Clasificado en:

Viviendo en Montmartre durante una semana

Tener un (muy buen) amigo viviendo en París que te recibe en su casa con una sonrisa y un abrazo es algo que hay que aprovechar y, sobretodo, disfrutar.

Con tal fin salí desde Barcelona hará dos semanas a navegar por la ciudad de Sartre y del Vila-Matas joven e inexperto.
La ciudad ha sido cuna y capital (entre otras, claro) de la cultura en Europa desde tiempos inmemoriales.
En fin, no quiero extenderme por este camino que, en realidad, desconozco.

Como decía, mi amigo no se contenta solo con vivir en París, además, vive en Montmartre, el barrio con mayor actividad nocturna y agitación artística.

Me instalé gustosamente en el sofá del comedor y salí a dar una vuelta por entre las plazas y callejones y a tomar una cerveza en el Sacré-Coeur. Por supuesto, es mucho más agradable traer la bebida de casa y tomarla tumbado en el césped, como buen parisino, en vez de hacer cola en un bar con cuadros de la Torre Eiffel y pagar 5€ por una simple caña, rodeado de viajeros Lonely Planet.

En mi cabeza rondaban múltiples planes para la semana, pero dispuesto también a dejarme llevar por las propuestas de mi amigo. La primera noche  fuimos al Cinéma au plain air. La película se proyectaba al aire libre, en un parque. Con pantalla gigante y viendo caer el día, vimos Golden Door.
Al día siguiente me lancé a recorrer el Sena y a deambular por el Cartier Latin, visita obligada para degustar otro hervidero de la ciudad. No me considero un deportista como Haruki Murakami, mas recorrer unos 10km durante el día no me cansó, todo lo contrario, si hubiera habido más horas, hubiera proseguido la caminata.
Las librerías son otro punto fuerte de París. Al final perdí la cuenta de las que me iba cruzando. ¿15? ¿20?
Mi francés dista mucho de ser perfecto, pero me hice con un par de libros de bolsillo que me parecieron aceptables para mi nivel.
Recomiendo una librería en Montmartre que se llama Abbesses. Pequeña, llena de curiosidades y muy fácil de encontrar.

La visita al Louvre era otra obligación. Había estado dos años antes y  esta vez me resultó una decepción. Evidentemente, las obras, esculturas y edificio son maravillosos, pero la masificación llega a deslustrar la visita. Las fotos son constantes y maníacas (¿no está prohibido fotografiar pinturas?). Cuando un turista se puso a imitar la forma de la escultura de un atleta y a sacarse fotos con su grupo de amigos tuve suficiente. Alargué mi paseo hasta la Torre Eiffel, momento en el que salió el sol y saqué algunas fotografías de la escultura metálica más famosa del planeta. La cola para subir era infinita, con lo que renuncié a ello también.

Tenía ganas de visitar el Pompidou, el museo de arte contemporáneo. Los menores de 26 años residentes en la UE están exentos de pago, con lo que ahorré 9€.
Es más grande de lo que parece a simple vista y estaba más tranquilo que el Louvre. Estuve unas dos horas recorriendo las salas sin prisa intentado parecer un tipo interesante y culto, procurando leer la información de los artistas y disfrutar de sus creaciones. Me sorprendieron las Guerrilla Girls, si no recuerdo mal de los años 70, que clamaban “El 90% de desnudos en la pintura son mujeres, ¿es la única forma para las artistas de entrar en un museo?”.

La zona circundante al museo está repleta de chiringuitos y tiendas de souvenirs. Entre el calor y la muchedumbre, es fácil sentirse agobiado.

Llegó el fin de semana y aprovechamos el sábado para gozar de la vida nocturna de la ciudad. Una fiesta difundida a través de Internet, en el Palais de Tokyo, fue nuestra opción. El Palais de Tokyo es un centro de cultura contemporánea. La fiesta se desarrollaba en una sala del piso superior. La música era una mezcla de electrónica con pop, manejada por un DJ no demasiado habilidoso. Lo mejor de todo, las vistas de la terraza. Salir a fumar un cigarro y contemplar la Torre Eiffel junto con una amalgama de tejados fue una sorpresa para mis sentidos.

Al día siguiente paseé por Belleville, un barrio de tinte marginal con un mercadillo muy animado, con polos a 3€ y frutas y muchos objetos que parecen robados. Quizá sea la cara oculta de París, pero una realidad que no se puede dejar de lado.

Me despedí de la ciudad con una crêpe en mi barrio, algo triste y haciendo un balance sobradamente positivo. Inevitablemente, pasé por delante del café de Amélie Poulain y le guiñé un ojo al póster de Audrey Tautou.
Ella respondió con un afable “Au revoir”.
 

GPD

Imagen de tribuAltaïr

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.