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Crónicas otomanas (XIII): Los 550 años del Gran Bazar y la amenaza de Louis 'el de los bolsos caros'

Había una vez un gran centro comercial que no tenía escaleras mecánicas, ni tiendas de marcada decoración minimalista. Por no haber, no había ni cines con salas 3D y butacas vibradoras. Y que, pese a ello, está a punto de cumplir ¡¡¡550 años!!! de existencia. Es el Gran Bazar de Estambul, levantado nada menos que en 1461, como reza en una de sus puertas, y que hoy sigue tan boyante como hace cinco siglos cuando se convirtió en el primer gran centro comercial del mundo. Y ello a pesar de que la cosmopolita ciudad turca se ha convertido, como tantas otras grandes urbes del mundo, en el paraíso de los impersonales templos del consumo moderno que han heredado su filosofía.

Una longevidad que sólo ha sido posible porque las sucesivas generaciones de comerciantes que lo han poblado han sabido mantener en esencia su tradición. Vale, lo admito: es cierto que el turismo hace mucho que convirtió gran parte de sus callejuelas en una sucesión de puestos de souvernirs y artículos falsificados donde es más fácil encontrar una camiseta de ‘La Roja’ que en la sección de deportes de El Corte Inglés en pleno mundial de Sudáfrica. Pero hay que reconocer que bajo esta sucesión de baratijas de peor o mejor gusto, y de sucedáneos de marcas más o menos célebres, pervive un mercado único, inigualable y, en gran parte, inalterable en su trasfondo.

Entre mis dos visitas a Estambul han pasado 19 años. Mucho tiempo en el que, sin embargo, el Gran Bazar ha sabido permanecer casi inalterable. Es cierto que ahora hay a las puertas policías con detectores de metales portátiles que te revisan sutilmente la mochila para evitar nuevos atentados. Y que la camiseta del equipo local Beksitas aparece con el nombre de 'Guti', el ex jugador del Real Madrid, en un tenderete sí y en otro también para atraer a esos compradores compulsivos que somos los españoles. Pero eso son minucias para un lugar con tanta historia a sus espaldas.

El otro día leí una entrevista al responsable de una empresa de comunicación turca que cantaba las peculiaridades del lugar. Por ejemplo, que el Gran Bazar se sigue rigiendo por sus propias normas, por encima del todopoderoso estado turco. Y que el 15% de los negocios ni están registrados ni se sabe a que pertenecen. Y que el 90% de las 3.600 tiendas que cobija  sigue rechazando el pago con las omnipresentes tarjetas de crédito. Y que cada día pueden llegar a pasear por sus callejuelas nada menos que 400.000 personas.

Pero lo que más me llamó la atención es saber que el gran negocio del Gran Bazar no es la venta de souvenirs a los turistas, como puede llegar uno a pensar, sino el mercadeo de oro. Es cierto que una de las imágenes que se tienen del este lugar único es la de una de sus principales ‘avenidas’ repletas de joyerías. Pero el ‘mercadeo’ no se refieren sólo a la venta de dos pulseras y un collar a la americana que ha llegado en el crucero de turno, sino sobre todo al comercio interno con el noble metal y que, según algunos cálculos, puede hacer que cada día dos toneladas de oro cambien de mano entre proveedores, orfebres, vendedores y compradores. Ahí es nada.

Lo difícil es ser testigo de una de esas transacciones ‘al por mayor’. Yo tuve la suerte de serlo en este último viaje. Estaba fotografiando una tienda que vendía los llamativos trajes que visten los niños turcos en la fiesta que celebran cuando son circuncidados, cuando descubrí un callejón perdido del Gran Bazar donde un numeroso grupo de turcos, teléfono en mano, parecían estar imitando a los ‘chicos’ de Wall Street. Al principio no sabían lo que hacían, pero alguien me aclaró que estaban vendiendo y comprando ‘gold’. Claro está que mis nulos conocimientos de turco me impidió enterarme de a cuánto cotizaba el gramo de los 24 kilates, pero a la vista de los animados gestos de los presentes, estaba claro que el negocio iba viento en popa.

De lo que también me acabo de enterar –y no me gusta tanto, lo reconozco- es que grandes marcas de moda están intentando hacerse un hueco en el Gran Bazar de Estambul. He leído que Louis Vuitton y Burberry quieren su propio hueco con escaparate allí. Me pregunto si no les importará que dos puestos más abajo el comerciante de toda la vida venda bolsos y camisas falsificados de sus lujosas marcas a una décima parte –o menos- de lo que harán ellos. Ah, ¿y ellos también cobrarán en efectivo? Si es así, el comprador va a tener que llevar una carretilla de liras turcas por si acaso tiene un caprichito.

Lo único que espero es que si finalmente se produce esta invasión del lujo, el Gran Bazar lo resista y cumpla otros 550 años. El oro, los viajeros y ‘La Roja’ lo agradecerán. Louis, el de los bolsos caros, tal vez no tanto.

Imagen de oLopez-Fonseca

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