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En la 'corte' de Merkel (7): Tiembla Ramoncín o por qué el verdadero 'rey del pollo' está en Berlín

Ramoncín, aquel iconoclasta cantante de escasa voz que hoy ha transmutado en ardoroso defensor de la propiedad intelectual, fue durante los primeros años de su carrera musical el autodenominado 'rey del pollo frito'. Nada extraño en una ciudad como Madrid, en la que uno de los restaurantes más populares -y económicos-, Casa Mingo, tiene como máxima estrella gastronómica este humilde ave hecha en su propio jugo mientras da vueltas atravesado junto a otros congéneros. Doy fé de su excelencia (la del pollo, no la de Ramoncín). Sin embargo, no voy a hablar aquí de mi Madrid natal, sino del Berlín y, en concreto, del tercer lugar de la capital alemana donde comer bien a buen precio: Die Henne (Leuschnerdamm, 25. Metro Moritzplatz. www.henne-berlin.de).

Como es de suponer después de haber hablado de don José Ramòn Márquez Martínez, alias Ramoncín, y de Casa Mingo, la especialidad de este humilde restaurante berlinés es el pollo, en este caso asado. O cómo se conocía en la antigua RDA, 'broilet'. Aunque olvídese el lector del pollo al 'estilo español', ese que da vueltas sin fin sobre el eje que le atraviesa de lado a lado. El pollo asado de Die Henne (7,90 euros medio) tiene la piel crujiente, muy crujiente, Tanto, que la primera impresión es que al cocinero se le ha ido la mano y lo ha dejado más seco que un polvorón. Error. Sólo es necesario romper esa piel (deliciosa, por otra parte) para descubrir debajo de ella un ave jugosa hasta en la pechuga, que ya se sabe que es la parte del animal que suele reclamar un par de vasos de agua para superar el gaznate. Simplemente delicioso.

Es cierto que la carta de Die Henne tiene otros platos, como la omnipresente currywurst (la salchicha con ketchup, curry y un museo), pero decantarse por otra cosa que no sea pollo es un crimen de lesa humanidad, Como mucho, recomiendo que se pida de acompañante la ensalada alemana (3,50 euros). En este lugar la sirven tan sencilla como auténtica. Y, por supuesto, para beber, una buena jarra de cerveza alemana. ¿Alguien lo dudaba?. Aunque reconozco que muchos de los berlineses que compartieron mesa conmigo en las dos ocasiones que acudí al restaurante pidieron vino. Yo, sinceramente, ni se me pasó por la cabeza.

El local tiene, además, un aliciente: su historia. Dicen que lleva más de 100 años abiertos, algo que no se duda cuando de ver su decoración interior, que, desde luego, no es de este siglo ni de finales del anterior. El ejemplo más claro son sus manteles rojos de cuadro verdes, de un diseño digno de la posguerra. Además, el muro pasaba muy, pero que muy cerca. El local quedó en el lado occidental y, por ello, el presidente John F. Kennedy pudo visitarlo -y probar su pollo- cuando estuvo en la ciudad allá por 1963. Para revivir aquellos tiempos de división, recomiendo (y no se rían) ir al servicio. Camino del 'excusado', los propietarios han dispuesto fotos de época que recuerdan lo que esta ciudad pasó no hace demasiado tiempo.

Die Henne es toda una institución en la ciudad, en el que sus clientes son mayoritariamente alemanes, por lo que tiene un problema. El espacio disponible hace recomendable reservar o, como poco, acudir templano si no se quiere esperar un buen rato a que quede una mesa libre... o parte de ella. Porque este es uno de esos restaurantes en los que se tiene la sana costumbre de hacer que desconocidos 'compartan' mesa para maximizar el escaso espacio disponibles Tanto dentro, como en la pequeña terraza que disponen cuando llega el buen tiempo. Así uno podrá contar a los berlineses que en España hay un cantante que se hacía bautizar el 'rey del pollo grito', pero que por sus gallos al cantar uno prefiere hincarle el diente al económico manjar con acento berlinés que sirven en este lugar. Guten appetit. 

Imagen de oLopez-Fonseca

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