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Dumaguete (Isla de Negros): Escalopas, buceo y gente poco trivial

Dumaguete no tiene nada en especial, nada que no sea superado por los muchos enclaves turísticos de Filipinas. Ni siquiera el buceo en la vecina isla de Apo, la razón principal por la que llegan los turistas, es extraordinario. Sin embargo, hay algo en Dumaguete que convierte a esta mediana ciudad de universitarios en uno de esos lugares donde no cuesta quedarse unos días. Quizás sea esa cualidad que tiene lo accesible: el tráfico no es asfixiante y si te lo propones —y no tomas un triciclo que, por otro lado, apenas cuesta 30 céntimos— puedes ir andando a todos lados. Quizás sea eso, el poder ir andando hasta uno de los restaurantes del paseo y pedir una excelente escalopa cordon bleu o un solomillo termidor y una copa de buen vino en un cuidado local semivacío, con las botellas de Rioja luciendo en los anaqueles y los camareros uniformados. Disfrutar de un cóctel tras la cena observando a los filipinos en el paseo junto al mar. O tomar un café de media tarde en una pastelería de aspecto afrancesado. Dumaguete, como cualquier ciudad filipina de tamaño medio, ofrece una anomalía en Asia: la posibilidad de retornar a Europa con la comida, esa extraña nostalgia que produce encontrarte con una refinada tienda de quesos y embutidos. Es también un lugar perfecto para descansar del programa y nivel de calidad playero. Sea lo que sea, no esperes demasiado de Dumaguete y no te decepcionará.


La mayor parte de los turistas que llegan a Dumaguete lo hacen porque es el acceso más fácil al buceo en Apo Island, un lugar con cierto nombre en Filipinas. Los hoteles de la ciudad suelen estar asociados con centros de buceo que incluyen el transporte al pueblo de Zamboanguita, a 25 km al sur, desde donde salen las bangkas hasta la isla de Apo. La isla, que tiene 2 sencillos hoteles donde alojarse, está rodeada de diferentes puntos de inmersión bastante cercanos entre sí por lo que uno puede hacer hasta tres buceos en un mismo día. El panorama subacuático, que forma parte de una Reserva Marina, es notable, con grandes paredes de coral y mucha vida submarina.


La catedral de Santa Caterina de Alejandría, junto a la inevitable Plaza José Rizal, fija el centro de Dumaguete. No es esta ciudad, la capital de la Isla de Negros, un lugar donde uno pueda encontrarse con demasiada historia del pasado español más allá de los nombres de las calles —San José, San Juan, San Pedro— y algunos pomposos nombres en las lápidas de los cementerios. Sin embargo, junto a la catedral se erige un campanario, erigido en 1811, que sí conserva algo de ese pasado. La torre, de piedra y musgo, se levanta como un pequeño monumento medieval y, en un costado, se ha excavado una gruta para alojar a una Virgen blanca y azul que desprende, al acercarte, un suave olor a vela quemada. Olor de la anciana Europa católica, un pequeño vínculo.

Desde la plaza Rizal, las calles laterales te llevan al también inevitable Paseo José Rizal, o “the Esplanade” como lo llaman los lugareños. Una explanada de apenas 1 km que discurre junto al mar por la parte más comercial de la ciudad, decorada con un parterre de césped y una baranda de piedra sobre la que se sientan las parejas. De día apenas pasa nada, el sol que dificulta el camino y algún pescador tratando de capturar algo en las oscuras aguas del puerto. Pero a medida que cae la noche se va animando el ambiente, en especial durante el fin de semana. El paseo es el centro de la actividad festiva de la ciudad: los puestos de comida invaden la parte norte, grupos de jóvenes recorren el paseo en moto, las parejas pasean de la mano, los triciclos oxidados de los taxistas aguardan clientes, y, de vez en cuando, alguna prostituta merodea en busca de su occidental solitario.


Porque Dumaguete es también un lugar de retiro para muchos occidentales de más de 50 años. Un abanico que contempla gente más o menos normal y tipos extraños que pasean con sombrero de cowboy o camisetas militares de tirantes. Ninguna novedad en Filipinas, donde muchos de los “residentes” occidentales parecen sacados del casting de “Mad Max”. En los periódicos de la ciudad proliferan las ofertas de casas en alquiler y villas para expatriados, y en los hoteles y centros de buceo suele haber residentes permanentes más allá de los mochileros y turistas de paso. La mayor parte de ellos, no obstante, más que en los hoteles, suelen pulular por los bares de neón. La discoteca de la ciudad, “Why Not”, es un lugar habitual de encuentro. Allí se puede ver una curiosa mezcla de jóvenes filipinos que van a bailar, parejas mixtas que observan sentadas, clientes habituales pegados a la barra y chicas filipinas que parecen esperar una buena oportunidad: una imagen que forma parte del paisaje habitual de las islas.


En Harold’s Mansion, un excelente lugar para alojarse —limpio, con wifi, café gratis y habitaciones individuales sobre los 8€— me encontré con Phil, uno de esos curiosos habitantes permanentes de Dumaguete. Un galés de nariz y facciones afiladas por las arrugas y con una de esas coronillas de fraile que otorga una edad indefinible y un aire como plácido e inofensivo. La camisa a cuadros medio abierta enseguida despejó las dudas sobre su residencia. Estábamos tomando café en la terraza de fumadores y mi I-PAD le inspiró un regalo para su hija filipina de 16 años e iniciamos una larga conversación.


— ¿Español? ¡Oh! Hace ya mucho de mis tiempos por España. En aquella época era músico callejero. En Santiago. Luego probé de hacer un traductor simultáneo Español - Inglés pero no tuvo éxito. Entonces no había estas máquinas.
Le enseño el traductor del I-PAD. Probamos con Galés – Inglés y luego de vuelta para comprobar si se pierde algo por el camino. Pero funciona bastante bien. El galés es como hablar con una piedra en la boca, es cierto. Le pregunto por el libro que está leyendo: Historia de los tractores en Ucrania.
—Es de la biblioteca, pero no es sobre tractores…
—¿Todavía te quedan neuronas en el cerebro para leer esas cosas?— interrumpe un amigo suyo desde la distancia. Es un tipo de unos 50, al que ya he visto por la ciudad. Parece en buena forma y pasea siempre sin camisa, como si todavía estuviéramos en el frente.
—…decía que no es sobre tractores. Son relatos sobre campesinos en la Ucrania de los años 30.
—Y ahora, ¿vives aquí?— le pregunto.
—Una temporada, sí. Es cómodo y siempre está limpio. Pero tengo un apartamento en Mindanao.
—Mindanao. Me gustaría ir a Mindanao— le digo—. Allí hay una zona, Zamboanga, donde todavía se habla una mezcla de español y filipino. Lo llaman “chabacano”. Pero cuando lo comento con filipinos se asustan…


[Mindanao es la gran isla más al sur de Filipinas, la única que ha conservado población musulmana desde los tiempos de la conquista española. Desde hace más de 30 años existe un cruel conflicto armado entre las guerrillas radicales musulmanas (el Frente Moro de Liberación Nacional y otros grupos) y el Gobierno filipino que se ha cobrado más de 120.000 víctimas, la mayoría civiles, y entre ellas 70 periodistas internacionales. Además, existen conflictos políticos entre los clanes en el poder y un gran nivel de delincuencia como consecuencia de la pobreza y la proliferación de armas. Cada poco sale alguna noticia en los periódicos sobre matanzas o secuestros.]


—Mindanao…mira, si llegas como turista y sólo te queda la primera impresión, la de la sorpresa y la admiración, no tendrás problemas —me dice con una suave sonrisa en la boca—. Pero si te quedas más tiempo, te verás involucrado.
— ¿Involucrado?—, pregunto.
—La gente empezará a decir cosas del tipo “qué quiere este tipo que vive aquí” y acabarás por saber más de lo que te toca. Pero como turista Davao es la ciudad con más vida de Filipinas, la más sencilla, y muy agradable. Puedes dejarte tu cartera sobre la mesa de un bar que vendrá alguien y te dirá, “señor, se olvida su cartera”. Y las mujeres son muy guapas. Aunque esos americanos que llegan con sus chalecos de bolsillos y las Rayban colgando…claro, enseguida llaman la atención. [En Mindanao se han producido varios secuestros de extranjeros en los últimos años, entre ellos misioneros.]
Seguimos hablando un rato más, sobre su exmujer, sobre Filipinas, la conversación no parecía acabar nunca para este galés. La llegada de la hora del almuerzo nos separó. Luego lo volvería a ver un par de veces más por el hotel. Un tipo que lee Historia de los tractores en Ucrania es, por fuerza, un tipo peculiar: un ejemplar de Dumaguete. Una ciudad de ritmo trivial donde habita gente poco trivial.

Eduardo Rodríguez

www.vaiven.org

Imagen de tribuAltaïr

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