Escenas del Delta

Como el guijarro que expulsa la marea vuelve a nosotros esta novela clave en la narrativa argentina de los sesenta y pieza de culto entre las que trabaron el histórico boom latinoamericano de esa década.

En el territorio de la esencialidad, en el espacio de confrontación del hombre con aquel lugar físico en el que se reconoce (“Cada persona tiene destinado un paisaje y debe coincidir con él”) tiene lugar esta novela  ambientada en los canales del Delta del Paraná que abunda en la tradición de una lectura simbólica  de la naturaleza emparentada con la prosa  de autores como Horacio Quiroga o W.H. Hudson.
Haroldo Conti desapareció para siempre tras volver del cine con su mujer en su casa de Buenos Aires. La dictadura argentina lo secuestró y mató cuando sólo había publicado cinco novelas y varios volúmenes de relatos. Sudeste, editada en 1962 lo hacía junto a una constelación asombrosa: Sobre Héroes y tumbas de Sábato, Bomarzo de Mújica Láinez, Historias de cronopios y de famas de Cortázar y La alfombra roja de Marta Lynch. Sin la popularidad que alcanzaron casi todas ellas, Sudeste, quedó mansamente eclipsada  junto a otras  joyas ocultas que dejó esta amplia cosecha. Como él recalcaba en una entrevista no había diferencia entre literatura y vida, pero de haberla, mejor ponerse siempre del lado de la vida. Por eso El Boga, personaje central en Sudeste,  y casi todos los que circulan en sus páginas, son seres extremadamente taciturnos e inexpresivos, enígmáticos y silenciosos personajes mimetizados en el paisaje, remansados tras la intensidad de unas vidas que el propio autor conocía bien pues fue seminarista, empleado de banco, camionero, aviador civil, marino mercante y profesor pero, sobre todo, un gran observador.
 A finales de los años cuarenta comienza a pasar largas temporadas en una cabaña de Tigre junto al arroyo Gambado, uno de los 350 canales que conforman el delta. Reconstruye un viejo barco y con él navega por todo ese enjambre acuático que llega a conocer con exactitud en cada pliegue de sombra, en sus sonidos imperceptibles, en sus solitarios y castigados escenarios habitados por criaturas humanas cuyo drama existencial , desprovisto  de sentimentalismo, se ha fundido con el espacio que habitan. El río, en su implacable fluir, arrastra en su corriente una comunión absoluta entre paisaje, soledad y escritura, en una apuesta rotunda por la esencialidad narrativa apoyada en un lenguaje exacto de frases cortas y resaltes poéticos. Nada de relieve parece ocurrir en realidad, mientras una prosa inquietante pasa la lupa por esas menudencias que sólo después sabemos que eran únicas antes de su definitiva desaparición, por eso Sudeste nos parece una espléndida novela ajena al tiempo.

 

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