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En la 'corte' de Merkel (1): ¿Por qué los taxis y los 'actimel' son más baratos en Berlín?

Ahora que todos sabemos que la prima de riesgo no es la hija de ninguna tía nuestra con pasión por el puenting y que detrás de su querencia por las alturas está la pérfida Ángel Merkel, la 'mandamás' de Alemania, he decidido viajar a Berlín para recorrer la ciudad a conciencia y saber si realmente los males de nuestra economía son culpa de los intransigentes germanos o todo es una mala excusa de nuestros gobernantes para no asumir sus responsabilidades. A las pocas horas de aterrizar en la capital alemana empiezo a pensar que hay mucho más de lo segundo que de lo primero.

Para empezar, en esta ciudad tomar un taxi para ir del aeropuerto a la ciudad no sólo no es un lujo (y no estoy hablando para el nivel de vida de un alemanito de a pie, mucho más alto que de español mondo y lirondo, sino para el castigado bolsillo de éste), sino que no hay margen para el susto. Me explico. Llegar a Barajas y decidir tomar un 'pesetas' es toda una aventura... y una ruina. Aventura porque puedes tener la mala suerte de caer en el asiento de atrás de uno de esos piratas del volante que ha decidido que tu le 'soluciones' el mes con una carrera en la que el taxímetro va más deprisa de Usain Bolt. Y ruina porque, aunque el profesional del taxi sea más honrado que... (vaya, no se me ocurre ningún colectivo sin ovejas negras), bueno, lo cierto es que entre los suplementos y la tarifa en vigor no hay quien evite el sablazo de 60 euros.

En Berlín, sin embargo, la cosa es muy distinta, El conductor del taxi que tomé (todo un Mercedes Benz, que aquí hacen patria con todo) no se peleó con ningún compañero por coger al guiri-que-no-se-entera-de-dónde-está, sino que acudió el que le tocaba por riguroso orden. Cuando le di la dirección del apartamento, marcó en el 'tom-tom' la misma y se lanzó rumbo al destino sin dar ni un solo rodeo 'turístico'. Y, cuando llegué al portal del apartamento que había alquilado, el taxímetro marcaba 22 euros, la cantidad que Martin, el berlinés que me ha alquilado la vivienda donde voy a residir estos días, me había indicado que me costaría. Eso sí; el taxista le sumó el plus de aeropuerto: la frioleta de ¡¡¡50 céntimos de euro!!! Cómo lo estáís leyendo, sólo medio euro. Ni un euro más por las maletas ni amago de querer sablearme con cualquier excusa.

Con este grato sabor de boca, horas después acudía a un supernercado cercano a mi apartamento a hacer la compra. Entre cervezas de mil tonalidades distintas y salchicas de todos los tamaños y formas, hubo una cosa que volvió a llamarme la atención... y no ser rían: los actimel, esa bebida láctea que tanto gusta a los niños y que a los padres nos solucionan mil meriendas. Y no atrajeron mi atención sólo porque hubiera sabores que en las estanterías de las tiendas españolas ni están ni se les espera, sino porque su precio era sensiblemente más barato que en España. ¿Pero no habíamos quedado que los alemanes tienen sueldos mucho más altos que nosotros y, por tanto, pueden pagar más por todo? Algo falla y me parece que no es en Berlín.

Y como con los taxis y los actimel podría seguír largo y tendido sólo con mis primeras horas en la 'corte' de Merkel. Ahí esta la omnipresente cerveza o ccomer en un restaurante... Ahora entiendo por qué los alemanes no ven a su primera ministra como un ogro... y quizá nosotros deberíamos ir buscando otros personajes más cercanos para colgarles el 'San Benito' de la prima de riesgo y todos nuestros males económicos.


 

PD: Problemas laborales me han mantenido demasiado tiempo alejado de mi cita con este humilde blog. De vuelta a la rutina viajera, espero que esta nueva serie que inicio hoy sobre Berlín me permita recontrarme con mis lectores.

Imagen de oLopez-Fonseca

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