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Crónicas otomanas (XIV): ¡Malditos andamios! o el error de llegar demasiado pronto

Si hay algo que me fastidia tanto como llegar tarde es... llegar demasiado pronto. Mi primer viaje a Estambul lo hice hace 17 años y entonces me encontré Santa Sofía, esa maravillosa herencia de Constantinopla, cerrada por circunstancias que entonces no llegué a entender. Me tuve que conformar con verla sólo por fuera. Este verano, casi dos decenios después de mi primer periplo por la ciudad del pirata de Espronceda, tuve más suerte y pude pasar a su interior para quedarme con la boca abierta. La verdad es que cuando llegué, en agosto, aún había andamios en su interior que impedían ver en su plenitud su grandiosidad y, en concreto, su baptisterio de mármol, que dicen es el más grande del mundo. Me dio lo mismo... hasta hace unos días. ¿El motivo? Hace poco leí en un par de periódicos españoles sendos reportajes en los que explicaban que, por fin, Santa Sofía estaba libre de andámios. ¡Quién me manda a mi llegar demasiado pronto a los lugares!

No olvidemos que Santa Sofía es, junto a su vecina la Mezquita Azul, el símbolo de Estambul, aunque para mi gusto es aún más impresionante que el templo de los seis minaretes. Primero, por su edad. Fue levantada allá por el siglo VI con los materiales más ricos que había entonces en el Imperio Bizantino: mármol verde de Tesalia, pórfido de Egipto, roca negra del Bósforo, columnas del templo de Artemisa, oro, piedras preciosas... Cuando se concluyó su construcción, las primeras personas que pudieron verla no dudaron en afirmar que aquella maravilla sólo había sido posible con la intervención divina.

El segundo motivo de mi preferencia es que contiene elementos cristianos y musulmanes -fue templo para ambas religiones- en perfecta armonía, a pesar de que algún sultán tuvo sus más y sus menos con las representaciones antropomorfas que había. El tercero, porque está dedicada, como su nombre indica, a la Divina Sabiduría, ese don tan escaso en el mundo actual. Y, cuarto, porque tiene una galería superior que permite tener una vista de su interior desde las alturas tan espectacular que uno puede tirarse horas mirando desde allí sus maravillosos detalles: desde los cuatro medallones islamistas de las columnas centrales a  las pinturas de querubines bizantinos que decoran las pechinas de sus soberbia cúpula.

Convertida en museo desde 1935, cuenta los historiadores que Santa Sofía fue durate siglos un templo de gran prestigio entre los creyentos y que los viajeros que oraban en ella regresaban a sus hogares revestidos de cierto respeto. Los viajeros actuales no consiguen dicho reconocimiento divino, pero al menos vuelven cargados de fotos que demuestran que estuvieron allí, en un lugar tan especial que han hecho falta casi 20 años para dejarlo a la altura de lo que se merece.

Eso sí, tampoco hay que demorarse mucho en ir a visitarla, porque lo restauradores, esos grandes amigos de las obras de larga duración, ya amenazan con nuevas obras. Aseguran que el siguiente paso es mimar las pinturas de la época islamista que decoran el techo de su galería superior. Es decir, de nuevo los malditos andamios. Me temo que para cuando yo vuelva a Estambul, será demasiado tarde... o pronto, porque auguran los expertos sismógrafos que la cosmopolita ciudad turca sufrirá un terremoto en algún momento de los próximos años. Sólo espero que se equivoquen o que, al menos, las 50 toneladas de plomo que se han utilizado en esta última reforma para reforzar los techos de Santa Sofía cumplan su misión. Entonces promete eliminar el adjetivo "malditos" a los andamios. 

Imagen de oLopez-Fonseca

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