Alona Beach (Isla de Panglao, Bohol): Buceo y pactos de sangre

Miguel López de Legazpi vendió todas sus posesiones en 1564 para hacer frente al encargo de su rey, Felipe II, de explorar la ruta que llevaba de México a las Islas Molucas (hoy parte de Indonesia). Por aquella época los comerciantes musulmanes ya habían extendido el Islam por la mayor parte de Filipinas, Magallanes había muerto allí unos años antes, y la expedición que dio el nombre a las islas en honor al propio rey Felipe II, la de López de Villalobos, había sido quedado retenida en las propias islas. La exploración de las islas Filipinas no parece que fuera una empresa fácil para un abogado que por entonces vivía cómodamente como Alcalde de la Ciudad de México. Hoy en día quedan ya pocas muestras del pasado español en Filipinas, la II Guerra Mundial y el olvido han destruido lo poco que existía. Apenas las iglesias, la mayoría en ruinas, y algún monumento olvidado. Pero, a veces, te encuentras con alguno: por ejemplo, un pacto de sangre en el costado de una carretera, en la isla de Bohol, a unos kilómetros de Alona Beach.

                   


Un anodino puente separa la pequeña isla de Panglao, donde se sitúa Alona Beach, de la isla de Bohol, en el sur de Filipinas. Alona Beach es sin duda un lugar de turismo familiar o, por decirlo de alguna manera, de turismo relajado. Los hoteles se colocan en fila a lo largo de la arena, con un pequeño paseo invadido por las parrillas de los restaurantes que ofrecen un buen menú: pescado y marisco, carne a la brasa y pinchos locales, en escala de precios.  El agua, invadida por las bangkas de los centros de buceo, no invita demasiado al baño, aunque quizás en otra época del año haya más movimiento, las nubes típicas de agosto sólo dejan ver el sol de vez en cuando. Una calle embarrada lleva a los alojamientos locales, cajeros, y a la carretera. Recorrer el pueblo no supone más de quince minutos. Grupos de coreanos, familias filipinas y alguna pareja occidental tratan de combatir el aburrimiento paseando por la playa y esperando a la cena, el momento culminante del día. Los restaurantes se llenan y aparecen los cantantes y los espectáculos de animación sobre la arena. En mi hotel, tras el clásico grupo filipino de rock, en la noche del sábado nos obsequian con un curioso número de baile con la música de la serie “Hawai 5.0”, una melodía que parece ya eterna.

                 


Más allá de los números nocturnos, Alona Beach ofrece un completo surtido de alojamiento, desde sencillas pero habitables cabañas con baño a 12€ (mi alojamiento) hasta pequeñas villas con porche por 55€. Los centros de buceo, uno de los atractivos de la zona, suelen estar integrados en ellos. Es media tarde y los perros flacos que pululan por todas partes en Filipinas se persiguen por la playa, casi desierta. Un vendedor de “arros caldo”, una mezcla de arroz caldoso y sopa de pescado, ofrece su surtido en vasos de plástico a los chavales del centro de buceo y dos parejas “mixtas” —ellos, más de 40 y occidentales; ellas, menos de 25 y filipinas— degustan sus primeros gin tonics. El instructor de buceo, siguiendo la tónica general de las islas, no puede decirme nada sobre el pronóstico del tiempo para el día siguiente. Pero son aguas claras, y se puede salir a bucear de todas formas. Porque lo más reseñable en Alona Beach está bajo el agua, en las cercanas islas de Balicasag y Cabilao, donde las tortugas te acompañan en el paseo por una pared de 50 metros de coral. Vale la pena alquilar una cámara acuática.

Saliendo de Alona Beach, al cruzar el puente desde Panglao se llega a Bool, una pequeña aldea junto a la carretera que no figuraría en los mapas si no fuera por un rústico y solitario monumento de bronce. Los manglares y la visión del puerto no añaden mucho a la estética de la imagen, tosca y algo forzada en los gestos. El monumento refleja a unos soldados que observan a sus caudillos, uno español y otro indígena, que alzan las copas para brindar. Hay que pagar una simbólica entrada al guarda de seguridad, que dormita en una silla mientras  tres filipinos, inmiscuidos en mitad de la escultura, se hacen fotos y bromas con la escena. Seguramente ellos también conocen la historia. Fue en este lugar de la carretera donde Miguel López de Legazpi, conquistador de Filipinas y refundador de Manila, y el jefe Sikatuna sellaron en 1565 su relación amistosa con un ritual de sanduguan (“una sangre”): ambos se rasgaron el pecho y mezclaron la sangre con vino para beber cada uno en la copa del otro. Se sellaba así su acuerdo.


Legazpi había tomado tierra por primera vez desde su partida desde Jalisco, en México, en la isla de Guam (hoy perteneciente a EE.UU.), al este de Filipinas, tras 93 días de viaje. Llevaba consigo a un fraile, Andrés de Urdaneta, que siendo seglar había sido piloto en la expedición de Magallanes. Tras aprovisionarse tocarían tierra en Filipinas en febrero de 1565, en la isla de Samar. Luego en Leyte y tras Leyte en Bohol. La estrategia de Legazpi, más que la batalla, fue llegar a acuerdos con los jefes locales, normalmente enfrentados entre sí, como forma de anexionarse los territorios. Tras Bohol vendría Cebú. El rajá Tupas, hijo del que había matado a Magallanes, envió un ejército contra los barcos de Legazpi pero con la experiencia ya sabida del propio Magallanes, no tomó por sorpresa a la flota y fue rechazado. Finalmente también hubo un pacto de sangre en Cebú. Y en ese lugar se fundó lo que es hoy la ciudad de Cebú, la segunda de Filipinas, a la que llegarían en 1567 soldados españoles y trabajadores mexicanos para establecer allí una capital. Tras Cebú, Legazpi continúa su periplo hacia el norte, anexionándose con facilidad las islas de Pasay, Masbate y Mindoro hasta llegar a Manylad, por entonces un próspero enclave de comercio musulmán. Tras dos batallas y división de la ciudad entre los españoles y el rajá local, la llamada parte de Intramuros en Manila sería designada en 1571 como la capital de las Indias Orientales Españolas. Legazpi, en una situación económica precaria, murió de apoplejía en 1572. No llegó a sus manos una carta del Rey en la que le nombraba Gobernador Vitalicio y Capitán General de Filipinas y le asignaba una paga de 2000 ducados. Una estatua en su tierra natal, Zumárraga, y otra en una pequeña isla del Pacífico, Bohol, son el sello de su paso por la historia.

Eduardo Rodríguez

www.thevaiven.wordpress.com

Imagen de miviaje

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