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Crónicas Otomanas (VI): Efeso y el enigma desvelado de las ciudades abandonadas

Seguramente haya sesudos estudios sobre el auge y declive de aquellas ciudades de la antigüedad que terminaron siendo abandonadas por sus habitantes. No dudo de que arqueólogos e historiadores habrán analizado hasta el último indicio para poner negro sobre blanco las causas de por qué lo que un día fueron prósperas poblaciones hoy sólo sean, en el estricto sentido de la palabra, montones de ruina. Y, sin embargo, por una vez voy a hacer caso a una niña de once años para explicar por qué Efeso, una de las doce ciudades jónicas levantadas en el siglo XI a.C. en lo que antes se conocía como Asia Menor y hoy es Turquía, dejó de ser lo que era y hoy es una sucesión de columnas arrumbadas en el paisaje.

Esa niña de once años es mi hija mayor, África, quien después de estar ayer durante cerca de tres horas entre las ruinas de la ciudad a más de 40 grados de temperaturas nos los espetó a su madre y a mí claramente: "Aquí ya no vive nadie porque con este calor no hay quien viva". Efectivamente. El calor caía a plomo sobre la vieja Efeso, una de las ciudades antiguas mejor conservadas. Sus calles de mármol parecían blancas por culpa de la intensidad de los rayos del sol. Y los turistas que habían traído hasta aquí los cruceros que atracan en la vecina Kusadasi se arrastraban por entre sus restos buscando una sombra y un alivio momentáneo en las botellas de agua.

No recuerdo en muchos años haber pasado tanto calor durante una visita. Me pesaba hasta la cámara de fotos. Y el agua, según la bebía, salía por mis poros. Pese a ello, creo que ha sido una de los mejores momentos del viaje hasta ahora. Para mi, visitar estos legados del pasado son de los mejores momentos de mis periplos... aunque el sol me ponga a prueba con temperaturas luciferinas. A éstas las combato con agua en abundancia y más sosiego a la hora de recorrer las ruinas.

Sosiego que, por ejemplo, no tienen las manadas de turistas que llegan a bordo de esos cruceros que "si hoy es martes, esto es Turquía, y si es miércoles, Grecia". Ven piedras donde hay una explicación a nuestra cultura. Y polvo, donde hay restos de la Historia, con mayúscula. Aún recuerdo a una pareja sevillana con las que coincidí hace muchos años en un viaje a Egipto. Ella, con tacones. Él, con pantalones de pinzas y mocasiones impecables. Después de visitar uno de los templos que jalonan el Nilo, ella reconoció su suplicio con esa gracia que tienen muchos andaluces: "Me paso la noches limpiando los zapatos de tanto polvo. No sé la gracia que le veis a todas estas piedras, si está todo tirado por los suelos".

Ayer, en Efeso, había muchos de ellos, que lo único que se preguntaban era cuando les volvían a llevar a la seguridad del barco y el aire acondicionado. Al menos, mi hija daba respuestas lógicas al siempre complicado enigma de las ciudades abandonadas. 

Imagen de oLopez-Fonseca

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