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En Camboya los pederastas no se esconden

Al atardecer la luz del monzón de agosto enciende con una llamarada cobriza  las aguas del Tonlé  Sap antes de fundirse, un poco más allá, con las del Mekong.  Ese conjuro de luz atrae la indolencia. Como si fuera un malecón marino la gente pasea sin prisas apurando la tarde  por la orilla derecha del río entre vendedores de refrescos,  globos, helados, frutos secos.  Los cafés, restaurantes y beer garden del Sisowath Quay empiezan a preparar sus mesas para la noche.

Un hombre maduro –podría ser canadiense, norteamericano, centroeuropeo-  está sentado sobre el murete del río mientras habla y sonríe babosamente a sus acompañantes: dos niños y dos niñas de entre seis y diez años. Acaba de comprar un helado y otros dulces a los chavales  y éstos parlotean encantados.  Probablemente son niños de la calle: la ropa sucia y gastada, el pelo enmarañado, los gestos demasiado descararados, demasiado adultos. Las dos niñas llevan una camiseta igual, negra, y con grandes letras en blanco: yo podría ser tu hija, dice visiblemente el  texto.  Con sonrisa vacua el hombre acaricia con su mano la rodilla menuda de una de estas niñas. A diez metros un grupo de unos cinco policías está  viendo, como nosotros, la escena, pero lo observan como si no fuera con ellos. La gente pasa por su lado. Nadie se queda mirando a este hombre, nadie parece extrañado, nadie dice nada.  Eso es lo más desasosegante…   que no pasa nada.

A medida que cae la noche vemos otros hombres y otros niños. Están por todas partes. Ahora cenan o toman un refresco en los cafés y restaurantes para extranjeros que se extienden a izquierda y derecha del famoso Foreign Correspondent´s club, como Le Metro,  Riverside, Le Café,  el  Golden Fisher… Hombres maduros en su mayoría, pero también algún joven, sentados en las mesas con el niño o la niña a su lado, rodeados de parejas de turistas, pequeños grupos de viajeros que parecen ignorar estas escenas, tanto como los responsables de estos bares, restaurantes y cafés  que mantienen una permisividad absoluta con sus clientes occidentales y una  indiferencia incomprensible con estos niños y niñas que, como dice el texto de alguna de esas camisetas que visten, podrían ser sus propios hijos.

Es un paisaje repugnante. Las guías de viaje lo silencian.  Los reportajes de viajes lo omiten.  ¿Nadie hace nada? Aunque cuesta creerlo diversas organizaciones internacionales llevan años luchando contra la pederastia en Camboya. Esas camisetas negras que llevan algunos niños de la calle con esa frase directa y terrible es la prueba. Y no es la única. Cada vez son más los hoteles que advierten a sus clientes con folletos explicativos en las habitaciones, que el abuso infantil no está   permitido en el establecimiento y que el personal del hotel está entrenado para detectar posibles casos de prácticas  sexuales con niños. También el mapa gratuito de  Phonm Penh que edita la asociación de comerciantes y que se regala por todas partes, exhibe en la contraportada un llamativo anuncio en el que se ve a un hombre de espaldas abrazando por la cintura a una niña y el mensaje en letras rojas: Sex with Children is a  Crime, junto a un teléfono ,el  (023) 720-555, al que cualquiera que observe esta misma escena  en la vida real puede llamar.

Todo esto ocurre en un país que ha sufrido terriblemente en las últimas décadas, que ha soportado invasiones, conflictos fratricidas y uno de los peores genocidios de la humanidad  cuyas huellas aún son visibles por doquier y que explica que casi la mitad de los camboyanos tenga menos de 18 años y que el 77% de sus 14 millones de habitantes sobreviva con menos de dos dólares al día.

Pero algo pasa. Algo se mueve.  Muchas organizaciones han trabajado duro en los últimos años y hay una nueva ley (Ley de Supresión de Tráfico de Seres Humanos y Explotación sexual) desde este año que castiga y persigue  la pornografía infantil con penas de prisión. Probablemente sea un triunfo más del excelente trabajo que ha puesto en marcha  el proyecto Protect que nació en 2003 como una acción conjunta de la ONG española Global Humanitaria y la francesa Action pour les Enfants dedicadas a investigar, perseguir y denunciar la pederastia en Camboya ofreciendo tutela judicial, asistencia social a las familias y apoyo psicológico a las víctimas.  Tan difícil como el delito en sí es combatir los obstáculos que la situación de extrema  pobreza de muchas víctimas y sus familias hacen que se paralicen las denuncias. Frecuentemente éstas carecen de recursos para llevar a cabo los juicios y a menudo se topan con otro problema: el de la corrupción del sistema policial y jurídico. Sin contar con el rostro más demoníaco de la pobreza: el consentimiento de los padres y hasta la venta y alquiler de sus hijos para el mercado de la prostitución.

Pese a todo, en cinco años los resultados son esperanzadores: 31 condenados, 63 detenidos y más de 130 extranjeros investigados por pederastia. Algunos casos saltaron a la prensa como las condenas de 11 años de prisión para el suizo de 69 años Hens Ulich; los 20 de cárcel para el alemán de 42, Thomas von Enghelhart y la pena de 12 años de cárcel para el también alemán Hening Opitz de 66 años. Todo esto era impensable hace pocos años y supone un avance prometedor mientras se consigue lo que muchas personas pedimos: el registro internacional de pederastas que permitiría bloquear en sus países a estos individuos y permanecer vigilados por estructuras más rígidas.

¿Qué ocurre en la mente de un pederasta? ¿En qué clase de laberinto mental  andan perdidas la conciencia, la moral, el deseo, todo el  sistema cognitivo y psicológico de un hombre?  “Estoy más allá del bien y del mal. Hago lo que quiero”,  decía en una entrevista Pierre Guynot, un pedófilo que aplicaba escalofriantes torturas sadomasoquistas a los niños hasta que fue detenido en Camboya. “¿Yo? Soy muy normal, no como esos pederastas. Lo hice para sentirme joven. En Italia nunca lo hubiera hecho, pero éstos son niños  de la calle, no les pasa nada”, decía cínicamente otro detenido, el italiano Alain Berutti.  Quizás en este tema, como también ocurre en el de la violencia de género, todos deberíamos sentirnos involucrados. Quizás deberíamos señalar con el dedo, denunciar, no callar. Quizás deberíamos  marcar los números de teléfono que hacen que las cosas cambien.  Enfermo o no, siempre se trata de un verdugo imponiendo su poder a una víctima. No debería haber excusas cuando somos testigos. Ni siquiera la de estar de vacaciones.

Imagen de Anónimo

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