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Tiempo de robinsones
Hace unos meses, cuando se estrenó Gran Torino en los cines, algunos críticos señalaron cómo, una vez más, la metáfora de ese robinsón aislado en su prepotencia individualista, que encarnaba el maestro Clint Eastwood, se hacía añicos al medirse con los valores eternos y útiles del grupo.
Era una de las muchas lecturas de la película. También el éxito en todo el mundo de la serie Perdidos ha hecho que vuelva a aflorar una metáfora de la insularidad como el desafío difícil de superar al que se enfrenta el hombre contemporáneo en su supervivencia. Autosuficiencia individual e insularidad figurada son dos preocupaciones actuales que explican por qué la cultura occidental parece volver una y otra vez sobre el relato que el escocés Daniel Defoe elevó a la categoría de mito literario.
Raro es el año en que no aparezca una nueva reedición y sólo en el ISBN su título ocupa 287 referencias. Es todo un clásico. Y si es por hablar de náufragos el propio autor sabía bien a qué se refería, pues varias veces perdió su fortuna y fué encarcelado, lo que le obligó a reinventarse y recomenzar su vida como periodista, agente secreto y escritor de novelas, además de algunos ensayos. Robinson Crusoe … –el verdadero título ocupa varios párrafos- fue escrita a los sesenta años. Su héroe, que acabará por ser para siempre el nuestro, es el superviviente de un naufragio que le arroja a una isla desierta donde se verá obligado a sobrevivir veintisiete años. Vive solo hasta la aparición de Viernes, un esclavo negro y mudo –que posteriormente inspirará una estela de reflexiones sobre el colonialismo-, y apenas dispone de unas pocas herramientas para volver a reconstruir un mundo habitable. A Defoe, la vida real le había proporcionado el ejemplo de Alexander Selkirk, que tuvo que apañárselas solo, durante cuatro años, en la Isla de Juan Férnández, y también existía el caso de Pedro Serrano, un capitán de marina español que en 1526 pasó ocho años junto a dos compañeros en un islote frente a las costas de la hoy Nicaragua.
Defoe concibió su personaje con un entusiasmo ético positivista. Es posible, nos cuenta, sobrevivir en condiciones de aislamiento si se tiene fe en sí mismo y una buena provisión de astucia para enfrentarse a los caprichos de la naturaleza. Uno se puede despegar de la telaraña de dificultades que nos impone la vida siempre que pueda consolarse en el reflejo de la única imagen humana que existe en la isla: la de sí mismo, pues tampoco puede comunicarse con nadie más, ya que se encuentra aislado a la fuerza. En su inclinación protestante por el esfuerzo y el trabajo duro ya se fijó Marx y Weber quienes ven en él el retrato de la nueva moral económica que enfilaba el naciente capitalismo. Pensando en esa insularidad figurada algunos analistas observan cómo capitalismo y narcisismo parecen caminan juntos en este momento de crisis generalizada, como si se diera una inflamación de lo individual frente a lo colectivo y quizás por ello podamos comprender algunos de los excesos de la fractura (económica, ideológica, social y cultural) que padecemos; como tampoco hay que olvidar que un exceso individualista nos lleva a la figura de la isla como particularidad cerrada, solitaria y hermética en relación con lo otro, el continente. Bajo esa luz comprendemos el personaje que Clint Eastwood interpreta en Gran Torino llevándolo hasta el abismo. De cualquier forma parece un momento óptimo para volver a releer la aventura de este personaje que, como todos los grandes mitos literarios, parece no envejecer nunca.
Robinson Crusoe ad eternum. No hay disciplina de la historia y el pensamiento de la cultura en los últimos tres siglos que no lo haya tomado como inspiración de multitud de análisis. Como Ulises o Don Quijote, es un arquetipo útil, “el náufrago que siempre regresa” en palabras de uno de sus exégetas, Juan Pimentel, gracias a sus valores eternos: adecuación a la soledad, ingenio, perseverancia y estrategia para culminar el proyecto individual, valor ante lo desconocido, resistencia física y mental ante los fracasos, y una convivencia y complicidad intuitiva, pero inteligente, con la tiranía de las leyes que impone lo natural. Por eso las versiones y reelaboraciones de esta historia son tan numerosas. Una de las más interesantes es la de Michel Tournier, Viernes o los Limbos del Pacífico. Una novela espléndida que apea a Robinson, tanto de su inocencia como de su autosuficiencia y hace crecer a su compañero Viernes como el contrapunto a su racionalidad. Julio Cortázar utiliza también a Viernes pero con el objetivo de crear una reflexión sobre el colonialismo, mientras que J.M. Coetzee, en su novela Foe, feminiza el relato y cede la historia a Susan Barton otra náufraga que recala en la isla en la que encuentra a Robinsón y Viernes, trata después de legitimar su propia voz y el relato de su historia personal ante el escritor Foe, pero éste ha decidido dar otro giro a su historia. Y aunque el recuento de vástagos literarios excede con mucho estas líneas hay que dejar recuerdo de la experiencia robinsoniana del escritor Miguel Sánchez-Ostiz en La isla de Juan Fernández, en dónde se instala durante un tiempo para contarnos que los lugares siguen poseyendo el alma inmutable con que fueron creados por la fantasía de sus geniales visionarios.












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