Clasificado en:

Revista Altaïr 78: Irlanda. Firme en sus raíces.

Irlanda es un timo, una patraña. Entiéndeme, te va a gustar mucho, muchísimo, pero no como tú esperas. Para empezar, olvídate de la idea de una tierra verde, amable, donde la gente desperdicia el tiempo en la taberna porque las vacas engordan solas con tanto pasto. Pura apariencia: apenas hay tres dedos de suelo fértil. Debajo, roca pelada. Y aun esos tres dedos de suelo, a costa de chuzos diarios. Y barro. Y frío. Métete, por tanto, una idea en la cabeza: Irlanda ha sido y es una isla inhóspita, muy pobre. Y, como tantas sociedades pobres, ha funcionado con dos normas: “sálvese quien pueda”; y “tonto el último”. Vaya, que no esperes una Arcadia próspera, civilizada, una versión céltica de Japón, Suiza o Noruega.

 

Pese a todo, los irlandeses son estupendos. Lo han pasado muy mal, y desarrollaron una actitud filosófica y fatalista, un poco unamuniana, ante la existencia. Con grandes dosis de socarronería, además. Y de generosidad hacia el forastero. Te caerán divinamente, ya verás. Estarás como en casa.

 

Al margen de la lluvia y el frío, los isleños afrontan otro problema climático: las poquísimas horas invernales que tienen de luz natural. Por todo ello, se consagraron al cultivo de habilidades que les permitieran entretenerse de puertas adentro, bajo techo. Una muy extendida es empinar el codo. Si hubiera campeonatos internacionales, serían muy competitivos. También dominan el tema de los dardos, muy útil. O la elaboración de mermeladas. Otro don local son las manualidades: suena un poco raro, pero les chiflan el macramé, los bordados, el patchwork… Por último, está la música. No he conocido otro lugar donde tanta gente sepa tocar algún instrumento. ¡Y los tocan muy bien! Violines, guitarras, flautas, panderos, acordeones, gaitas irlandesas… Es un don compartido por niños y ancianos, hombres y mujeres, religiosos y laicos… Y no creas que solo entonan baladas lacrimógenas que hablan de amores traicionados, ovejas extraviadas y apariciones marianas. Tocan de todo. Ten en cuenta que la población irlandesa es básicamente urbana, proletaria, incluso suburbial. Por eso, gran parte de su música es muy contemporánea. Te asombrará ver y oír a chavales de catorce años que se explayan en la calle a cambio de unas monedas. Lo hacen por la pasta, de acuerdo; la crisis aprieta. Pero también por ponerse a prueba, por ver cómo reacciona el público ante su música. Y suenan de narices.

 

Ya supongo que esperabas otra cosa: dólmenes y menhires, castillos y abadías, robledales devorados por la hiedra, pueblitos de pescadores, algún cervatillo que asoma entre la espesura, la taberna de El hombre tranquilo y los acantilados de La hija de Ryan. Todo eso existe, no te preocupes; lo encontrarás. Incluso los duendes y las hadas; yo los he visto. Pero hazme un favor: no te quedes ahí, no te limites a esa Irlanda almibarada, un poco empalagosa, que los isleños endosan a los turistas estadounidenses. Si vas más allá, descubrirás un mundo vivo y que te encantará. Y si quieres hacer boca, te invito a mirar y leer el monográfico número 78 de la revista Altaïr, dedicado a la isla. No tiene desperdicio.

 

Imagen de revistaAltair

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.