Manila: ¿Perla del Oriente?

Manila es una ciudad muy particular, difícil de apreciar si uno no sabe dónde mirar. Mi primera impresión de la ciudad no fue nada positiva. Me había mudado allí para trabajar en una ONG local, Women's Media Circle, un grupo de presión que defiende los derechos de la mujer. La ciudad de Manila se corresponde sólo con el territorio histórico, que incluye los barrios de Ermita, Malate, Intramuros y Sampaloc, entre otros. Pero el exceso de población ha hecho que 16 ciudades se hayan fusionado, creando la gran urbe de Metro Manila donde viven más de doce millones de personas.

Como toda urbe con gran densidad de población, el tráfico resulta insufrible. Pero si a eso le sumamos el uso de gasolina poco refinada, el resultado es un aire tan contaminado que resulta difícil andar más de cien metros sin que los pulmones y la garganta se resientan. Los Jeepneys son el método de transporte de la gente de a pie, una especie de jeep alargado con la parte trasera abierta para que suban y bajen los pasajeros. Su exceso de decoración, conocido con el término de burloloy, es la sublimación de la esencia filipina, o como ellos dicen, pinoy. Una mezcolanza de elementos religiosos, asiáticos y occidentales que sólo tienen sentido en Filipinas. Ésta era una de mis partes preferidas del día. En medio de un caos ordenado se escuchaban gritos de ¡Quiapo, Quiapo! Los anunciantes suelen ser trabajadores improvisados que consiguen clientes a cambio de unos pocos pesos. Los Jeepneys no tienen paradas fijas, tan sólo hay que dar un golpe en el techo y gritar: ¡para po! Y el conductor frena en medio de la calle. En la ruta de Jeepney que hacía de Ermita a Sampaloc descubrí pequeñas joyas ocultas de Manila, y entonces comprendí que Manila es como un juego del tesoro: hay que saber seguir las pistas y buscar entre las palmeras hasta dar con el cofre.

Quizás estoy siendo demasiado poética; mis profesión exige grandes dosis de imaginación contrastada que me permiten ver más allá de las ruinas contemporáneas. En seguida me quedé prendada del teatro Metropolitano, un edificio art decó de 1930 que ha ido cayendo en desuso hasta ser poco más que una ruina. A pesar de las manchas de humedad, su fachada tiene una dignidad sombría, como aquel que espera resignado su destino. Más escondido para el turista habitual se encuentra el Casino Español de Manila, un lugar de reunión para los últimos castellanoparlantes de la alta sociedad filipina. Si el huésped decide comer unos callos en el restaurante, pronto olvidará que Madrid queda al otro lado del mundo. Con más de cien años a sus espaladas, el Casino Español fue de los pocos que lograron sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. Pero incluso con las pequeñas joyas que iba descubriendo en la ciudad, Manila no me terminaba de gustar. Me daba la sensación de que estaba ante una ciudad sin alma. Todo parecía de papel, como un escenario hollywoodiense de cartón piedra.
 

Pronto descubrí que eso es exactamente lo que es. A finales del siglo XIX, Manila era conocida como la Perla de Oriente, una extraña versión de Sevilla en Asia. Sus calles empedradas tenían soportales de arcos, y la arquitectura ibérica se mezclaba con las formas filipinas, dando origen a un mestizaje que era el alma de los manileños. La iglesia de San Agustín es un ejemplo de esa mezcolanza: leones chinos guardan la entrada entre pilares que no sostienen nada y santos forasteros. En el interior del monasterio adyacente aun quedan restos de una pintura mural con diseños claramente aztecas, y entre las piezas del museo se puede encontrar una virgen de marfil con rasgos asiáticos. Manila era el centro del intercambio comercial entre España y Asia, y eso dejó huella en la ciudad.
 

1898 trajo nuevos aires; Estados Unidos tomaba el control y con el cambio político Manila vió cómo sus calles se modernizaban con la introducción de tranvías, electricidad y otros productos made in the USA. A pesar de la guerra contra los nuevos colonos, Filipinas aceptó de buen grado los nuevos aires. Pero el regalo vino con letra pequeña. Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses invadieron Filipinas, haciendo fuerte en Manila. La población fue masacrada con una crueldad extrema. Hacia el final de la guerra, a sabiendas de que estaban perdiendo, los japoneses prendieron fuego a la ciudad y mataron a los habitantes que aún quedaban en ella. La entrada de MacArthur terminó por destruir lo poco que quedaba, convirtiendo así a Manila en la ciudad más devastada de la Segunda Guerra Mundial sólo por detrás de Varsovia. La reconstrucción de la urbe nunca se llevó a cabo. Con pocas ataduras a la cultura española, Estados Unidos prefirió crear una Manila moderna a imagen y semejanza de sí misma. Los restos de la antigua Perla del Oriente fueron barridos por bulldozers y sepultados en las aguas del río Pasig. Del crisol de culturas que fue Manila a penas nos quedan un puñado de edificios. La zona de Intramuros fue reconstruida gracias a la tenacidad de Imelda Marcos, pero en sus casas no ha vivido nunca nadie. No son más que un escenario de piedra para turistas. La Perla del Oriente no tiene alma. Murió en 1945. En su lugar ha crecido una urbe monstruosa que busca sus señas de identidad entre pastiches burloloy de cultura americana, su pasado español y su esencia asiática. Veremos si vuelve a convertirse en una perla.

 

Imagen de vWalker

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