Delicias tailandesas (7): Cómo pasarlo 'thai' sin playas ni discotecas

Es inevitable. A cualquier de nosotros oye la palabra "Tailandia" y dos imágenes asoman por nuestras cabezas. Por un lado, largas playas de arenas blancas y palmeras inclinadas al más puro estilo 'folleto turístico'. Por otro, el cachondeo nocturno de sus ciudades y localidades turísticas salpicado siempre de luces multicolores y los ritmos machacones de la canción de moda. Y, sin embargo, en Tailandia también es posible hacer ecoturismo o, por decirlo de un modo menos refinado, turismo rural. Sí, has leído bien, querido lector, turismo rural, el mismo que hace ya un puñado de años se puso de moda en España y que hizo que nuestros pueblos se llenaran de gente con la boca abierta porque a su lado pasaba una cabra y un lugareño con la nunca bien valorada boina y el recio bastón. Todo ello, eso sí, acompañado de hispánicos precios de 'hotel de cuatro estrellas' como mínimo.

En mi reciente viaje a la antgua Siam, me surgió la oportunidad de visitar la localidad de Mae Kampong, un pueblo de poco más de 400 habitantes situado en las colinas cercanas a la ciudad de Chiang Mai, al norte del país. No la desaproveché. Decidí dejar atrás ese mundo de turistas de chanclas y bañador que siempre se asocia con el país asiático, y descubrir un pueblo-pueblo tailandés. ¡Qué gran acierto! Primero por el trayecto que recorrí hasta que llegué a la localidad, cuajado de paisajes de arrozales y bosques exhuberantes. Y, segundo, por lo que me encontré al llegar. 

En el humildísimo restaurante del pueblo, donde pude cotillear cómo la cocinera removía la comida en el wok y llenaba de gastronómicas fragancias el ambientes, me esperaba el alcalde, un señor muy formal que me invitó a mi primera taza de café local, fuerte y azucarado. Mientras sorbía el negro brebaje, me explicó que hacía ya unos años que habían decidido apostar por el ecoturismo para completar los ingresos que el pueblo obtenía con el té fermentado, su principal riqueza. También me dijo que, gracias a ello, cada año venían por allí unos 3.000 turistas, un pequeño número que les permitía mantener la vida tal y cómo siempre la habían desarrollado y cómo les gustaría que siguiera siendo.

En el pueblo, de casas de madera de un par de alturas, no había, por supuesto, ni hoteles ni bloques de apartamentos de esos dondes los turistas cuelgan en el balcón sus multicolores toallas a secar. Aquí había sólo viviendas como las que habitaban ellos, y donde el lujo asiático de las grandes cadenas hoteleras locales habían dejado paso a una apabullante sencillez. Una colchón. Una mesa. Un silla. Un puñado de libros en inglés. Un reloj con la imagen del rey tailandés.... 

Poco después, un guía local me acompañaba a recorrer los alrededores en un paseo que se convirtió en una auténtica clase de botánica y antropología. Ví árboles desconocidos para mí. Frutas multicolores. Pequeños arroyos. Lugareños afilando sus machetes sobre una piedra con una sonrisa en la boca. Flores que parecían cualquier cosa menos una flor. Plantas de café con granos de un rojo brillante. Arbustos de té dispuestos para ser recolectados...

También visité el humilde templo budista, con pinturas de un colorido que contrastaba con el verde de la naturaleza que le rodeaba. Y probé el té fermentado, aunque su sabor agrio me hiciera gesticular más de la cuenta. Y, por supuesto, disfruté a lo grande de los platos que tan afanosamente había elaborado a la vista la dueña del restaurante sin importarme que no hubiera mantel o que el plato fuera un simple 'arcopal'.

Por ello, cuando desandaba el camino de vuelta a Chiang Mai me pregunté si escribir sobre el lugar no era poner en riesgo todo lo que había vivido, dar pie a que en unos años se llenase de turistas con la boca abierta cuando viesen pasar a una pizpireta anciana fumando con el pañuelo enrollado en la cabeza. Lo pensé, sí. No quiero que Mae Kampong se llene de autocares de visitantes de un solo día con el único objetivo de hacerse dos fotos y comprar un souvenir, pero eso no significa que no tenga que dar a otros viajeros las pistas para llegar a él. Por ello, querido lector, te digo: viaja hasta este lugar, pero guardame el secreto.

 

 

Imagen de oLopez-Fonseca

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