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El peor viaje de mi vida... creo

Hace ya doce años, un grupo de trece periodistas, escritores y viajeros escribieron un libro titulado El peor viaje de nuestras vidas (Plaza Janés). Entoncés lo leí y hace poco lo volví a recuperar de mi librería después de que en una entrevista que me hicieron sobre mis andanzas por el mundo me realizaran una pregunta en esa línea. La verdad es que no dudé en responder ni un minuto: las doce horas que pasé en un tren minero por el norte de Mauritania.

Puede sonar exótico, pero la verdad es que fue uno de los escasos momentos en mis viajes en el que he deseado con toda mi alma no encontrarme donde estaba sino en el sofá de mi casa viendo la tele. De hecho, en su día escribí un Peripecias para la revista Altaïr sobre aquel periplo. Se publicó en el Cuaderno de Viajes del número 7, un ejemplar dedicado a Irlanda y, por desgracia, agotado. Por ello me animo a recuperarlo aquí ahora.

UN VIAJE DE PESADILLA A TRAVÉS DE MAURITANIA

"Nunca volveré a pisar este pueblo". El pueblo era Choum, una pequeña aldea de paredes de adobe y tejados de uralita perdida en el norte de Mauritania. Quien pronunciaba la frase era mi mujer, aunque yo asentía sin dudarlo, después de haber pasado toda una noche sintiéndome observado constantemente por gentes malencaradas.

Seis horas después de aquellas palabras, el todoterreno con el que estábamos recorriendo Mauritania volvía a Choum. Habíamos perdido seis horas extraviados entre altas dunas. Seis horas sacando una y otra vez los vehículos atascados de la arena. Seis horas soportando las altas temperaturas del desierto en pleno julio. Seis horas en las que nuestros guías demostraron no tener ni idea de dónde estaban. Seis horas en las que uno de ellos enfermó, víctima de una severa deshidratación.

Una vez de vuelta en Choum recordé haber leído en una guía que la única línea ferroviaria del país pasaba, precisamente, por allí. Era un tren minero, uno de los más largos del mundo, que tenía su destino en la ciudad costera de Nuadhibú, precisamente nuestro siguiente alto en el viaje. Algunos lugareños nos confirmaron que admitía pasajeros y que, incluso, podríamos cargar nuestro vehículos. El viaje duraba unas doce horas. No nos quedaba otra elección que tomar aquel tren. Fuese como fuese.

Pronto nos dimos cuenta que ese "fuese como fuese" iba a ser bastante más complicado de lo esperado. El encargado que nos vendió los billetes nos dijo que deberíamos ser nosotros quienes subiéramos los vehículos en dos vagones especiales que estaban estacionados, y afianzarlos, ya que las plataformas no contaban con ningún tope. Sólo disponíamos de restos oxidados de vígas para trabar las ruedas y trozos de alambre, más herrumbrosos si cabe, para amarrar los bajos.

Tras hacer alarde de nuestros escasos conocimientos de bricolaje, nos sentamos a esperar la llegada del tren. Hacíamos planes: noa adueñaríamos de un compartimento para tumbarnos y pasar la noche. Pero aquellos sueños se vinieron abajo enseguida. Cada minuto que pasaba, más y más personas llegaban a aquel poblado perdido en el desierto, dispuestas también a tomar aquel tren. ¿Dónde entraría tanta gente? La respuesta la trajo el propio convoy: en un único vagón de pasajeros, que no era más que una enorme caja de madera con ruedas y sin ventanas, muy parecido a los que se usan para transportar ganado.

Cuando, después de codazos y empujones, conseguimos subir a él, descubrimos además que no existían los soñados compartimentos. Ni siquiera asientos. En minutos, el ambiente se hizo asfixiante. El calor era insoportable. Y el espacio que teníamos, el justo para permanecer de pie, sin moverse. ¿Sentarse en el suelo? Imposible.

Tomamos la decisión de bajarnos del vagón e ir a la carrera a las plataformas que llevaban los cohes. Mejor allí, con el riesgo de salir despedido en cualquier traqueteo del tren, que permanecer toda una noche encerrados en aquel claustrofóbico vagón. Quedaba por delante, eso sí, una larga noche, en la que dormimos a ratos dentro o debajo de los coches. Y en la que, cuando queríamos hacer pipí, teníamos que agarranos a la portezuela del vehículo y, con el tren en marcha, asomarnos a la nada del desierto a riesgo de caernos.

Por fin, ya de día, el tren llegó a Nuadhibú. Todos sanos y salvos. Bueno, todos menos el guía, al que hubo que ingresar en el hospital, no sé si por culpa sólo de la deshidratación o también, en parte, por el pánico que había pasado, como todos, durante las doce horas del viaje. Eso sí, ninguno dijo aquello de "nunca volveré a subirme en ese tren". Por si acaso.

Imagen de oLopez-Fonseca

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