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Entre railes

Él nació en el barrio madrileño de Villaverde. Ella en la ciudad andaluza de Málaga.

Él creció recorriendo la ruta de media distancia  Madrid - Alcázar - Albacete - Valencia dos veces al día. Ella desplazándose una vez al día entre Cádiz y Jaén. Él se contagio de la agresividad y la velocidad de la capital, a ella le sobraba con el sereno placer de la puntualidad. Y nunca se habrían conocido, de no ser porque hasta a los trenes les llega su hora, y el viejo FEVE serie 1000, que arrastraba sus ruedas entre Madrid y Jaén cada día, no fue una excepción.

Así fue como él paso a cubrir la ruta Madrid - Ciudad Real - Jaén provisionalmente. Y así fue como su primer día de servicio en su nueva ruta, a las 19:32 hora peninsular, él llegó a Jaén. Y allí estaba ella, estacionada en la vía 2, sin apenas hacer ruido. Él se enamoró sin necesidad de motivos, ella no le buscó más explicaciones que él. Pareció como si el tiempo se parara, como si ese tren procedente de Madrid, nunca fuera a llegar a Jaén. Ni a las 19:32 ni a ninguna hora. Él fue perdiendo velocidad muy lentamente, se fue poniendo a la altura de ella, en la vía 3, en paralelo, a escasos metros. Nunca se lo había planteado, pero en ese momento maldijo su condición de tren, pues el contacto es imposible para los que tienen sus destinos marcados por raíles. 1668 mm separaban las dos guías que definían su mundo, y debía estar agradecido de vivir en España, ya que en Europa tendría 232 mm menos de libertad. Mas allá de su vía solo conocía el mundo que abarcaba su vista, pues de todos es sabido que aun poseyendo los cinco sentidos, los trenes no pueden hablar. Así que allí estuvieron, dos trenes inmóviles, mudos, deseosos de descarrilar solo para poder tocarse, o de que al menos el día siguiente no llegase para no tener que separarse nunca más.

Pero de haber Dios, este no escucha los ruegos de los trenes, porque el día siguiente  llegó. Y ella tuvo que partir hacia Cádiz. Él la vio alejarse con un terrible miedo a que el mundo no le dejara verla nunca más, y con el deseo de que ese día, a las 19:32, ella estuviese en Jaén como el día anterior. Así paso el día inquieto, devorando kilómetros entre Jaén y Madrid, obligando a su maquinista a usar el freno más de lo normal ante la excesiva prisa de su vehiculo. Para cuando llegó a Jaén no eran aún ni las 19:29, pero allí estaba ella esperándolo, en la vía 2, con los ojos clavados en la vida 3, pendiente de su llegada. No pudo imaginar nada más feliz que aquellos últimos cien metros, que recorrió deleitándose, saboreando cada pausado metro en paralelo a ella.

Los días siguieron pasando, y ambos se dejaron empapar por la rutina de los horarios, por la seguridad de tener una cita en Jaén a las 19:32. Se olvidaron de todo lo demás, de los cortes de vías, de los horizontes paralelos a vías que nunca visitarían, de los pasajeros desconsiderados, y de lo provisional. Pero lo provisional y la rutina nunca fueron buenos compañeros de viaje, y un día cualquiera, él partió de Jaén como cada día. Pasó por Ciudad Real como cada día, y llego a Madrid como cada día, pero de allí no se movió. De pronto, emociones y pensamientos se amontonaron en su mente. Recordó su condición de provisional en esa ruta, y fue consciente de todo como si una avalancha cayera sobre él. Mañana volvería a su vieja ruta Madrid – Valencia, no volvería a verla nunca más, ni siquiera se había despedido de ella. Su mundo colapsó.

A partir de aquel día la vida se le hizo progresivamente más insoportable. Pensaba continuamente en descarrilar y acabar en un desguace. Quizás ella también lo estuviera planeando, así al menos tendrían una oportunidad, por remota que fuera, de acabar en el mismo desguace, cerca el uno del otro. Pero nunca tuvo valor, serían demasiadas vidas sacrificadas por una posibilidad, ella tampoco lo haría, estaba seguro.

Los años pasaron, pero los recuerdos no perdían intensidad. Algunas noches soñaba que las vías acababan en medio del campo, pero él no frenaba. Dejaba las vías atrás y podía moverse libremente. Entonces se dirigía rápidamente al sur en busca de ella. El tiempo fue haciendo de él un tren amargado. Sufría averías constantemente, se arrastraba penosamente por las vías, chirriando y llegando tarde a todos lados, pasaba horas buscando por sus vagones a algún pasajero que le diera una pista sobre ella, era tan difícil, era tan injusto.

Pero la vida de los trenes es larga, y el mundo de los humano cambia rápido. Nunca supo quien tuvo la idea, a quien agradecerle este regalo, pero el caso es que alguien inventó una nueva forma de viajar. Lo llamaban Inter Rail, creyó escuchar, y trajo a sus vagones a jóvenes de toda Europa que recorrían el país de una punta a otra enlazando trenes de noche y de día. Sus cinco sentidos se pusieron alerta, y las señales empezaron a inundarlo como una fina lluvia de otoño. Los jóvenes, solos o en grupo, hablaban de sus andanzas. Pequeños retazos de conversación sobre su visita a Cádiz, recuerdos de aquella noche durmiendo en el tren que les llevo a Jaén. Pero no solo eso, cuando aprendió a sentir, todo le hablaba de ella. El tacto de la ropa de un joven le hablaba de la tapicería de ella. Un viajero cargado electroestáticamente que soltaba un chispazo al subirse a él, el olor a gasoil de ella en la ropa de unos chicos, una mancha de grasa en la pierna de una chica que hablaba de las playas de Cádiz, esos pies la habían pisado, aquellas manos la habían tocado.

Y luego la cosa mejoró, benditas cámaras digitales. Los jóvenes aprovechaban su tiempo en el tren para ver fotos y videos grabados en sus viajes. ¡Y allí estaba ella! Eran sus ventanas, era su flamante nueva tapicería, eran sus pasillos, sus portaequipajes, sus vagones, su locomotora, ¡era ella! Estaba esplendida, radiante, jovencísima, y él la podía ver.

Su humor mejoró, sus ganas de vivir para saber de ella retornaron, y pocos días grises eran capaces de hacerle perder la alegría. Con le tiempo empezaron a mandarse mensajes, usando las personas como medios de transporte, ironías de la vida. Aun deseaban verse, anhelaban descansar juntos en el mismo desguace, pero ya no tenían prisa por llegar a él. Confiaban en que el mundo debía cambiar aun mucho hasta el momento en que ya no fueran útiles, y ya se les ocurriría como hacer que el destino les fuera propicio. Seguían siendo dos trenes más, atados a sus vías, pero sus mentes habían conseguido desatarse de esas líneas metálicas. Vivian vidas paralelas, en realidades separadas. Y la separación entre esas vidas paralelas cada día se hacia más pequeña pues no estaba limitada por el acero, sino por sus imaginaciones.

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