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Crónicas Otomanas (V): Turquía también tiene su monte Rushmore

De la cosmopolita Estambul a mi actual 'base de operaciones', Kirazli, hay un abismo. Y no me refiero sólo a que aquella fuera una urbe excesiva en muchos aspectos y éste un pequeño pueblo en la Turquía asiática cercano a la costa. También lo es por la forma de relacionarse la gente con el forastero. Sin embargo, hay cosas que son inamovibles en una y otra. Y de una de ellas voy a hablar: de la omnipresencia de Mustafa Kemal Ataürk, el considerado -y con razón- padre de la Turquía moderna. De hecho, su segundo 'apellido', Atatürk, significa precisamente "padre de los turcos".

Su omnipresencia me la confirmó mi llegada a Izmir, la antigua Esmirna, hace tres días. Había cruzado en mar de Mármara en un ferry y desde la ciudad de Bandirma hasta esta ciudad, la tercera del país, había viajado en tren. Cinco horas y medias parando prácticamente en todos los apeaderos. Pese al cansancio, nada más llegar a Izmir hubo una imagen que me llamó mucho la atención. Cuando salía de la ciudad en coche rumbo a Kirazli, me encontré por sorpresa con una gran escultura de una cara esculpida en una montaña, al estilo de los presidentes estadounidenses del Monte Rushmore, aunque en versión mucho más modesta. Le pregunté a mi acompañante turco quién era aquel personaje que se merecía tan impresionante busto y su respuesta confirmó mis sospechas: era Atatürk.

Ya durante mis días en Estambul había visto como se idolatra a este militar turco que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y que tras un golpe de estado tomó las riendas del país para hacerlo evolucionar a un sultanato en declive en la república con aspiraciones a entrar en la Unión Europea que es hoy. En Estambul son habituales los vendedores callejeros de banderas en los que su rostro aparece impresa sobre el rojo de la misma. Además, no hay tienda, restaurante, edificio oficial o lo que modesta vivienda que se tercie que no tenga un retrato de él. 

Hay estatuas suyas en plazas, bustos en decenas de lugares y un gran mausoleo en Ankara, la capital del país, guarda sus restos. Además, las grandes obras públicas del país reciben casi sistemáticamente su nombre, como uno de los puentes del Cuerno de Oro y el aeropuerto de Estambul. Sin olvidar que en todas las guías de viaje se recuerda que a las 9:05 de todos los 10 de noviembre, coincidiendo con la hora y día de su fallecimiento en 1938, el país se paraliza en un minuto de silencio. Y todo esto pasa en un país en el que la inmensa mayoría de sus habitantes no habían nacido cuando Atatürk murió.

No entró a valorar si sus reformas laicistas fueron adecuadas o no. O si su imagen se ha esgrimido para justificar injustificables golpes de Estado años pasados. Eso se lo dejo a historiadores y politólogos. Yo sólo tengo claro que durante los días que me quedan en Turquía, Atatürk va a estar 'mucho más cerca de mi' que los presidentes del monte Rushmore con los que viajan a EEUU.

Imagen de oLopez-Fonseca

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