Revista Altaïr nº 83 - Parques Nacionales de Estados Unidos

 Hay viajes que “te gustaría” hacer, y otros que son un deber, un compromiso con uno mismo. Porque son necesarios, porque son imprescindibles, porque renunciar a ellos sería incurrir en alta traición, en perjurio, en pecado mortal, en simonía, en delito de lesa majestad o en algo incluso peor: en estupidez. En mi caso, la visita a los parques nacionales de Estados Unidos es el ejemplo redondo. En parte, lo admito, por las influencias. De estas, las primeras fueron aquellos estupendos westerns de serie B (o C) que mi abuelo me llevaba a ver todos los sábados a cines “de reestreno”, con programa doble. También, claro, la “Sesión de Tarde” de TVE, las lecturas juveniles de Karl May —con las que me hice un lío considerable entre mescaleros, apaches, navajos, chiricahuas…—, alguna proyección un poco más selectiva en la Filmoteca Nacional, no pocos documentales de naturaleza, las novelas gráficas protagonizadas por Mike Steve Donovan “Blueberry”, las vivencias de amigos viajeros… Total, que me habláis del Gran Cañón, de Yosemite o de Yellowstone, y empiezo a salivar. Y si pensáis proponerme una visita, que no sea por compromiso, porque acepto. Siempre. Estáis advertidos.

Por supuesto, hay parques y parques. Una cosa son los del Oeste –los del Lejano Oeste, ¡los del Salvaje Oeste!— y otra muy distinta, los del Este, más humanizados y relamidos. Quienes busquen épica, ya saben dónde hallarla. Pero incluso en la costa atlántica, sobran los alicientes, paisajísticos y literarios. Pensad que esos escenarios armoniosos, de una pictórica perfección, inspiraron episodios a Lovecraft, Melville, Poe, Thoreau, Updike, Dickinson… Solo pensarlo, me recorre un escalofrío. Entre sus narradores contemporáneos, apuntad un nombre: Richard Russo; me lo agradeceréis. Pero no nos pongamos sentimentales.

En el sudeste, en Florida, está el Parque Nacional de los Everglades. Ese laberinto anfibio protagoniza Wind Across the Everglades, la excelente película que Nicholas Ray dirigió en 1958 y que en España se tituló Muerte en los pantanos. No os la perdáis. Tampoco la reserva, claro. Es de esos lugares que sobrecogen, con sus bosques de cipreses acuáticos, los manglares y unos herbazales donde se agazapan bichitos voraces. En los Everglades, de manera instintiva, uno no suelta a sus hijos de la mano por miedo a que acaben en la panza de un caimán. O de algo peor.

Como los osos grizzlies, unas moles con 2,5 metros de altura y 650 kilogramos de peso que cada año se zampan a algún excursionista distraído. Habitan toda la franja montañosa del oeste, desde Alaska hasta California, y son el tipo de vecinos que uno no quisiera en su rellano. Aunque quizá piensen otra cosa los bisontes, alces, pumas, uapitís o carneros de Dall con quienes intercambian una pudorosa indiferencia. Al final, cualquier relación con el grizzly está marcada por su dieta, y por desgracia, los tipos gorditos como yo formamos parte de ella. Además, nos come crudos. Ni siquiera se molesta en hervirnos un poco en alguno de los géiseres de Yellowstone, de asarnos vuelta y vuelta en un volcán de Hawái o de brasearnos en algún hogar de Mesa Verde, uno de los pocos parques nacionales que no protegen naturaleza, sino patrimonio arqueológico.

Antes de despedirme, permitidme que os exhorte a una última visita: id al Parque Nacional del Big Bend, en Texas. No solo contemplaréis el legendario Rio Grande, decisivo en tantas persecuciones tramadas por John Ford o Sam Peckinpah, sino que tendréis la oportunidad de presenciar en vivo las carreras de coyotes y correcaminos (Geococcyx californianus), un ave tan real y abundante es esa reserva como las serpientes de cascabel, los alacranes o los monstruos de Gila, por citar tres simpáticos ejemplos.
De todo ello trata el monográfico nº 83 de la revista ALTAÏR, dedicado a los Parques Nacionales de Estados Unidos.

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