Revista Altaïr 63: Amazonas

No es cierto que vivamos en un mundo acabado, resuelto, sin más interrogantes que aquellos restringidos a científicos muy especializados. Nuestro planeta sigue repleto de incógnitas a la espera de un espíritu indómito que las desvele. Pongamos un ejemplo: las fuentes del río más caudaloso de la Tierra, el Amazonas. Se puede creer que un nacimiento de tanta envergadura se conoce desde el siglo xix, cuando algún explorador victoriano conquistó la inmortalidad a su costa. No es así, la localización se hizo en una fecha tan reciente como mayo de 2007.
Y esa no es una paradoja aislada: desde el curso alto, en los Andes, hasta la desembocadura en el océano Atlántico, la cuenca amazónica es una inagotable causa de estupefacción y preguntas para el visitante. El ámbito más obvio es el natural: en un solo árbol amazónico se han encontrado hasta 85 especies de hormigas. Tan pasmosa exuberancia se proyecta al conjunto de la selva, donde hay cuatrocientas especies de mamíferos identificadas, otras tantas de reptiles, dos mil de peces, quinientas de anfibios, mil setecientas de aves y en torno a un millón de insectos. ¿Cuánto queda por desentrañar? Resulta inimaginable.
Pero la naturaleza no es el único reclamo para el viajero curioso: la cuenca es, asimismo, un alucinante escenario donde co existen pueblos, individuos y corporaciones con intereses a menudo incompatibles. Una divisoria trascendente es la que separa a quienes viven adaptados a la selva, beneficiándose de ella pero sin dañarla más que cualquier otro ser vivo —como las comunidades indígenas—, y a aquellos que luchan a brazo partido contra esa misma selva, decididos a extirparle su riqueza a cualquier precio (empresas petroleras o madereras, mineros, ganaderos...).
En cualquier caso, los alicientes del viaje amazónico no acaban ahí. Incluyen el descubrimiento de ciudades que crecieron con las fiebres del caucho, como Iquitos, Manaos o Belém, urbes que vivieron una opulencia efímera durante la que se llenaron de mansiones y palacios que hoy reciben al visitante envueltas en una fascinante decadencia. O la inquietante atmósfera de la Triple Frontera, la región donde confluyen los territorios de Perú, Colombia y Brasil, en la que todos los tráficos resultan posibles, tanto los sometidos a las restricciones de la Ley como los que no.
Vivaz, cambiante, cuajada de desafíos, la cuenca del río Amazonas es un portentoso escenario natural donde conviven lo mejor y lo más pérfido de la humanidad. Un desafío ambiental, un refugio para inadaptados, una tierra de esperanza. Y para explorarla, nada mejor que la lectura del monográfico nº 63 de la revista Altaïr, que propone una avasalladora travesía de siete mil kilómetros a lo largo del mayor río del planeta.
 

A la venta en quioscos y librerías (Enero y Febrero 2010)

Para solicitar números anteriores: Web revista

Imagen de revistaAltair

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