Revista Altaïr 75: Tahití: Más allá del mito

Tumbarse en una hamaca sujeta por cocoteros, beber zumo de frutas recién cogidas, contemplar el océano, retozar entre orquídeas silvestres, atrapar pececillos con una red, galopar a la grupa de nubes, entregarse a una nostalgia difusa e inaprensible… Para los europeos, la Polinesia encarna ese paraíso donde los seres humanos son mansamente felices, sin heridas ni miedos. Y es que Tahití y sus islas son una fantasía, tanto como un lugar. También la solución para todos nuestros males, aunque sea una solución siempre aplazada (“El día menos pensado, me harto de todo y…”).

    Quizá por eso, en el fondo no creemos en su existencia. Un resabio automático —la cicatriz por donde afloran tantos desengaños— nos susurra que no es verdad, que no puede ser.
    Pero Tahití y sus islas existen, y son exactamente como las fantaseamos.
    Volcánicos o coralinos, sus archipiélagos emergen de unas aguas verde azuladas, donde la vida hierve, abundante. La tierra es feraz, todo tipo de plantas crecen sin apenas cuidados. El mundo es hermoso, sobre todo si se tiene mucho dinero o pocas necesidades.
    Los isleños, en ambos casos, son un colosal enigma. Multitud de interrogantes envuelven su origen, sus valores, sus creencias. Aparentemente, conviven de manera natural con la modernidad, dominan la tecnología, subastan sus tesoros a buen precio en el mundo-mercado global. Pero se guardan de involucrar nada valioso en la transacción. A su sonriente manera, trazan un límite férreo entre lo sagrado —aquello que no se debe compartir porque forma parte de la esencia, de la identidad— y lo profano —todo lo demás.
    La comprensión de la sociedad tahitiana es uno de los desafíos más colosales para un viajero. Como en los mejores espectáculos de magia de proximidad, no hay escondrijos ni rincones en el escenario, todo salta a la vista. Sin embargo, casi nada es solamente lo que parece. Quien experimente curiosidad por esa cultura, hará bien en leer a fondo el monográfico nº 75 de la revista Altaïr. Sus artículos no desvelan ningún secreto tahitiano, pero sientan las bases para orientarse en un mundo bello y muy sofisticado.

Pepe Verdú

Director de la revista Altaïr

Imagen de revistaAltair

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