Viejos Navegantes de los Mares del Sur

Hace no mucho tiempo mi ruta de viaje me llevó a las playas de Kuta, en Bali. Mi primera impresión no fue muy buena, recuerdo que las calles me parecían demasiado turísticas. Todo estaba preparado y pensado para los turistas, y eso es algo que siempre me ha echado hacia atrás en mis viajes. Es un problema de actitud, en el fondo una se vuelve masoquista con el tiempo y parece que si no sufre en unas vacaciones, sus vacaciones no han sido lo suficientemente aventureras. La actitud me viene por defecto; es culpa de mi padre, que siempre ha tenido espíritu libre. Su versión de las vacaciones familiares era ir allá donde no hubiera nadie, preferentemente con una tienda de campaña y un saco de dormir. Imagino que ahora sigo buscando la misma sensación de comunión con el entorno que tenía entonces, y Kuta no es un buen sitio para ello salvo si eres surfero. Sólo pasé una tarde y una noche allí, antes de inciar el viaje a Labuanbajo, en la isla de Flores, donde me esperaban una carretera sin hacer y cinco días de buceo en el parque natural de Komodo. Al montarme en el pequeño avión de hélices contemplé la ciudad por última vez y pensé que no volvería a ir jamás.

Mi reconciliación con Bali llegó sólo unos minutos después, cuando el avión sobrevolaba el estrecho de Lombok. Aquel año acababa de terminar mi máster de Arqueología Marítima y me vino a la mente un trabajo que hice sobre paisajes prehistóricos sumergidos en el sudeste asiático. Entonces recordé Lombok, y me arrepentí de no haber pisado las playas del este de Bali. El estrecho de Lombok es un punto crucial en la historia de la humanidad. Hace unos 18.000 años el nivel del mar estaba aproximadamente a 125 metros por debajo del nivel actual. En el caso del Sudeste Asiático, eso dejaba la plataforma continental de Sundaland al aire. Nuestros antepasados se instalaron en aquellas tierras fértiles cerca de ríos que aún hoy se pueden trazar bajo el agua. Sin embargo, el estrecho de Lombok tiene una profundidad mayor de 125 metros, lo que significa que nunca hubo conexión terrestre entre la isla de Bali y la de Lombok. Para un turista casual, esta información tendría un interés limitado, pero para mi las connotaciones que se derivan de esto son abrumadoras.

Al otro lado de Bali yacen islas pobladas con fechas anteriores al 18,000 BP (Before presente= antes del presente). Con una barrera de agua de por medio, nuestros aventureros antepasados tuvieron que construir barcos. Dicen que la necesidad es la madre de la ciencia. Hasta la invención de los aviones, los barcos han sido la tecnología más compleja jamás creada por el hombre, por la dificultad que supone dominar la dinámica de flotabilidad. Y mientras volaba en uno de esos maravillosos aviones, mi mente no dejaba de pensar en aquellos pioneros, que sentados frente a la playa, otearon el horizonte y vieron las costas de Lombok. De Lombok fueron a la isla de Flores, de allí a Timor, Australia, Papúa, las islas Marshall... Desde éstas últimas ya no pudieron seguir haciento navegación de cabotaje (navegar con la costa siempre a la vista), porque desde sus costas sólo se ve el océano Pacífico. Y sin embargo llegaron a Hawaii y hasta la isla de Pascua, que está a casi 10.000Km de distancia. Dicen que los pobladores del Pacífico sólo necesitaban mirar las olas y las corrientes del mar para saber cómo llegar a islas desconocidas, y tenían su propia versión del compás antes de que se inventara en China.

¿Perseverancia, locura, suerte o instinto? Hoy en día damos gran valor a la educación de las aulas, pero nos olvidamos del conocimiento que se solía pasar siempre de generación en generación. Quizás con esa obsesión por universalizar y cuantificar el conocimiento, nos hemos olvidado de cómo vivir en nuestro entorno. Hemos pasado por alto otras formas de saber más guturales y ya no sabemos confiar en el instinto, ese mismo que guía a las aves migratorias cada año. Con todo esto en la mente, volví a reclinarme en el asiento del avión pensando en volver a Bali, para poder otear el horizonte y buscar las sensaciones que debieron inundar a aquellos viajeros intrépidos.

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