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Crónicas otomanas (XII): Pamukkale y la invasión de las rusas en bikini tanga

En mi primer viaje a Turquía, allá por 1993, visité esa maravilla de la naturaleza que es Pamukkale. Entonces, primeros de abril, el tiempo no acompañaba. La lluvia había hecho acto de presencia y el abrigo era una prenda necesaria. Pese a ello, no resistí la tentación de descalzarme y mojarme, aunque sólo fueran los pies, en las piscinas naturales de carbonato cálcico que dan al lugar ese aspecto irreal de "castillo de algodón" (eso significa la palabra Pamukkale en turco). También pude recorrer con tranquilidad las ruinas de Hierapolis, la ciudad romana que prosperó en el lugar gracias, precisamente, a las supuestas propiedades curativas de aquellas aguas cargadas de sales. Por todo ello, en mi último viaje a Turquía, incluí de nuevo este paraje en la agenda de lugares de visita obligatoria... y alguna sopresa me llevé.

Es cierto que las piscinas naturales estaban en el mismo lugar en el que las dejé, aunque ya no se podía bañar uno en ellas. Para compensar, las autoridades turcas han habilitado a un lado una sucesión de piscinas levantadas con cemento por las que discurren las aguas termales -por lo que el carbonato cálcico ya ha cubierto sus grises muros hasta convertirlas en muy aparentes 'herederas' de las naturales-. Por ellas pasean los visitantes -que siguen siendo muchos, sobre todo en verano- entre algún que otro resbalón para poder darse el placer de bañarse cómo los romanos hacían hace miles de años. Volví a mojar mis pies.

También las ruinas de la ciudad romana seguían donde estaban. Su teatro, sus calles y, sobre todo, su necrópolis, tan grande que uno no puede evitar la sospecha de que las cualidades curativas de las aguas no eran -ni son- tan milagrosas como tanto se quería hacer creer, y aún se anuncian. Precisamente, entre capitales y muros derruidos me encontré mi primera gran sorpresa: para el gran número de autocares que había en el aparcamiento y los numerosos turistas que encontré caminando por las piscinas, las ruinas estaban prácticamente solas. Algún japonés, cámara en ristre. Algún que otro español gritón. Unas parejas de italianos más vociferante si cabe. Ni el teatro, el conjunto más cercano a las piscinas y en un estado de conservación realmente bueno, llegaba a reunir a más de una docena turistas a la vez.

La explicación la encontré, precisamente, muy cerca de éste. Justo al lado del museo que se ha abierto y a escasos 100 metros de las piscinas naturales funciona a todo ritmo otro pileta cuyo principal atractivo es que su fondo está cubierto de auténticas columnas romas. No recuerdo que estuviera en funcionamiento en 1993, cuando mi primera visita, pero sí me quedó claro que ahora se había convertido en uno de los principales atractivos del lugar, sino el 'número 1' para muchos, visto el éxito.

Alrededor de ella, convertida casi en parque de atracciones acuático, se han levantado tiendas de souvenirs, un par de restaurantes de comida rápida y un tercero que pretende mantener el ambiente auténtica turco, con sus gozleme (crepes turcas) incluidas. Incluso, había un tenderete en el que por una decenas de euros uno se subía a una supuesta alfombra mágica mientras le grababan sobre un fondo azul en el que luego proyectaban imágenes de Turquía para que el turista de turno se llevase a casa un vídeo tan hortera como caro.

Para mi disgusto, el complejo era un auténtico éxito. Estaba abarrotado... y eso que bañarse entre columnas milenarias valía nada menos que ¡¡¡12 euros!!!. Eso sí, tan 'económico' precio te daba derecho a entrar en el agua, remojarte y esperar a tu turno para sentarte en una milenaria columna para poder hacerte la foto, porque la pileta estaba siempre abarrotada.

Sus principales clientes eran, sin lugar a dudas, los turistas rusos -muchos eligen como destino de playa la ciudad turca de Antalya, al sur del país-, que acuden en tropel al lugar pertrechados con todos los útiles para bañarse. De hecho, todos ellos lucían sus pieles sonrojadas por el inmisericorde sol mediterráneo con un orgullo digno de nuevo rico de vuelta a la piscina municipal de su barrio. Había pareos, bragas náuticas sujetando a duras penas enormes barrigas y mucho, muchísimo bikini tanga, se lo aseguro.

Cuando me repuse de la sorpresa, abandoné el lugar, no sin antes tomar fotos (era lo único gratis). Me esperaban las ruinas y la soledad. Los bikinis tangas y sus propietarias, estoy seguro, ni siquiera se enteraron de por qué había una ciudad romana allí.
 

Imagen de oLopez-Fonseca

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