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Crónicas otomanas (X): Cómo lograr la fama... a lo bruto

En las afuera de Selçuk, junto a la carretera que conduce a la playa, un cartel marca una pequeña salida que lleva hasta el que fue uno de las maravillas de la antigüedad: el Templo de Artemisa. Mejor dicho, a lo que poco queda de aquella obra de arte, una simple columna en cuyo alto parecen haber anidado las cigüeñas y varias piedras desparramadas por el suelo. Es el resultado de las ansias de fama de un viejo loco llamado Eróstrato, quien allá por el 356 antes de Cristo decidió que la mejor manera de asegurarse un hueco en la historia era hacer el bestia. El tiempo le ha dado la razón

Eróstrato era, en realidad, un mendigo al que, como a muchos de los personajillos que pueblan hoy los programas del corazón de la televisiones, se le metió entre ceja y ceja hacerse famoso como fuera. Entonces no había 'salvames' que valga y para entrar en los libros de historia había que ser, como poco, guerrero. Él no lo era, pero tenía a mano una tea y con ello le bastó. Aquel fuego destructor ha conseguido que más de 2.300 años después de su 'hazaña' se siga hablando de él... y no sólo en este blog. Basta teclear su nombre en Google y aparecen nada menos que 20.100 entradas. No hay que olvidar que hasta el propio Cervantes menciona su 'hazaña' en el célebre Quijote.

Quien visita hoy los restos del templo de Artemisa volverá a acordarse de él... o, al menos, de su familia. Sobre todo si ha visto alguna reconstrucción de lo que debío ser y que se han hecho gracias a la descripción que en su día hizo el célebre historiador Plinio el Viejo. Según éste, el templo tenía 55 metros de ancho y 115 de largo, además de 127 columnas de 20 metros de alto. En su interior, se guardaba una estatua de la diosa de color negro y cubierta de oro.

De todo aquello, hoy los visitantes sólo ven la columna de la foto, varios trozos de otra y diversas piedras, algunas con inscripcions, difíciles de situar y unos cuantos patos que pasean entre los pocos turistas que se acercan a acordarse de Eróstrato y su familia. De hecho, muchos autobuses cargados de turistas suelen hacer un alto aquí, pero son pocos los ocupantes que bajan para hacer, al menos, una foto. Incluso, cuando estuve, un autocar entró, se paró menos de un minuto y ante la falta de candidatos a bajarse, se marchó por donde había venido. Y eso que es gratis. Eróstrato no tiene precio...   

 

 

Imagen de oLopez-Fonseca

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