Angkor Thom: una interpretación del yacimiento

Trazar la historia del imperio jemer es una tarea difícil; a los escasos documentos escritos hay que añadir la falta de excavaciones que se han llevado a cabo en Indochina a causa de la inestabilidad política de la última mitad del siglo XX. La región del sudeste asiático ha sido un punto crucial de intercambio cultural desde la prehistoria. En el 138 a.C., el emperador Wu de la dinastía Han envió al famoso diplomático Zhang Qian a establecer una alianza entre China y el pueblo de los Yuezhi de Asia Central. Su periplo le llevó hasta el extremo occidental de la India, donde observó que en los mercados de la región había una gran cantidad de productos chinos. Por aquel entonces, la ruta de la seda aún no se había establecido (de hecho, fue la información obtenida por Zhang Qian la que permitió establecer dicha ruta), por lo que la presencia de material chino en la India indica que debía haber alguna ruta comercial marítima abierta.

La posición geográfica de la península Indochina marcará el devenir del pueblo jemer, ya que con el desarrollo de la ruta marítima entre la India y China, el delta del Mekong se convertirá en un punto crucial de abastecimiento. La fuerte influencia de la cultura bramánica en el mundo jemer parece indicar que el comercio está dominado por bramanes indios, que traerán consigo una cultura madura y muy desarrollada. A partir del siglo I-II d.C. se desarrolla en el delta del Mekong lo que conocemos como Funan. El yacimiento principal de esta cultura es Oc-Eo, en la actual Vietnam, donde podemos ver como canales planificados cruzan la ciudad y la conectan con el Mekong. El sistema político de la region se conoce como mandala, dado que no se trata de un gobierno centralizado con una frontera fija, sino una lucha constante de líderes carismáticos que tendrán que hacer méritos para atraer a un mayor número de seguidores. Así pues, a finales del 550 d.C., la influencia del mandala de Funan en el delta deja de ser efectiva, y el foco de poder se trasladará hacia el interior. Allí se establece el mandala de Chenla, donde podemos encontrar los cimientos de la cultura jemer. A través de relatos de emisarios chinos, sabemos que la tendencia indianizante continúa marcando el desarrollo de la cultura jemer. La complejidad de su cultura va aumentando, y todo parece indicar que los reyes empiezan a convertirse en intermediarios de los dioses. A su muerte, comienza a establecerse un proceso de deificación que terminará por asociar directamente al rey con el dios. De entre todos los reyes del mandala de Chenla cabe destacar a Jayavarman I (c. 657-681), que reunirá el poder suficiente como para adjudicarse el título de dios en vida. Ésta atribución real transformará la vida social jemer, que a partir de este momento percibe la capital real como un recinto sagrado del que emana el poder espiritual del gobernante. No será hasta el año 800 cuando de nuevo un rey consiga adjudicarse el título de dios en vida y coronarse como "rey de la tierra rodeada por el océano" (una referencia al mitolófico monte Meru de la tradición hinduista/budista). Este rey, Jayavarman II (c. 770-850) trasladará la capital a la región del Tonle Sap (Gran Lago) y dará fruto a lo que hoy conocemos como el mandala de Angkor. La influencia de Angkor se expandirá desde el delta del Mekong hasta la meseta de Khorat (Tailandia) y el sur de Laos, plagando el territorio de templos, puentes, carreteras, reservas de agua y hospitales.

La ciudad de Angkor Thom fue la última capital del imperio jemer, y la que más tiempo duró como tal. Fue construida por el rey budista Jayavarman VII (1125-1215), que trató de imponer el budismo como religión oficial. Como el resto de la arquitectura jemer, Angkor Thom se construyó siguiendo la planta del monte Meru. El monte Meru es una montaña mística de la tradiciones hinduista y budista, que está rodeada de una cordillera y el océano. La ciudad tiene una extensión de 9km2; un foso -el océano- rodea a la ciudad y una muralla -la cordillera- se alza unos tres metros para cerrar el recinto. La muralla tiene cinco salidas, cuatro de ellas cortan de manera simétrica la ciudad, mientras que la última parte de la puerta del palacio real y sale hacia el este. Cada puerta (o gopura) está decorada con tres torres, en cada uno de los lados de cada torre hay esculpida una cara gigante de sonrisa enigmática de la que hablaremos más adelante. Las puertas solían estar abiertas desde el amanecer hasta el anocher. Ni los perros ni los delincuentes podían entrar a la ciudad, y dado que el castigo por robo era la amputación de algún dedo de los pies, era bastante fácil identificar a éstos últimos.

El viajero actual se sorprenderá al no ver nada más que árboles al otro lado de la puerta. La selva tropical ha reclamado el espacio que antes ocuparon casas de madera local. Lo único que queda de las viviendas jemeres del gran mandala de Angkor son los cimientos de piedra del palacio real y el Phimeakanas. Los hogares humildes, la madera tallada de las casas nobles, las tejas de plomo verde del palacio real, nada queda ya de la vida cotidiana de la otrora bulliciosa Angkor Thom. En algún lugar de la ciudad, las mujeres tendían sus esterillas en el mercado sobre las que ponían el material que iban a vender. Las peleas de gallos o de jabalíes, con sus espectadores apostando ruidosamente no han dejado más huella que unos bajorrelieves en el templo del Bayon. La nueva carretera nos lleva al centro geográfico de Angkor Thom, donde la sonrisa misteriosa de innumerables caras nos contemplan desde las torres del Bayon. Ésta imagen, que se repite sin cesar en la arquitectura de Jayavarman VII, ha sido foco de intensa discusión entre historiadores y arqueólogos. Las atribuciones artísticas indican que se trata de Avalokitesvara, un Boddhisatva (iluminado) que encarna la compasión de todos los budas. Los Boddhisatvas son una figura muy importante dentro del budismo ya que su extrema compasión les lleva a permanecer en la tierra para intentar ayudar a sus semejantes a obtener la iluminación. Sin embargo, la sonrisa de Avalokitesvara parece esconder algo más. Las últimas hipótesis parecen apuntar a que se trata de una representación de Jayavarman VII como Avalokitesvara, que observa todos los rincones de su territorio desde las torres del Bayon. Éste templo ha dado mucho que hablar, ya que forma una trinidad con los templos de Preah Khan (donde honra a su padre, transformado en Avalokitesvara, posiblemente sea un símbolo a la fuerza ya que el nombre del templo se traduce como espada sagrada) y Ta Prohm (donde honra a su madre, como símbolo de la sabiduría).

El templo Bayon no es de tamaño descomunal, pero debió ser bastante impactante en su apogeo. Todas las torres estaban recubiertas de oro, así como el puente que llevaba hasta la entrada y las estatuas de leones que guardaban sus lados. En los corredores había una hilera de budas del mismo metal, o al menos así lo cuenta el diplomático chino Zhou Daguan, que visitó la ciudad en el siglo XIII. Los bajorrelieves de sus corredores cobran vida, y nos acercan a lo que era la vida cotidiana en el mundo jemer. Escenas de guerra se mezclan con barbacoas, peleas de gallos, partos y mujeres preparando comida (posiblemente el famoso Amok). Uno puede perderse en la riqueza de detalles que pueblan los corredores del templo. Unas angostas escaleras suben hacia el nivel superior, y justo en el centro debió erguirse una estatua de Buda. Lamentablemente, a la muerte de Jayavarman VII hubo un proceso iconoclasta contra imágenes budistas en un intento de restituir el hinduismo como religión oficial. Fruto de este cambio, muchas estatuas budistas fueron destruidas, entre ellas el gran buda central del Bayon.

Dejando el Bayon atrás, hacia el oeste nos encontramos con el templo Baphuon -hoy en plena restauración-. La construcción de este templo masivo la llevó a cabo Udayadityavarman II en el siglo XI, y su cúpula era de bronce. A su lado se levanta la muralla del recinto real, y en su centro, la torre-templo del Phimeanakas. El palacio real, como el resto de las casas jemeres, estaba construido en madera. Sólo los nobles tenían derecho a usar tejas, y sólo el rey podía usar tejas de plomo.  La vigas de madera labrada estaban pintadas con coloridos motivos budistas, las tejas eran de arcilla amarilla, menos las del edificio central del palacio, que estaban hechas de plomo. La torre del Phimeanakas era el templo real y, de acuerdo al imaginario jemer, cada noche el rey subía hasta la cima para copular con la reina de los Naga. Los Naga son serpientes, que en el mundo jemer son seres benévolos que les protegen. Si por alguna razón el rey no pudiera cumplir con sus obligaciones, grandes catástrofes acaecerían sobre su reino.

Frente al palacio real aún se mantiene hoy la Terraza de los Elefantes, donde se erguían los pabellones reales para llevar a cabo recepciones. Justo frente a ella se extiende la plaza real, donde se realizaban todo tipo de festejos (que ocurrían cada mes); desde peleas de jabalíes hasta fuegos artificiales. Para realizar estos últimos, se levantaban unas torres de madera desde las que se lanzaban los fuegos artificiales, que eran oídos en muchos kilómetros a la redonda. Pasada la plaza real, hoy se pueden ver los restos de algunas torres conocidas como Prasats Suor Prat. Es posible que éstas torres fueran el lugar donde se llevaban a cabo los juicios por ordalía de los que habla Zhou Daguan. Según el emisario chino, cuando los jemeres tenían alguna desavenecia, los dos hombres enfrentados subían en sendas torres. Allí debían permanecer hasta que uno de los dos se enfermaba, lo que indicaba que el que tenía razón era aquel que aún permanecía en la torre. Los dioses siempre protegían a los inocentes.
 

Imagen de vWalker

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