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Suicidarse en Groenlandia

En Groenlandia, cuando llega el verano, el sol de medianoche rompe el ritmo circadiano de sueño y vigilia. Es el momento en que comienza la ceremonia de los suicidios. Groenlandia es el lugar del mundo en el que más personas se quitan la vida.

 

Eso no pasa en  otros países de Europa, especialmente los próximos al anillo ártico, pues lo hacen por todo lo contrario, por ausencia de luz. Es más, algunas de las terapias más exitosas contra la pegajosa melancolía se basan en irradiar luz como una invocación para contradecir a la tristeza. En la isla más grande del mundo (dos millones de kilómetros cuadrados),  sólo un 15% de su territorio es habitable en las franjas costeras de la mitad sur  y es allí donde viven los algo más de 56.000 habitantes, la mayoría inuits y, entre ellos,  uno de cada mil decide largarse apresuradamente de este mundo antes de hora y son los chicos jóvenes los que más prisa tienen: dos de cada tres suicidas sólo tienen entre 15 y 25 años. (Es la edad a la que se refería Paul Nizan: “Tengo 20 años y no consentiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”). Semejante proporción en una población tan reducida da idea de la terrible angustia depresiva que atormenta a toda su población.
Pero en verano unos se van y otros llegan. Síntoma de que muchas cosas en Groenlandia funcionan al revés. En verano llegamos los viajeros  en busca de lo que ya no tenemos y nos cuesta imaginar: paisajes inmaculados, sobriedad vital, silencio sideral, pureza de luz, espacios sin domesticar, naturaleza salvaje.  En Groenlandia los paisajes son sublimes, de esos que desarman las emociones y te hacen sentir una intrusa en el mundo, como si esa evidencia profunda del lugar te recordase que solo estás de paso y que sólo  se te permite pertenecer a la naturaleza por un instante  envuelto en una belleza insoportable. Los turistas vamos hasta allí para contemplar un mundo  supuestamente puro e inmaculado pero de una inocencia bajo sospecha. Cuesta pensar que toda esa belleza sublime es la cárcel que confina, por exceso, a quién ha vivido en ella desde hace miles de años: la población inuit, una de las que, en cuestión de supervivencia, han dado sopas con onda al resto de la humanidad.
Aunque hermoso, este territorio es una prisión. La imprevisibilidad del tiempo hace difícil salir o entrar del país. Tampoco se puede circular por tierra pues no hay carreteras, salvo en las cercanías de las grandes ciudades y cuando llega el invierno, sólo las modernas motonieves pueden cubrir pequeños trayectos. Tampoco el mar helado facilita las cosas, ni mucho menos la violencia del efecto cálido y devastador que trae el  foehn originado por vientos alisios dificultando la navegación. Y por aire, las cosas no mejoran, pues sólo se puede volar entre algunas pequeñas ciudades con los  helicópteros rojizos de Air Greenland,  cuyos pilotos se la juegan en vuelos visuales, aunque parecen ser duchos en esquivar nubes y enfilar agujeros en la niebla.  
Groenlandia es, para alguien que sueñe con la libertad, una auténtica ratonera, aunque no es la única causa que lleva a tantos de sus habitantes a emprender un camino sin retorno; los que no quieren vivir no quieren hacerlo porque no hay vida, paradójicamente para ellos,  en medio de tanta vida natural. Hasta hace unos años Dinamarca se hacía cargo  del 90 % del presupuesto del país y ahora sólo del 50%, pero el problema es que Groenlandia  no produce nada, aunque caprichos del cambio climático, que está desvelando nuevas oportunidades,  puede que en el futuro sea una gran potencia en petróleo y mineralogía.  Si es verdad que hacia el 2020 pueda alcanzar la independencia, las incógnitas sobre cómo ha de sobrevivir son enormes, pues además el desgarro que produce entre sus habitantes el acelerado proceso modernizador, en quienes hasta ayer eran sociedades cazadoras-recolectoras, profundamente vinculadas al medio natural para sobrevivir, está siendo traumático a juzgar por los elevadísimos índices  de suicidio,  alcoholemia y violencia de género .
Para los inuits de Groenlandia la naturaleza aún es el gran desafío que condiciona su supervivencia;  un espacio de poder nada benévolo contra el que hay que extraer el impulso de vida. Aunque lo han hecho siempre, y con éxito notable, ahora se ha convertido en una tarea demasiado heróica en medio del vendaval de estos tiempos cambiantes y las bajas, en esa lucha, parecen clamorosas. Qué paradoja que otros volemos hasta allí para recuperar, siquiera por unos días, la emoción de nuestro reencuentro con una idea del espacio mítico, aquel que no ha sido violado, desfigurado, transformado ni, desde luego, afeado, por la irreverencia de la especie humana. Pero también éste, como todos, se desvela como una Arcadia imposible, un espacio fantasiosamente pulcro que nos sume en la ensoñación sobre  lo que pudo ser otra relación con el espacio y no sólo con el tiempo absorbente y esclavizador que hemos dejado atrás, en el origen del viaje.  
Quién ame la naturaleza hallará en estos soberbios paisajes  una experiencia de esencialidad ajena al tiempo, y quizás de comunión y  reencuentro con las grandes cuestiones de la existencia. Es  absurdo que al mismo escenario acudamos unos para reencontrar vida y otros sólo pueden vivirla para tratar de abandonarla cuanto antes. No tiene sentido.
Imagen de Anónimo

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