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Messiaen, color, música y pájaros

¿Qué tiene en común la música y la naturaleza? Ambas se expresan en un lenguaje sonoro ajeno a  las palabras. La naturaleza lo hace con música y la música no ha hecho otra cosa que intentar igualar el imponente concierto de los espacios naturales.

Desde el barroco,  la música sale a inspirarse al aire libre: el paso de las estaciones como estructuras de ritmo; el oído pastoril atento al bisbiseo del campo (Beethoven y Honegger con su Pastorales), el bosque telúrico en el Sigfrido de Wagner; el mar, tan presente en la música de Sibelius, Debussy, Mendelssohn o Britten y la euforia y el regocijo de la caminata campestre, el Wandern, que sobre todo en Alemania inspira canciones y lieders y que fué un género prestado de la música popular de los senderistas cultivado por  Schubert ( Das wandern en el ciclo de lieder de La bella molinera), Peter Cornelius (Drei Könige Wandern), Anton Dvorak (obertura En la naturaleza), Richard Strauss (Sinfonía alpina) o Robert Schumann, quién en su ciclo de canciones Dichterliebe (Amor de poeta) llega al paroxismo musical romántico. Todos ellos se inspiraron en la naturaleza, crearon música subordinada a un paisaje real difícil de imitar en sus complejidades rítmicas, sus armonías, sus polifonías... ¿Difícil? Habría de llegar  Olivier Messiaen para dar ese paso más allá y ser capaz de resaltar la inimitable orquestación de la naturaleza.
Messiaen no imitó, sino que creó una naturaleza, musicalmente alternativa,  con la que quiso trascender el verdadero lenguaje  de un paisaje, afinando minuciosamente su  oído musical al runrún melódico del campo. En su caso además, y en el de cualquier  creyente, Dios es y está en la naturaleza, como una presencia indivisible que la constituye en Espacio Sagrado. Para los que no creemos, el espacio natural aún contiene ecos de ese espacio mítico configurado por  la eterna recurrencia de sus ciclos y que tanto nos consuela con su eterno presente. La música de Messiaen es una campiña espiritual siempre en diálogo con la voz real de ese espacio mítico.
¿Cómo llegó a ello? Obsesivo como era, fijó su religiosidad (o espiritualidad en versión descreída) no sólo en la naturaleza, sino también  en los pájaros.  Se pasó media  vida en el campo escuchando, grabando y reflexionando sobre toda clase de sonidos. Le perturbaban cuestiones plásticas como la coloratura del sonido, inspirado intelectualmente en  la sinestesia neurológica, la resonancia natural del color aplicado a la música y las estructuras del ritmo, para lo que se puso a investigar desde la comunicación onomatopéyica  de los primeros humanos,  las arsis y tesis del canto llano,  la hechura irregular de la concepción del ritmo (tala) en la música antigua hindú (los 120  Decî-Tâlas), la métrica griega, y, sobre todo, el estudio, la secuencia, e intervalo del sonido y canto de cientos de aves. Lo de los pájaros se convirtió en una obcecada pasión.
Si el Espacio (la naturaleza) decíamos que nos consuela por su persistencia recurrente, el reto   para este músico será el Tiempo: “Con su tristeza, su hastío. Los pájaros son lo contrario del Tiempo; ¡son nuestro deseo de luz, de estrellas. De arco iris y de jubilosas vocalizaciones¡”, tal vez  por esa razón llegó a convertirse en  un  ornitólogo muy reputado. Parece que de las aproximadamente  cinco mil  especies de aves que existen catalogadas, él conocía unas quinientas y podía reconocer el canto de unas cincuenta. “Cuando se asiste al despertar de los pájaros en primavera, hacia las cuatro de la mañana, se escucha a nuestros grandes solistas, el zorzal común, la oropéndola, el ruiseñor, el mirlo negro, y cada uno canta con su propio tempo. Se pueden superponer cinco voces en tempos diferentes. El resultado es un revoltijo absolutamente impenetrable, una prodigiosa algarabía, que sin embargo siempre es armoniosa. Eso es lo que he querido traducir en mi música”. Amaba los pájaros comunes de Europa y también los exóticos de India, China, Malasia, Nueva Caledonia, Nueva Zelanda o  América con sus extraños cantos y sus plumajes de exultante colorido. Era obvio que para él “los pájaros son los grandes músicos que existen en nuestro planeta”.
Toda su música es una impresionante investigación polifónica de sonoridades y recursos rítmicos. Afirmaba que el ritmo es un elemento fundamentalmente desigual debido a las fluctuaciones, como ocurre con las olas del mar, el viento, o los sonidos de las ramas de los árboles en su movimiento. Todo ello está en sus composiciones más célebres: Cuarteto para el fin de los tiempos (que escribe tras su paso por un campo de concentración en Polonia),  Cañones y estrellas (inspirada en los cañones de Utah), el Catálogo de Pájaros exóticos, sus piezas más religiosas como La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo  y Visiones del Amén pero, sobre todo, es en su única ópera, San Francisco de Asís, donde deposita, al final de su vida, toda la sabiduría de los hallazgos expresivos recopilados a lo largo de cincuenta años de arduo trabajo.
Su ópera, casi un oratorio, fué el plato fuerte de la temporada del Teatro Real de Madrid este año y, por sus circunstancias técnicas, hubo de salir del Teatro para celebrarse en un polideportivo de lo más High Tech, el Madrid Arena, en plena Casa de Campo. Tecnología frente a espíritu, pero se entendieron, y la luz que diseñó Ilya y Emilia Kabakov creó un bosque de tuberías, andamios y reflejos de acero sobre un firmamento invertido de velitas de pega entre los músicos que parecía una de las instalaciones mortuorias del artista Christian Boltanski, siempre de lo más espiritual. A esta atmósfera también contribuyó la bóveda de veintidós toneladas de peso ideada por la pareja de artistas. Simulando vitrales de Iglesia la bóveda era una interpretación sinestésica de la música y por ello cambiaba de color según el ritmo. Un homenaje a la vehemencia con la que Messiaen entendía la coloratura de los registros rítmicos (“Cuando escucho una partitura –escribe el compositor-, o cuando la leo escuchándola interiormente, veo los colores correspondientes que giran, se mueven y se mezclan con los sonidos, y al mismo tiempo que ellos!”) Más allá del libreto, la música traduce, durante cuatro horas, esta   conexión simbólica, dicen que mucho más fácil de escuchar que de interpretar, hecha de planos musicales superpuestos, adherencias de sonidos, silencios rítmicos, ecos, irrupciones bruscas y cambios de registros y parece que, por muchos de estos hallazgos, Messiaen revolucionó la música en el siglo XX.   
Lo más complejo es el instrumental ineludible para orquestar este andamiaje musical: 22 maderas, 16 metales, 68 cuerdas, 3 ondas Martenot y 5 teclados de percusión con xilófono, xilorimba, marimba, glockenspiel y vibráfono. Son necesarios 6 percusionistas que interpretan campanas tubulares, claves, una máquina de viento, caja, triángulos, temple blocks, wood blocks, platillos de varios tipos, látigo, maracas, reco-reco, campanas de cristal, campanas de conchas, campanas de madera, pandereta, hoja de trueno, gongs, tam-tams, crótalos, tom-toms y geófonos (máquina de arena) junto con 7 personajes individuales y un coro de 150 personas. ¿No es asombroso? Su música en muchos momentos era, desde luego, celestial, a pesar de producirse en la tierra y a imitación de los seres y cosas vivas de la tierra. Olivier Messiaen creó momentos musicales de una gran hondura, originales, únicos y bellísimos en su atmósfera natural de la que sobresalen en diferentes planos , ruidos, sonidos, ecos, vibraciones, eufonías reconocibles: una suave brisa o un huracán, unos pasos de liebre, una hoja que cae, un chorro de agua deslizándose por la piedra, un crujir de ramas cuando el pájaro salta de una a otra... y, entre todo ello, el canto solista de los verdaderos primadonnas… los mirlos, ruiseñores, alondras, jilgueros, currucas, andahuertas, saltamimbres, petirrojos, tordos y demás parientes.
El anhelo del compositor francés fué tratar de crear un nuevo lenguaje musical con el que hablar a Dios, así lo escribe en su ópera. No podremos saber si se produjo esta conversación, tal vez lo sepan los propios pájaros y ya nos gustaría averiguar de qué hablarán entre ellos. El día de la representación en el Madrid Arena los mirlos de la Casa de Campo, los de verdad, se filtraron al espectáculo con persistente algarabía. Sus trinos se colaron al interior del recinto uniéndose con entusiasmo al diálogo musical con sus primos de ficción. La noticia seguro que le habría hecho feliz al propio músico Pero, ¿y los pájaros? ¿Qué se estarían contando tan animadamente unos a otros?
Imagen de Anónimo

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