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Revista Altaïr 64: Suiza sin tópicos

Frunces el ceño, chasqueas la lengua. “¿Suiza?, ¡uf! –piensas– ¡Qué civilizado!” No te falta razón..., si por civilizado entiendes un país que mima su naturaleza como un patrimonio valioso y frágil. ¡Y qué naturaleza, por cierto! Un centenar de cumbres alcanzan o superan los cuatro mil metros de altitud. Diez lenguas glaciares rebasan los siete kilómetros de largo. Los lagos, ni se cuentan. Aunque cueste creerlo, todas las expectativas paisajísticas se quedan cortas en Suiza. No importa que se haya reconocido la silueta del monte Cervino (Mattherhorn) en anuncios de lápices de colores, de relojes, lubricantes de coches o chocolatinas: cuando se contempla en persona, se traga saliva. Por no hablar de otras montañas legendarias, como el Eiger –el Ogro– o el Monte Rosa. Evidentemente, si te gusta el senderismo, te pondrás las botas. Pero ni siquiera es imprescindible sudar la gota gorda para ver esas y otras cumbres de cerca: Suiza dispone de una asombrosa red de trenes, cremalleras, funiculares y teleféricos a disposición de los visitantes más sedentarios.
    Todavía dudas, se nota. Sospechas que quizá cambie la escala y los paisajes sean más grandiosos, pero, en el fondo, no deja de ser un país parecido al nuestro, y no te transmitirá la sensación de “cambio de mundo” que te aportan otros destinos más exóticos. ¿Parecido?, ¡ja! ¿Te imaginas desbaratando personalmente una ley desacertada, promovida por el Gobierno de turno? Impensable, ¿verdad? Pues los suizos pueden hacerlo, les basta con reunir cincuenta mil firmas de apoyo. ¡Solo cincuenta mil, en esta época de redes sociales! Con ellas, obligan a someter la ley de marras a un plebiscito, y la gente decide. Y con apenas cien mil firmas, pueden proponer nuevas leyes, surgidas de iniciativas particulares. Al final, con su “sí” o su “no”, los ciudadanos rubrican o rechazan cada propuesta. Ya ves que, en Suiza, la gente puede decidir, no se limita a elegir quién quiere que decida por ella.
    Suiza, es verdad, es muy “civilizada”. Aunque no creas, si quieres ver a los suizos desmelenados, pásate un agosto por Zúrich y zambúllete en su Street Parade, uno de los mayores certámenes de música electrónica del mundo. Eso sí, mentalízate para las multitudes, porque te esperan un millón de aficionados a ese estilo musical, dispuestos a disfrutar con las mejores propuestas del momento. Y si la música electrónica no satisface tus gustos, no importa, ya que la agenda helvética incluye prestigiosos festivales de rock, jazz, blues… ¡y hasta salsa!
    Ya ves que Suiza es una caja de sorpresas, casi todas agradables. El país tiene mucho, muchísimo que enseñar. Una buena forma de hacer boca es leer el monográfico nº 64 de la revista Altaïr. En sus páginas, con sus artículos, descubrirás aspectos insospechados de un pueblo, más que original, único.

 


 

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