"La isla de los muertos" Tercer relato finalista del concurso Altaïr Madrid Renfe InterRail

Encima de la mesa de información de RENFE, se amontonaban decenas de folletos de InterRail. Aquella mañana lluviosa me dirigí como un autómata hasta la estación de tren, huyendo de mi propio destino. Después de encajar el desengaño más grande de toda mi vida, estaba dispuesto a lanzarme en cualquier dirección del mundo con tal de olvidarla... Calado hasta los huesos, me planté frente al mostrador. En un arrebato de locura, hice el juramento de ir al primer destino que saliera, cogiendo un folleto al azar. Tras diez años de relación, Elena me acababa de dejar por otro hombre. A veces las cosas más crueles suceden de la forma más trivial. Simplemente me dejó una nota escrita en la mesa del recibidor, concluyendo nuestra relación de aquel modo tan frío y humillante. Decía que no podía seguir ocultándolo por más tiempo. Volaba esa misma semana en dirección a Nueva York para instalarse allí con él. Pasé varias noches en vela dando mil vueltas sobre la cama, añorando su cuerpo a mi lado... Se me hacía insoportable la idea de quedarme a vivir en casa rodeado de todos sus recuerdos, así que decidí largarme cuanto antes donde el viento me llevara. No quería pasarme todas las vacaciones en Madrid ahogado por la tristeza, mientras ella disfrutaba de un romántico idilio con su nueva pareja.
Cerré los ojos, estiré la mano y cogí un folleto al azar. La imagen de la foto mostraba una bella estampa de los canales de Venecia. Al principio sentí un poco de fastidio. Había estado allí con Elena en uno de los momentos más dulces de nuestra relación... Pero la suerte ya estaba echada. Después de jurarlo, no me iba a traicionar a mí mismo. Mi abuelo siempre decía, que un hombre sin palabra es como una moneda falsa. Iría otra vez a Venecia, aunque tuviese que enfrentarme al fantasma de mis recuerdos con Elena. Me lo tomaría como un retorno al pasado para enderezar mi rumbo desde ese punto. Buscaría el lado oscuro de la ciudad, enterrando de manera simbólica los momentos vividos allí.
Con el folleto en la mano y sin dudarlo ni un instante, saqué el billete de tren. Por la tarde preparé la mochila tan sólo con lo indispensable. Quería ir lo más ligero posible de equipaje, viajando con la mente abierta a todo lo que se cruzara en mi camino. Me llevé algo de lectura para el trayecto y un bloc de notas donde apuntar cualquier cosa que se me ocurriera durante el viaje. Al día siguiente por la mañana subí al tren y me acomodé en un compartimiento vacío. Pasé la mayor parte del recorrido imbuido en los paisajes y en mis lecturas. De vez en cuando sacaba la libreta y apuntaba lo primero que me pasaba por la cabeza, mientras el tren devoraba los kilómetros en dirección a Italia.
Después de una breve escala en Milán, llegamos a Venecia en pocas horas. Aquella ciudad seguía teniendo algo especial. Parecía como si se hubiera detenido en siglos pasados... Al llegar al casco antiguo, todos los recuerdos se agolparon desbordando mis sentimientos. Tenía un montón de fotos hechas con Elena por los alrededores: El Puente de Rialto, la Plaza de San Marcos, las góndolas surcando el Gran Canal... En cada esquina de Venecia, la belleza del entorno provocaba que cualquier detalle me calara en lo más hondo... El simple hecho de ver a músicos callejeros tocando una pieza de Vivaldi, o contemplar a actores interpretando pantomimas disfrazados de arlequines, era algo que me emocionaba. Rodeado de toda esa magia, el recuerdo de Elena planeaba sobre mi mente sin poder evitarlo. Sentado en una escalinata del Palacio Ducal, varias lágrimas recorrieron mi rostro mientras permanecía hundido en la impotencia. La cruda realidad era que ella estaba muy lejos de mi vida, rodeada por los brazos de otro hombre... Sentía una mezcla de rabia y frustración por todo lo que estaba reviviendo. En ese momento comprendí que recorrer las mismas calles de antaño, no haría sino estancarme en el pasado maniatando mi ánimo con la soga de la nostalgia. Me levanté de un brinco y huí en dirección a la primera taberna que encontrase, cuanto más sucia y andrajosa, mejor. Bebí de forma compulsiva hasta terminar dos botellas de vino lambrusco, apoyando los codos sobre la barra sin levantar ni un instante la cabeza. Al salir de la taberna, caminé desolado por los callejones más sórdidos que pude encontrar. Entonces me di cuenta de que esa ciudad, como el amor, tenía su lado oscuro. Venecia no sólo era un lugar idílico de parejas recién enamoradas. También había esquinas mugrientas y malolientes, aguas estancadas, paredes mohosas, casas en ruinas, residencias de ancianos... Venecia no sólo reflejaba romanticismo y belleza; también existían allí el dolor y la muerte como en cualquier otro lugar del mundo.
Caminaba con paso vacilante hasta que llegué al puerto, donde me encontré con un viejo pescador de piel curtida. Me senté junto a él observando cómo pescaba con su caña de bambú frente al muelle. Estuvimos hablando un buen rato sobre el oficio. Decía que ya no se cogían tantas piezas como antaño. Según me contó, cuando era joven siempre volvía a casa con la cesta repleta de pescado. Una hora después, el sol comenzaba a ocultarse por el horizonte. Sentado allí junto al pescador, me fijé en la figura de un pequeño islote cercano a la costa. Una torre derruida presidía el lugar, dándole un aspecto misterioso.
—¿Se puede visitar esa isla? —pregunté por curiosidad.
El hombre giró la cabeza y me miró con el ceño fruncido, como si hubiera blasfemado al preguntar por aquel sitio.
—Ese lugar está maldito, muchacho —dijo en tono grave—. Allí nunca va nadie; ni siquiera nosotros. No verás un solo pescador echando las redes cerca de Poveglia. Le llaman la Isla de los Muertos... Sus aguas están infectadas de cadáveres que llevan siglos amontonados bajo el lodo. Nadie quiere acercarse a esas costas. Durante la Peste Negra, cientos de barcas llevaban a Poveglia los moribundos para dejarlos allí abandonados. Muchos murieron al intentar salir nadando de la isla. Otros permanecieron en Poveglia hasta su muerte. Dicen que algunos de esos espíritus vagan por los alrededores.. Allí no vive nadie desde hace mucho tiempo. La torre que ves junto al edificio, es de un manicomio que permaneció abierto algunos años. La gente que pasaba por aquel lugar, tarde o temprano se volvía loca. El director del manicomio experimentaba con los dementes, practicándoles horribles trepanaciones en el cráneo. Eso acabó haciéndole perder la cabeza también a él... Al final se suicidó tirándose desde la torre.
Era tremendo todo lo que me contó el pescador sobre Poveglia. Frente al lugar más idílico del mundo, el recuerdo del terror permanecía inalterable durante siglos en aquel sitio. Quizá miles de parejas se habían jurado amor eterno contemplando aquella isla rebosante de cadáveres momificados por el lodo... Me pareció una alegoría perfecta de las relaciones amorosas: En la superficie todo resulta idílico, pero debajo siempre hay un trasfondo incierto... Con aquella charla de Poveglia, el pescador consiguió aumentar mi intriga.
—¿Hay alguna manera de llegar allí? —le pregunté.
El viejo me  miró como si estuviera totalmente loco.
—Se puede ir en barca; pero no querrá llevarte nadie... a no ser que pagues una buena suma de dinero.
Recogió sus bártulos de pesca y nos dirigimos hacia la lonja. Allí habló con un tipo de barba cerrada y aspecto siniestro. El viejo se marchó y me quedé con aquel hombre para cerrar el trato. A pesar del dinero que le ofrecía, me preguntó varias veces si estaba seguro de querer pasar la noche en aquel lugar. Le dije que sí, aparentando estar convencido; aunque por dentro sentía verdadero temor... Durante el trayecto en barca, tan sólo cruzamos algunas palabras. Mientras él remaba haciendo resoplar una vieja pipa de tabaco, yo iba tomando notas en la libreta de todo lo que me había sucedido aquella extraña tarde. La quietud de las aguas era algo que imponía un tremendo respeto. Sólo Dios sabía lo que se ocultaba allí debajo... A medida que nos acercábamos a Poveglia, un nudo en la garganta me impedía tragar saliva. Pero ya no había marcha atrás... Aquel extraño hombre me dejó en el embarcadero con mi mochila. Quedamos al día siguiente por la mañana para recogerme en el mismo punto. Lo vi alejarse impasible, mientras el crepúsculo se cernía sobre la ciudad.
Apenas tuve tiempo para recorrer la isla con suficiente luz. A los pocos minutos, ya estaba casi a oscuras. Saqué la linterna del macuto y deambulé por la entrada del edificio. El manicomio se hallaba en un estado completamente ruinoso. Enseguida pude percibir energías muy negativas bajo aquellos muros. El hecho de permanecer callado en alguna estancia me ponía los pelos de punta... Era como si se pudiera cortar el aire. Sin duda tuvo que haber mucho sufrimiento entre esas paredes... Sobre la torre del manicomio, se escuchaba el suspiro tenebroso de una lechuza. Ese susurro fantasmagórico resultaba escalofriante... Salí de allí acongojado y caminé unos pasos junto al edificio, enfocando con la linterna bajo la oscuridad. De pronto, el terror me invadió. Tropecé de lleno con una zanja repleta de esqueletos postrados en hilera. Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo. Me alejé lo más rápido que pude con la respiración ahogada, siguiendo a duras penas un sendero pedregoso. Avancé atemorizado durante varios minutos. Cualquier ruido inesperado entre los matorrales, me ponía en alerta. Probablemente sólo eran alimañas sorprendidas de mi presencia, pero conseguían asustarme a cada paso que daba. Busqué con la linterna un pequeño claro entre los árboles y preparé una fogata recogiendo varias ramas. Por suerte la noche estaba muy clara; casi había luna llena. Encendí la hoguera y saqué algo de comer.
Tras la cena, ya más tranquilo, me tumbé sobre la hierba echándome una manta por encima. No lograba conciliar el sueño, así que me quedé boca arriba contemplando las estrellas y la luna. A medianoche, pude escuchar en la letanía las campanadas de la basílica de San Marcos. A partir de entonces todo era silencio, tan sólo interrumpido por el ulular de las rapaces nocturnas. A punto de dormirme, noté sobre la hojarasca pasos lentos que se acercaban hacia mí en la penumbra. Abrí los ojos y me encontré a un hombre vestido de negro con sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Iba embozado bajo una larga capa negra. En ningún momento se descubrió la cara. Se plantó frente a mí sin más, observándome de arriba abajo... El corazón se me encogió en un puño. Se sentó junto a las brasas y reavivó la hoguera mientras yo permanecía estático. No podía articular palabra. Permanecía bloqueado esperando que sucediera algo... Poco a poco me fui tranquilizando al comprobar que su actitud era pacífica y reposada. Retiré la manta y me puse frente a él como hipnotizado. Junto a la luz de las llamas, aquel hombre comenzó a hablar del terror de la peste; de rostros desfigurados pidiendo clemencia; de cuerpos corrompidos por los bubones; de lamentos desgarradores surgiendo de las fosas; de cadáveres hacinados sobre inmensas piras de fuego... Su voz grave retumbaba en el suelo como si saliera de las entrañas de la tierra... Hablaba en un italiano antiguo que me costaba entender. Mientras narraba aquellos sucesos removía el suelo con un palo, haciendo pequeños círculos sobre la arena. Al concluir su discurso, me ofreció un brebaje que vertió de un pellejo oscuro en un cuenco mugriento. Era un licor agrio y rojizo como el vinagre. Tras beber un par de tragos, comenzó a invadirme un sopor muy profundo. En un punto en el que no recuerdo, me quedé dormido.
Al amanecer, desperté sobresaltado. Aturdido y confuso, le busqué por los alrededores. No había ni rastro de aquel individuo. Pensé si lo habría soñado, pero vi los círculos dibujados en el suelo junto a los rescoldos de la fogata... Recogí mis cosas y caminé en dirección al muelle de la isla, esperando con impaciencia la vuelta del marinero. En el bote, de regreso a Venecia, le conté ansioso todo lo ocurrido. El marinero me dijo que, según la leyenda, un individuo de otro tiempo habita la isla... Se trata de un alguacil que permaneció al cargo de los traslados de moribundos a Poveglia durante la Peste Negra. Vivió el horror de cientos de seres humanos llevados hasta allí, como se lleva el ganado al matadero. Murió atormentado por la culpa de ser uno de los responsables de aquella tremenda masacre. Él mismo acabó siendo víctima de la peste al final de la epidemia. Nadie se atrevió a volver hasta Poveglia para enterrar su cuerpo. Dicen que el alguacil vaga eternamente por la isla...
Aquella misma tarde, me instalé en una pensión de las afueras de la ciudad. Gracias al carnet que me acreditaba como investigador de documentos, pude acceder a los archivos de la biblioteca municipal. Durante esos días repasé a fondo la terrible tragedia que se cebó de Venecia durante la Edad Media. En el siglo XV, la Peste Negra recorrió la ciudad arrasando todo a su paso. Aquella zona de humedades y aguas estancadas, propició que la enfermedad se expandiera de manera implacable. La situación para las autoridades se hizo insostenible, ante la imposibilidad material de poder enterrar tantos cuerpos putrefactos. Los cadáveres comenzaban a apilarse en las calles a la espera de ser quemados; pero aquello suponía un alto riesgo de contagio para la gente sana. Entonces decidieron trasladar los muertos en barcas hasta Poveglia. A esas alturas de la terrible epidemia, una psicosis calenturienta invadió toda la población. Aquel que mostraba el mínimo síntoma de enfermedad, aunque fuera un simple catarro, era denunciado a la guardia veneciana, que al poco tiempo se presentaba en su casa para llevarlo hasta la isla, condenándolo a una muerte segura. Fue tal la cantidad de moribundos acumulados en Poveglia, que al final eran arrojados a las fosas para quemarlos, sin importarle a los guardias que todavía permanecieran con vida... Renato Salieri fue unos de los alguaciles encargados de esa macabra operación.


Una semana después, regresé a España absorbido por aquella  terrible historia. Al abrir la puerta de casa y ver su foto en la entrada, me di cuenta de que me había olvidado por completo de Elena... Esa misma noche, tras deshacer el equipaje, repasé todas las notas que había plasmado durante mi periplo aventurero. Al llegar al final, me quedé petrificado. En la última hoja de la libreta, escrito con tinta de pluma, podía leerse en italiano antiguo: “Buon viaggio, amico”. Firmaba Renato Salieri.

                                                                                                        Óscar Nóbregas

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.