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"Lidiando con un tren": Relato finalista del concurso Altaïr Madrid Renfe InterRail

Encima de la mesa de información de RENFE se amontonaban decenas de folletos de InterRail y cogí el más cercano a mi posición. Acababa de salir de una depresión profundísima y lo que más feliz me hacía en ese momento era viajar en tren, independientemente de lo que me deparara el destino.

Desde niño me habían gustado los trenes, cuando a pesar de mi pequeñez no cabía en ellos. Inicié el paseíllo hacia casa, rápidamente llené una maletilla con lo prescindible y salí rumboso hacia La Primavera, nombre de la 1ª estación. Llegué al andén y vi que un tren partía, rima que rima, con más puntualidad que cortesía. Se me encendió la bombilla de día, y, pensando en un avión, no tuve dudas para desprenderme del lastre de la maleta y salir corriendo como un toro en fiestas.

En seguida, el mismo día, agarré el tren con la izquierda naturalmente y me di cuenta de que estaba en el más vagón de todos, en el último. Entré en el primer departamento, vacío de gente, y agotado de energía me dejé caer en un cómodo asiento libre de cargas. De repente, y tras una duda vital, me sentí muerto y al mismo tiempo sorprendido ya que no tenía experiencia de mi nuevo estado y me quedé unos momentos esperando la llegada de mi reacción. Ese instante de la cornada pasajera fue como un orgasmo de libertad, ausencia de necesidades y agenda en blanco. Reaccioné. Dejé mi cuerpo sentado y dispuesto a dar un susto de muerte al primero que osara preguntar la hora. Y digo cuerpo porque todavía no tenía la compostura ni la neutralidad de un cadáver que se precie.

Como satisfecho del deber cumplido, me evaporé espiritualmente por una claraboya cerrada de par en par. Al rato, experimenté la agradable sensación de viajar en el ala derecha de un avión sin conocer al piloto. Después me apeé, y, como había luna llena, pospuse la visita para mejor ocasión. Poco a poco llegué al cielo, y sin fijarme en la enorme fila que había, me adelanté y le dije a San Pedro «Hola, tocayo, soy el de mantenimiento», y me colé. Vi una comodísima decoración, pero las bocas abiertas expresando el aburrimiento de la contemplación a cualquier ser, durante toda la eternidad y un día, me invitaron a salir de allá corriendo, no era lugar para mí, así que «Adiooooos...», les dije educadamente.

Descansé sin ser el séptimo y me dirigí derecho como una vela congelada al purgatorio. Me encontré con un señor en la puerta, que aunque parecía fijo tenía cara de lluvia a disgusto. Después de saludarle miré por una ventanilla con un cristal muy recio y vi a un amigo. Me dirigí al portero, «oiga, ¿me puede decir qué hace aquel señor de allá aquí?, murió a los noventa años, es de Puebla y, soltero vivo, dedicó su vida a hacer el bien a los demás». «Si se refiere a Idilio, una vez tuvo malos pensamientos», me contestó apesadumbrado. ¡Joder! 90 años engañándonos, uno ya no se puede fiar de nadie. Mientras, apareció un sindicalista y le dijo al portero “Don Ángel, por favor, baje un poco el fuego acondicionado porque llevamos 3 meses a 800º y ya estamos en verano». A lo que D. Ángel, con paternalismo navideño, le dio una palmada en la espalda y un farias y contestó «tienes razón», y bajó a 700º, por lo que se oyó un murmullo de alivio y un estornudo ostentoso. «Bueno, D. Ángel, me tengo que ir, otro día ya vendré con unas pastas.»

Descansando de tanto descubrimiento me concentré involuntariamente y aparecí en el limbo. La verdad es que el lugar me pareció familiar, como si hubiera pasado allí largas temporadas, pero no me reconoció. Como un hospital circular enorme, por lo menos mundial. Gradas tan llenas de gente que no cabían los números para acomodarse. Abarrotadas de barrotes por todos los sitios menos por uno. En la entrada, un gran letrero rojo peligro decía: COMPLETO, seguido de uno muy pequeño, verde botella vacía, en el que con paciencia de lince se leía: casi. Fui a información con la curiosidad del casi y me dijeron que una chica que murió antes de terminar el bautizo salió con permiso al dentista porque le empezaba a salir la muela del juicio final. Vi unas caras con síndrome de sardina, comprendiendo que tampoco era mi sitio, y salí ruidosamente para no dormir a nadie.

Solo me quedaba el infierno, así que me dije «a ver si hay suerte», no sin antes coger un décimo. Llegué, vi y llamé. Una voz de portero saltó «¡Santo y seña!», a lo que respondí titubeando con seguridad, «de mano y treintayunas». En esto se abrió el portalón con sabor a desengrase y un señor vestido de tabaco y fuego me recibió amablemente, «Ni puta idea, pero pasa, calamidad, que con esa cara de cabrón que tienes no te van a dejar entrar en otro sitio». Por fin un tío campechano, aquí hay comunicación, que diría mi maestro del humor benigno; «me quedo», pensé sin decirlo una vez, y empecé a conocer mi nueva morada a secas.

Paseando por allí me di cuenta de que las risas y las miradas sin chiribitas eran naturales y diferentes, nada que ver con cualquier secta de las de mi pueblo ni incluso de las de mi ciudad. Me encontré con mis primas de Milagro, nos comimos a besos y luego vino el postre. Me explicaron que allí era todo libertad y respeto, que a nadie le faltaba nada en la carta, excepto actos religiosos, patentados por el cielo, carencia que nadie echó en falta en el programa de fiestas. En un divertido tren, como minero pero de ocio, me llevaron a los toros. A la salida les invité a cenar en un asador donde tenían los productos más frescos de temporada. Después me llevaron al boxeo. Un puñetazo de los de antes, desviado afortunadamente para el otro, me dejó la cara como un guante, a la vez que oí «Cabezón de la sal a 5 minutos», y me desperté.

Me incorporé de una vez, me estiré no más de lo que daba mi cuerpo, y, contento con lo que había aprendido durmiendo, me planteé hacer carrera de noche. El tren paró a la hora convenida, y antes de bajar vi un letrero, para mí luminoso: CANTINA; esa era mi próxima estación, y me bajé hacia ella decidido de contento. Entré y pedí al chaval «Ponme un crianza de Toro con entrada a ensalada templada con gulas del bosque, sesicos de mono en boca y retrogusto a café copa y puro». Listo me contesta «¡¡ El de la casa!!» Cogí el vaso, brindé asimétricamente con un espejo ladeado y de mi quinta y me bebí el vino de un trago, saboreando la exactitud de lo pedido. Salí pausadamente, di cuatro pasos y me paré. Avergonzado por el olvido de pagar decidí no volver por no molestar otra vez. Seguí hacia un hotel, con nostalgia del infierno, pero con la satisfacción de acabar felizmente con este descabello.

                                                                                             Pello Iriarte Lusarreta

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