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El mundo según FITUR

¿En qué lugar del mundo te puedes pasear al lado de un guacamayo humano, un tipo en albornoz blanco y zapatillas, una masajista thai vestida de thai o, tal vez, unos pasos más allá, junto a un faraón de segunda?

En Fitur, seguro, o en cualquier otra feria en la que el globo terráqueo se pueda montar y desmontar como si se tratara de una animada carpa de circo. Sospecho que no es casualidad que se celebre unas semanas antes del carnaval. Fitur es una feria teatral y divertida, en el supuesto de que no tengas que trabajar ocho horas en ella pero, como sucede en el teatro, sólo hallaremos una parte de verdad, pues el resto es sólo ficción, o sea, representación. A lo que más se parece es a aquellas fantasiosas escenografías que levantaban los operarios  de la Paramount para escenificar sus guiones,  ya tocase la Roma de Espartaco, o la sabana con leones de Mogambo, cuando no había medios, o tal vez demasiado miedo para rodar en exteriores de verdad.

Lo que parece una paradoja es que en una feria como ésta se pretenda vender realidades que sólo son ficciones. ¿Se parece el mundo al mundo que escenifica Fitur? No, más bien parece un parque temático. En esta feria del turismo el mundo y sus realidades tratan de representarse a sí mismas a través de tópicos trillados que explican  lo que cada cual asume como sus  identidades reconocibles. Pero los  tópicos suelen ser verdades gastadas con el uso y  limadas por el  tiempo.  El tópico se resiste a la evolución, a la transformación, pretende ser inmune a la transgresión del tiempo, sin lograrlo del todo. Siempre es decepcionante  intentar seducir a base de tópicos gastados, redundancias de obviedades que tratan de crear una realidad idealizada que pocas veces tiene que ver con la realidad misma. Como ese seductor maduro que aún intenta simular con un postizo aquella cabellera que un día lo hizo irresistible. El problema está cuando preferimos el tópico a la realidad, cuando elegimos una ficción tomándola por real…, cuando nos quedamos en lo falso pensando que es lo de verdad…, cuando despreciamos lo de verdad porque, en realidad, lo que nos conviene es la seguridad de lo falso…

En Fitur el atrezzo es lo que sirve  de verdad y eso es lo que se compra y se vende. Lo bueno que tiene esta feria y sus escenografías carnavalescas es que llama a las cosas por su nombre, sin llamar a engaño. Todo es muy explícito: una ruta es un paquete, un país olvidado en su pobreza o su aislamiento es un destino emergente, un viajero es un consumidor, un lugar alejado y aceptablemente virgen sólo es un nicho de mercado, y todo en su conjunto es … turismo.

En el fondo está bien que  alguien ponga los puntos sobre las íes. Obliga a interrogarse sobre el significado del viaje. Entonces queda claro que lo que de verdad llamamos viajar, sólo es -nada más y nada menos-, un estado de ánimo,  una emoción particular y a veces poco compartible sobre la relación subjetiva que establecemos con los lugares, los paisajes o las personas que provocan en nosotros una resonancia interior, una comunión íntima con la realidad de ese instante;  un mensaje cuestionador proporcionado por la experiencia de relacionarnos con estímulos diferentes y únicos…

Así que este templo del turismo y el griterío de sus mercaderes te exige   tomar postura. Te fuerza a argumentar cuál es, o debería ser, el  sentido del viaje para cada cual, pues te muestra descaradamente en términos teatrales cuál es  la diferencia  abismal entre ser actor o ser sólo  espectador.

 

 

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