"La Vía Láctea" Relato ganador del Concurso Altaïr Madrid-Renfe InterRail

...Y la tierra se tiñó de blanco

Esopo

Encima de la mesa de información de RENFE se amontonaban decenas de folletos de InterRail “como un muestrario colorista de especias sobre algún puesto del zoco, en Alepo”. Rió ácidamente para sus adentros pensando en el símil. El otro día vio la noticia en televisión con el fuego consumiendo la estructura de madera y destruyendo los tenderetes –apenas pudo reconocer aquel lugar que visitó muchos lustros atrás- y desde entonces los recuerdos de viajes pasados se superponían en su mente como un rompecabezas de nostalgias.
 

“La luz sucia del primer otoño le da a la estación un aire centroeuropeo como de Gare du Midi”, dedujo también interiormente. Todo le recordaba a episodios pretéritos de viajes juveniles, pero aunque se encontrase en un lugar abarrotado de trenes y viajeros, lo cierto es que sólo paseaba por allí con intención de comprar el periódico en el quiosco de prensa del vestíbulo.


Las truculencias y catástrofes diarias en la sección internacional de diarios y noticieros televisivos eran ya su único contacto con lo exótico, con cualquier cosa que escapase a la rutina de un trabajo gregario que ya ni siquiera odiaba, el desinterés de una mujer que en el fondo sabía que le despreciaba y la indolencia e ingratitud de unos hijos –la parejita chico-chica que su esposa se empeñó en buscar desde que se casaron- para los que su padre no era mucho más que la versión humanizada de un cajero automático.


“Los chicos de la portada parecen un par de estudiantes de intercambio viajando por Europa, como aquella pareja de neoyorquinos con los que conversé en la noche del Prater”. Los rostros le regresaban a la mente cuando decidió echar mano a uno de los folletos que colocó sobre la portada de su diario para desplegarlo casi en el mismo acto. “Todo viaje comienza con una idea y un mapa”, rememoró ¿Cuántas veces las habría pronunciado antes? Muchas en sus años de la universidad cuando el mundo salía a su encuentro al día siguiente de que concluyesen los exámenes. Los países se aplastaban sobre las páginas de un atlas y para explorarlos sólo había que deslizar el índice derecho marcando la ruta programada.


“¿Cuándo se comenzó a torcer todo?” “¿Cuándo decidí abandonar?” “¿Abandoné realmente o fue que todo vino dado así?”, se interrogó, culpándose del tiempo perdido mientras sorteaba intuitivamente a los transeúntes por el vestíbulo de la estación ya con el mapa del folleto abierto sobre su cara como en la de un espía anacrónico. Tal vez el matrimonio, las responsabilidades, el trabajo, la paternidad… ¿Mereció la pena? “La maldita luna de miel, quizá. Nunca quise ir a Canarias, allí no había vías de trenes ni estaciones” y la excusa le hizo sonreír de nuevo. “Sé que a ella le gustaban los relatos de mis viajes, al menos cuando éramos novios, pero luego todo cambió”. “Ya tendrás tiempo cuando te jubiles” me decía los primeros años. “Demasiado caro, demasiados peligros, demasiado poco tiempo”. Ni siquiera los chicos lo entienden y ya son mayores como para entenderlo. “Hoy se viaja por Internet”, me repiten. “No merece la pena echarse una mochila a la espalda cuando todo lo que buscas lo puedes encontrar en tu propia habitación”. “Preferimos navegar a viajar”, me repiten con un punto de sorna, “como si fuese diferente o aún contradictorio.” “Ellos son de otra generación, lo sé muy bien. Su realidad no es la mía, pero al menos podrían interesarse un poco por lo bueno que puedo transmitirles.” “Navegar, dicen y el infinitivo me suena a sarcasmo a mí, que un día crucé los Dardanelos desde Gallípoli y al siguiente me planté frente a los muros de Troya o lo que queda de ellos.”

Los juicios revoloteaban en su cabeza como un enjambre de justificaciones pero a medida que ponía rumbo al supermercado donde habría de comprar el pan –era su misión encomendada de la mañana- dejó de pensar en sí mismo para prestar atención al mapa que lucía a la altura de sus ojos. Observó los países coloreados de una Europa castrada de fronteras. Las líneas de ferrocarril y las marítimas como venas y arterias que irrigaban vida al viejo continente, el azul cobalto rotulado de los mares –Mediterráneo, Negro, Báltico...- como una inmensa piscina donde se bañaban las naciones y el blanco subrayado en rojo de los confines africano y asiático como una invitación a salirse de los límites marcados. “Ex Oriente lux”, “Ex Africa semper aliquid novi”, creía apuntar con exactitud de sus tiempos en el instituto y los adagios se le revelaban como una letanía.


Y ya el mapa no era el mapa para él sino un itinerario de trayectos y estaciones guardados en su memoria y encarnados sobre el papel. Los paraguas de Victoria Central Station antes de tomar el expreso a Liverpool, los sombreros de los elegantes viajeros de Austerlitz en el París soñoliento de primera hora. El fantasma de Hércules Poirot en la entrada de Sirkeci a solo unos metros del Bósforo. Las vías del horror en la puerta de Auschwitz: “Arbeit macht frei”, recitó mecánicamente para sus adentros. Y luego el bullicio de Termini con el macuto sobre la espalda y la Ciudad Eterna por explorar sin prisas. La fachada neomanuelina del Rossio, las centenares de bicicletas aparcadas frente a la Centraal de Amsterdam… y todas aquellas pequeñas estaciones olvidadas de lugares ya sin nombre que sin embargo algún día visitó muchos años atrás. “Debía volver”, se propuso o más bien se exigió en medio de la calle. “Ya es hora de regresar al camino”. “Y no sólo por la pequeña Europa”. Ahora que estaba a punto de prejubilarse era el momento de desterrar para siempre los encargos gregarios, las servidumbres que la rutina le imponía. “Marchar de nuevo” y descubrir las constelaciones en el techo de la Grand Central de Manhattan donde terminaba aquella película que tanto le impresionaba –Al Pacino soñando con la huida mientras contempla un cartel publicitario- o, siguiendo con los mitos del celuloide, tal vez contemplar desde la ventanilla el rio Kwai bajo el puente –hoy ya es de metal, no de madera, como había leído- erigido en Kanchanaburi, Tailandia.  “Y regresar al viejo continente desde cualquier ramal del Transiberiano para llegar a Moscú desde Asia a través de las estepas.”


“Eso y ya viajar lo que me quede de existencia”. “Estrenar la red ferroviaria más larga que jamás haya existido y con la que los chinos –le llamó la atención el otro día en el informativo- unirán Pekín y Londres a través de diecisiete naciones con ciento veinte mil kilómetros de vías ¿Por qué no? ¿Y por qué no tomar el ferrocarril General Roca y cruzar así las llanuras de la Pampa? O mejor adentrarse sobre raíles y con veneración en el Valle Sagrado, deslumbrarse con las voluptuosas orillas del Urubamba y arribar al pie de las ruinas venerables –Montaña vieja en quechua, creo que significaba- saboreando el inminente ascenso, citándose con los dioses incas. Pero tal vez convendría saber si el viejo Plinio sigue teniendo razón y encaramarse a un coche del Lunático para estremecerse con los espíritus de los devoradores de hombres en algún lugar del Tsavo, entre Nairobi y Mombasa. Honrar a T.E. Lawrence en Aqaba, partir frente a la bahía de Sídney  para cruzar el desierto, adentrarme en territorio Cheyenne gracias a la Union Pacific… O visitar, sí, aunque sólo sea estar allí, la estación del país más pequeño de la tierra. En El Vaticano, maldita sea, hasta El Vaticano tiene un tren que casi nunca se utiliza, pero lo tiene en sus jardines, aunque Juan XXIII haya sido el último Papa en subirse a bordo, aunque apenas transporte mercancías. Debo ir allí, verlo, comprobarlo personalmente,”

Así traspasó la puerta del supermercado imaginando trenes que jadeasen en las rampas de los Alpes, viejas locomotoras de fabricación soviética que aún uniesen líneas locales en Bielorrusia, vio barcos elevándose sobre el terreno desde un vagón holandés, bosques de pinos hasta donde alcanzaba la vista por latitudes boreales bajo Deneb, Vega y Altair, “cuatro veces mayor que el Sol”. Advirtió vías rectas como cremalleras infinitas en Suecia, convoyes atravesando pueblos industriales en Escocia, estaciones inhóspitas que apareciesen cual refugios de los Cárpatos. “Al diablo los achaques –la dichosa falta de calcio en los huesos, la asquerosa osteoporosis-, la edad, las malditas imposiciones.” Parecía conversar con el mapa del folleto desplegado ante su cara como un explorador embarcado frente a su bitácora, antes de la partida inminente. Dobló la esquina de los congelados para encarar el pasillo de productos diarios donde se hallaban los estantes del pan. No advirtió que un par de minutos antes alguien había dejado caer unos cartones de leche que habían desparramado su contenido sobre las baldosas. En ese momento apartó los ojos del mapa ya con el pan –barra y chapata pequeña, ésa había sido la orden- localizado a unos pasos.


La leche derramada formaba un reguero pálido en el suelo, una vía láctea terrenal como una tosca maqueta de la otra celeste que durante siglos ejerciera como guía de peregrinos.


Su suela derecha resbaló sobre el blanco destrozando su composición como en un cataclismo galáctico. El mapa –aquel folleto de InterRail sobre la mesa de información de RENFE recogido minutos antes-  voló de sus manos buscando la balda de esas bebidas a base de soja o avena pero yendo a parar finalmente hacia un cuerpo tendido – el suyo- del que oyó un crujido sordo al mismo tiempo que sentía el frío del firme. Las visitas al traumatólogo le habían convertido en experto. Supuso que era el cuello del fémur –fractura de cadera- barruntó una o más operaciones, placas, clavos, tornillos y una larga rehabilitación que le llevaría meses. Eso y las inevitables broncas de su mujer por su despiste y torpeza, la condescendencia de sus hijos, lástima de amigos y las recomendaciones médicas de sedentarismo, tranquilidad y buenos alimentos. “Todo viaje, recordó, empieza con una idea y un mapa”. Ahora sabía que también puede terminar del mismo modo.    

Saúl Ramos

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