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Una vuelta por Islandia (III): Julio Verne nunca estuvo en el volcán Snaefell… pues él se lo perdió

A la hora de encontrar una puerta de entrada a ese infierno real que es el caluroso centro de la tierra, el gran Julio Verne no encontró mejores jambas que las laderas de un volcán Islandés. Y más en concreto, las del volcán Snaefell, al Oeste de Islandia, un lugar recóndito en un país ya de por sí bastante recóndito. Lo curioso, sin embargo, es que el escritor francés ‘obligó’ al profesor Otto Lidenbrook, a su sobrino Axel y al guía local Hans a trepar hasta la cima de un lugar… al que él nunca fue y que, por tanto, jamás vio. Si lo hubiera visto, estoy seguro que el viaje al centro de la tierra hubiera seguido empezando en este pico de 1.450 metros de altitud que no sólo se ha ganado un hueco en la literatura universal, sino también en el apartado de ‘lugares imprescindibles que visitar’ del cuaderno de cualquier viajero que se precie, aunque sea desde la distancia.

Y es que alrededor de este mítico paraje literario ha crecido también una leyenda tipo ‘fontana de Trevi’, de esas en que nadie cree pero que al final todos hacemos ‘por si las moscas’. En concreto, se dice que todos aquellos que alcanzan a ver su cima, aunque sea desde la distancia (dicen que en los días claros en posible hacerlo desde la mismísima Reykiavik), tendrán un peregrinar venturoso por la isla. ¿Sencillo? Tal vez no tanto como el lector pueda pensar, ya que las nubes tienen la mala costumbre de acomodarse en sus alturas y dejar la cima más escondida que el dinero de Bárcenas. Bien es cierto que uno puede optar por las bravas y ascender a pie por algunas de las rutas habilitadas para, por muy densas que sean cirros y cúmulos, echarle un vistazo a esta puerta ‘verniana’ al centro de la tierra. Claro que para eso hay tener tiempo y, sobre todo, ‘piernas’, algo que no está al alcance de todos.

Por ello, a los viajeros menos andarines nos queda mirar, mirar, mirar, mirar… a la espera de que el rey Eolo nos eche una mano y despeje la cubierta del Snaefell. Por la foto que acompaño este post, podéis ver que yo tuve esa suerte y, además, en ese momento mágico del día en el que el cielo se tiñe de rojo porque el sol ha decidido que su jornada laboral ha tocado a su fin. Bien es cierto que mi viaje a partir de aquel momento fue bastante placentero, pero no puedo ocultar que algún que otro problemilla surgió en el camino que me hizo plantearme si presentaba un hoja de reclamaciones al mismísimo Julio Verne por incumplimiento de contrato de ‘promesa volcánica’.

Al final, lo descarté, sobre todo porque mi interés por ver la literaria cima, aunque fuera en la distancia, me permitió descubrir la península que la acoge, Snaelfellsnes, y con ello un sinfín de lugares increíbles. Para empezar, la iglesia de Budir, un templo de muros negros de madera negras y ventanas blancas cuya sencillez destacan en un paisaje tan abrumador. Y las tranquilas focas de de Ytri-Tunga, a las que parece que les da lo mismo las visitas inoportunas y sin avisar. Y la brava playa de Djúpalónssandur, donde se puede hacer de todo menos bañarse y tomar el sol, pese a lo cual sigue siendo una hermosa playa. Y el camino costero que une Hellnar (donde se cocina una de las mejores sopas de cigalas del país) y Arnastapi. Y la sencillez ‘made in Island’ del pueblo de Stykkishólmur… y un largo etcétera que te obligan a sentir lástima de Julio Verne: él puso este lugar en el mapa, pero nunca estuvo allí.  

Imagen de oLopez-Fonseca

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