Revista Altaïr 80: Roma. Eterna y vital

 

Existe la creencia de que la Roma clásica abruma más que fascina; avasalla más que enamora. Los tópicos escépticos se acumulan sobre ella: que si se limitó a copiar a los griegos; que si su arte es de una perfección fría, sin alma; que si fue una civilización de militares y burócratas, tan minuciosa como insulsa; que si tras el supuesto culto al conocimiento se agazapaban la crueldad y la codicia… No te dejes aturdir. Lo mires como lo mires, muchas de sus obras públicas –acueductos, calzadas…– fueron tan perfectas que han llegado a nuestros días; buena parte de las normas que regulan nuestra convivencia civilizada derivan del Derecho romano; y el alfabeto latino es el vehículo de comunicación para dos mil quinientos millones de personas, incluidos tú y yo. Crecimos con los mitos latinos, nuestra forma de interpretar el mundo está influida decisivamente por ellos. Somos, en suma, descendientes de Roma. Por eso, visitar la ciudad tiene un componente de regreso a las fuentes, de vuelta a los orígenes.
  

En Roma, el viajero mediterráneo experimenta una reconfortante familiaridad, aunque sea su primera visita. En parte se debe a la similitud de caracteres, a cierto parentesco en el talante. También al alud de referencias cinematográficas que nos vinculan a la urbe: gladiadores que combaten a muerte en el Coliseo; Gregory Peck y Audrey Hepburn zigzagueando a la grupa de una vespa; Lamberto Maggiorani que pedalea sudoroso; a Anita Ekberg postulándose como “miss camiseta mojada” en la Fontana di Trevi... Todo eso es Roma, la Ciudad Eterna, una urbe parlanchina e histriónica, gesticulante, laboriosa, trapisondista, cantarina y muy creativa.
   

Pero también es la capital del Papado. Es decir, seguramente, la ciudad más solemne de Europa. No solo por la existencia de setecientas iglesias, sino, sobre todo, por las pasmosas dimensiones y la opulencia de buena parte de ellas. El objetivo de sus constructores no fue instigar la bondad a los fieles, sino despachurrarlos bajo la autoridad de los pontífices, someterlos a los muy temporales designios de la Santa Madre Iglesia Católica. La ciudad entera está llena de esos colosales templos, cualquiera de los cuales justificaría una visita por sí solo: San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros…
  

  Roma, no se debe olvidar, es una ciudad de poder desde hace siglos. En ella se cuecen decisiones que afectan a a todo el sur de Europa: se traman negocios, alianzas, estrategias, ardides, complots y hasta faroles. Paradójicamente, la capital italiana ha escapado a la corriente globalizadora que unifica la mayor parte de las capitales de Occidente. Limitada por la costumbre, renunciante a construir edificios que superen la altura del Vaticano, Roma permanece inmune a los mostrencos cantos de sirena de una modernidad mal entendida. Quizá por eso, su visita es una experiencia atemporal. Para percibirlo, basta con curiosear las páginas del monográfico nº 80 de la revista Altaïr, que ofrece una solvente aproximación a los recovecos de una ciudad, efectivamente, eterna.

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