Revista Altaïr 72: Turquía. Con fuerza en el espíritu

Turquía fue el bautismo exótico para varias generaciones de viajeros, el destino donde descubrieron qué significa cambiar de mundo, zambullirse en otra realidad, en otra estética y otra forma de entender la vida. Y siempre, con una sensación de control, de no correr ningún peligro, de estar rodeado de personas hospitalarias, leales, incapaces de abusar de tu indefensión. Probablemente, existen pocos pueblos tan joviales como el turco. Aunque su tópico los pinte bigotudos, taciturnos y más bien sombríos, solo el mostacho se ajusta a la realidad: les encanta festejar, reír, y el visitante no debe tomarse a mal que le gasten bromas o le den jocosas palmadas en la espalda. Son casi cumplidos, gestos de aceptación y bienvenida.

 

Desde hace siglos, Estambul he desempeñado el papel de puente entre Europa y Asia. Hoy, la ciudad ha declinado esa responsabilidad para reinventarse rabiosamente europea. Quien haga unos años que no la visita, no la reconocerá. Su atmósfera, su agenda cultural y sus precios son propios del Primer Mundo. Habrá que desplazarse a los suburbios más humildes para experimentar la vivencia de Asia.
Lo mismo sucede en otras grandes ciudades del país, y en las costas de los mares Egeo y Mediterráneo. Pero cuando se penetra en la península de Anatolia, tierra adentro, se percibe otra realidad. Allí el viaje a través del espacio se sofistica con otro simultáneo a través del tiempo. Y no solo por los vestigios hititas, licios, frigios o romanos que salen continuamente al paso. Esa es una Turquía antigua, campesina, conservadora, que mira al visitante con timidez y curiosidad. Una Turquía elemental, de hogazas de pan recién horneadas, frutas que se deshacen en la boca, ensaladas que son bendiciones celestiales y un delicioso aceite de oliva. Un país de horizontes ilimitados, donde todo salta a la vista; una tierra de místicos y visionarios, de poetas y conquistadores.
En pocos territorios se pasa con tanta rapidez del siglo xix al xxi. Y, con seguridad, son aún menos los que ofrecen tantos alicientes al viajero. La prueba es que escasean quienes han estado una sola vez en Turquía. Normalmente, quien la conoce, repite. Por eso, hay algo imprudente en su visita. Hará bien el internauta en pensárselo dos veces antes de acudir, e incluso de hojear el monográfico nº 72 de la revista ALTAÏR, que se dedica a ese país. Sus imágenes y textos pueden generar dependencias acuciantes.

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