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Crónicas Minoicas (IX): Sólo en el laberinto... con un par de centenares de turistas

No nos engañemos. Ir a un sitio con renombre tiene un inconveniente: no suele ser habitual que nosotros seamos los únicos a los que se les ha ocurrido acudir ese día. Por eso, visitar unas ruinas del renombre del Palacio de Knosos, en Creta, tiene todas las papeletas para terminar siendo algo más que un recorrido por la historia. Sin duda, nos veremos abocados a una ‘ginkana’ para sortear grupos de turistas... He aquí un pequeño manual de uso para sobrevivir a estas las ordas de cámara y vídeo en ristre que van detrás de una guía.

Determinadas visitas, como la de Knosos, son ineludibles. Porque ir a Creta y no visitar el célebre palacio del Minotauro es un pecado castigado por el mismísimo Zeus. Además, una vez en Creta, llegar es fácil. Está a un tiro de piedra de la capital de la isla, Iraklio, hay autobuses que te dejan en la puerta y, si vas en coche, hay numerosos aparcamientos a un precio razonable a unas pocas decenas de metros de la entrada. Otra cosa es que no soportemos caminar entre las ruinas con centenares de 'guiris' que, como nosotros, quieren visitar allá por donde estuvo el cornudo rey Minos, su casquivana mujer Parsifae, el incomprendido Minotauro, la inocente Ariadna y el desagradecido Teseo (ver Crónicas Minoicas VIII).

Por ello, el primer consejo es elegir bien la hora de la visita. Es cierto que si uno va en verano, cuando el sol se empeña en recordarnos que estamos en el Mediterráneo, lo mejor es dejarse caer a primera hora mañana para evitar las horas de más calor. No olvidemos que los antiguos, como decía un amigo mío, tenían la costumbre de poner sus ruinas en plena solanera. Sin embargo, es precisamente a esa primera hora de la mañana cuando desembarcan uno tras otros los turistas de visitas guiadas y querer ver algo con tranquilidad es misión imposible. En este caso, lo mejor es la hora de la comida. No olvidemos que a ciertos europeos a partir de las 12:30 empieza a entrarles la gusa y se escapan a los restaurantes que jalonan la carretera que lleva a las ruinas, y que los grupos desertan ante el riesgo de que a sus integrantes se les derrita las seseras y se enfríe la musaka encargada al peso por el touroperador.

De todas formas, si a uno no le queda más remedio que acudir en la hora de máxima presencia de pantalones cortos y sandalias, lo mejor es comenzar la visita ‘al reves’. Hay que evitar a toda costa seguir el recorrido marcado en guías, cartelones y folletos. Es el que hacen todos. Por ello, es mejor saltando de un lugar a otro, sin un orden fijo, con la única premisa de que allá donde vayamos se haya 'disuelto' la manifestación de turistas. Un poco lioso, tal vez, pero al fin y al cabo estamos en un palacio laberíntico, no lo olvidemos.

De este modo, y a ratos mejor y a ratos peor, podremos disfrutar de una ruinas cargadas de mitología y, por desgracia, de la excesiva afición al cemento y a la libre interpretación del arqueólogo que descubrió el lugar, Arthur Evans. Gozar de un lugar salpicado de columnas bermejas y negras, y frescos multicolores. Deleitarse de un espacio sazonado de escalinatas a ningún sitio e inverosímiles terrazas. Quizá no sea el lugar mejor conservado de Grecia, pero sin duda sí es el más espectacular monumento de Creta. No dudo que incluso nos pueda saber a poco, pero es que tras recorrer sus piedras sería un delito no acudir al Museo Arqueológico de Creta a ver los restos rescatados allí y completar la visión. Tal vez, incluso, pueda desilusionar a algunos lo poco laberíntico del laberinto de los restos. Es, entonces, el momento de recordar al rey Minos, al Minotauro y a Teseo. No nos contará trabajo con esos cuernos gigantescos que se levantan aquí y alla. Por Zeus, qué lugar…

Imagen de oLopez-Fonseca

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