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Una vuelta por Islandia (2): ¿Qué es lo primero que hace un islandés al aterrizar en su país?

No, no hacen un ‘juanpablosegundo’, ya saben, esa costumbre que tenía el papa polaco de arrodillarse y besar la tierra nada más descender por la escalerilla de un avión. Tampoco aquello tan español de gritar a los cuatro vientos ‘cómo en mi país en ningún sitio’. Ni siquiera corren a encontrarse con su familia. Lo primero que hace un islandés a llegar al aeropuerto de Keflavik, el que recibe los vuelos internacionales en el país, es acudir al duty free a comprar cervezas, licores y vinos. Y no es un problema de alcoholismo, ni mucho menos, sino de impuestos. Con esas compra, se ahorran unas cuentas coronas… algo que, visto lo que está durando la dichosa crisis, no está nada mal.

Da lo mismo la hora a la que llegue el avión. El duty free, al que se puede acceder desde llegadas en contra de lo ocurre en la mayoría del resto de países, siempre está abierto. Y no sólo eso, sino que está estratégicamente situado. ¿Dónde? Junto a la cinta de salida de equipajes. Así, mientras en otros aeropuertos uno pasa sus buenos minutos mirando la cinta vacía y rezando para que nuestra maleta no sea una de las extraviadas, en el aeródromo islandés se entretiene el tiempo dando una vuelta entre estanterías repletas de botellas de vinos de importación, cajas de cerveza local, ginebras, vodkas y un largo etcétera a precios muy competitivos. Al final, muchos salen del aeropuerto con el doble de equipaje del que llevaban en el avión.

Cuando aterricé en el aeropuerto islandés, ya sabía de esta peculiar costumbre islandesa. El escritor Xavier Moret, cuyos dos libros sobre este país son absolutamente imprescindibles si se va a visitarlo, reconocía su sorpresa cuando lo vio por primera vez. E, incluso, aseguraba que ‘picó’ y compró una botella de vino para regalar al que iba a ser su anfitrión. Al parecer, la sonrisa de éste al ver el regalo fue de las que dan certeza de que uno ha acertado con el presente. Reconozco que yo también me paseé entre los mostradores ¡¡¡a las cinco de la madrugada!!!, que era cuando llegó con tres horas de retraso mi vuelo, y que estuve a punto de iniciarme en el ‘conocimiento’ de las cervezas islandesas, pero al final me eché para atrás. No creí conveniente pasarme a recoger el vehículo de alquiler por la oficina del aeropuerto con un cargamento de ‘birras’ en mi carro de equipaje como tarjeta de presentación de mi prudencia al volante.

Algo que se demostró un pequeño error ‘económico’ visto el precio que esta bebida, y cualquiera con alcohol en su estructura molecular en su composición, tiene más allá de estas tiendas de aeropuerto. De hecho, no se puede adquirir en cualquier supermercado, sino que uno debe acudir a unas tiendas especiales de horario restringido para poder comprarla y que el bolsillo no sufra con el ‘palo’ que dan en los restaurantes donde sí la despachan. Estas tiendas, de nombre Vinbudin y con lo que parece un esquemático racimo de uvas como símbolo, están repartidas por todo el país, pero con unos horarios curiosos. En la capital no hay problema para encontrarlas abiertas, pero en otras localidades uno debe tener la ‘suerte’ de llegar el día y la hora en el que tienen a bien levantar el cierre. En algunas, de hecho, sólo lo hacen dos días a la semana y durante un par de horas en cada una de esas jornadas. O sea, que retrasarte cinco minutos puede hacer que te pases una semana sin una ‘birra’ en la nevera. Un drama en un país en el que, no lo olvidemos, la cerveza estuvo prohibida hasta 1989… pero que ahora cuentan con una larga relación de marcas propias de tan popular brebaje y un día en el calendario dedicado al mismo: el 1 de marzo.

Imagen de oLopez-Fonseca

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