando mundos y seres absurdos.

Ese momento aconteció cuando, no hace mucho, tuve la oportunidad de pasar una larga temporada en Islandia, inicio, precisamente, del periplo del Profesor Otto Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía islandés Hans, hacia el mismísimo centro de la tierra.
En la novela que Verne imaginó, los tres hombres se encaraman a la chimenea del volcán Snaesfellsjökull, en la península de Snaellfesnes. Siguiendo un código escrito en caracteres rúnicos por un antiguo sabio islandés, Arne Saknussemm. En las calendas de julio, consiguen acceder a una chimenea volcánica que les conduce a través de corredores pétreos hasta un mundo subterráneo, cercano al centro del la tierra.

Rememorando mis días infantiles, mientras planeaba mi viaje a Islandia, volví de nuevo a leerme la novela del genial francés, incluso me llevé un ejemplar en mi viaje afín de ilustrar ciertos pasajes in situ. Sin embargo, antes de partir, descubrí algo curioso: al parecer Julio Verne jamás pisó Islandia. Se cuenta que en un viaje a Noruega lo intentó, pero el barco en el que viajaba no pudo recalar en Reikiavik por culpa del mal tiempo. Quizás consiguió avistar la costa entre las brumas de la tormenta. Su descripción Dyrhólaey, al que llama cabo Portland, el nombre con el que lo denominaban los marineros ingleses, se ajusta fielmente a la realidad.

La agreste costa islandesa en Dyrhólaey

El resto de los lugares que transita la novela los describe con una meticulosidad asombrosa, lo que no enturbia para nada –a mi entender- la verosimilitud del relato. No en vano, algunos de los autores que más admiro nunca estuvieron en los lugares que describen y no por ello dejaron de escribir obras maravillosas.

Los personajes de Verne continúan viaje bordeando la isla a bordo del pailebote Valkyrie, hasta fondear en la bahía de Faxa, en Reikiavik. Tras una breve estancia en la capital, recorren la península de Snaellfesnes a lomos de caballo, hasta llegar a la aldea pesquera de Stapi, en la costa meridional del istmo y al pié mismo del imponente volcán.

Yo llegué a Stapi, la actual Arnastapi, una límpida y luminosa mañana, en la que por esos avatares del destino, la única nube densa en el cielo, estaba posada, precisamente, en el cono del volcán, de manera que tuve que regresar quince días después para tener una segunda oportunidad. Y lo conseguí.
Pero en ambas ocasiones, la experiencia literario-viajera me produjo una intensa emoción. Arnastapi es hoy en día la misma aldea que describiera Verne:

Arnastapi con el volcan de Julio Verne de fondo.


“Stapi es un lugarejo compuesto de una treintena de chozas y edificado en plena lava bajo los rayos del sol reflejados por el volcán. Se extiende en el fondo de un pequeño fiordo encadenado en un murallón basáltico del más extraño efecto”

Las “chozas” que describe Verne son hoy en día preciosas casas de inspiración noruega, y el “lugarejo” es un pueblo pesquero encantador, con el mismo número aproximado de casas que se describen en la novela, y situado en uno de las más bellos parajes costeros del toda Islandia.

Los lugareños, no son un derroche de amabilidad; pasan cerca de diez meses aislados del resto del mundo y con la llegada de la brevísima estación estival, se ven invadidos por hordas de europeos y americanos con los que les resulta muy difícil relacionarse haciendo uso de sus escasas habilidades sociales. La amabilidad la sustituyen por educación, lo que es de agradecer, puesto que Verne retrata al presbítero que les acogió en su casa y a su esposa, como seres ruines. Afortunadamente, los islandeses han cambiado desde entonces.
Fruto de esa necesidad de relacionarse con el mundo exterior, han hecho oídos sordos a como describiera Verne su población, y han conservado varias de las “chozas” tradicionales, hoy reconvertidas en tabernas y restaurantes turísticos.

Aseguran, sin rubor, que allí pernoctó el mismísimo Julio Verne mientra se documentaba para escribir la novela. Olvidan intencionadamente los argumentos de quienes defienden que el escritor jamás pisó Islandia, y menos aún Arnastapi. Uno de esos argumentos se sustenta en que desde la última erupción de del volcán en 1219, un inmenso glaciar cubre la cumbre del mismo, de hecho Snaesfellsjökull, significa glaciar de Snaesfell, no volcán. Esto imposibilita que Verne hubiese podido ascender al la cumbre del volcán y menos aún visitar su chimenea. El único error en la descripción de Islandia de la novela.

Casas tradicionales de Arnastapi.

Pero lo más curioso lo descubrí en mi segunda estancia en Arnastapi. El pudor de los lugareños hacia los turistas es aún tan grande, que ni siquiera son capaces de explotar sus recursos turísticos, y en ningún momento me mencionaron que tras las casas tradicionales reconvertidas en restaurantes, se había instalado una serie de paneles en honor a Julio Verne. Se trata de una curiosa señal donde en tono jocoso indican la distancia desde Arnastapi a diferentes capitales mundiales, eso sí pasando por el centro de la Tierra.


 

A su lado dos paneles informativos describen brevemente al viajero, el primero, una indicación de dónde está en ese momento:


“Aquí comienza el viaje al Centro de la Tierra, que se encuentra a 6371 kilómetros de profundidad”

Y en el segundo, informan de las teorías, más bien certezas, científicas actuales sobre la composición de las diferentes capas de la corteza terrestres hasta llegar al núcleo, y lo que es más importante para la historia que nos ocupa: el infierno de lava líquida bajo nuestros pies.


Polémicas aparte sobre si Verne atisbó el camino al centro de la Tierra o si bajo la corteza terrestre no hay más que lava incandescente, los islandeses tienen su propia teoría, la cual defienden a capa y espada: Siendo así que los protagonistas de la novela penetraron en la corteza terrestre, según Verne, por el Snaesfellsjökull, en la gélida Islandia, y salieron por Etrómboli, en el cálido mediterráneo italiano, Eso no puede ser cierto. Es imposible, según el raro destello de humor islandés. De existir un camino que uniese la brumosa Islandia con el cálido Mediterraneo, aunque fuese a través de la tierra, hace tiempo que lo estarían utilizando  para ir y volver del Mare Nostrum, y tostarse al sol en la playa. Razón no les falta.
 

Imagen de xArmendariz

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