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Crónicas Otomanas (IX): 'Colilla beach'

Retomo mis crónicas otomanas una vez de vuelta a España y con el sosiego que da sentarse a leer tranquilamente las notas de mi periplo turco. En ellas, como no podía ser de otra manera, hay recogidas cosas buenas, muy buenas, menos buenas y más de una mala. No hay viaje perfecto. Una de éstas últimas son las playas, un alto obligado cuando se viaja con niños y hace calor. Claro que lo que uno no se espera es ver convertido los arenales en auténticos ceniceros.

Todo tiene su explicación. Dicen las estadísticas que los turcos se encuentran entre los mayores consumidores de cigarrillos del mundo. Nada menos que 5.000 millones de cajetillas al año. Con aumentos del consumo que han llegado a ser en doce meses de hasta un 250% ¡Ahí es nada! Lo que no recogen estos sesudos estudios es qué hace la mayoría de estos cumpulsivos consumidores de tabaco con la colilla cuando acaban de fumar su cigarrillo. Una cosa muy sencilla: la dejan caer al suelo. Y si están en la playa, también.

Lo malo es que los arenales turcos, a pesar de que son uno de sus atractivos turísticos para un buen número de turistas de latitudes más frescas que se dejan caer por el país, no están tampoco excesivamente bien cuidados por las autoridades. Nunca vi a ningún servicio de limpieza recogiendo los restos. Y, ni mucho menos, esas máquinas que en muchas playas españolas rastrillan las playas bien temprano para que cuando lleguen los primeros bañistas se lo encuentren todo más o menos limpio. Por no haber, no había casi ni papeleras.

Resultado: pisases donde pisases, debajo había una colilla... en el mejor de los casos. Lo malo es que en muchas ocasiones ver la playa sucia produce un efecto 'imitación', y muchos turistas se ven liberados de sus obligaciones cívicas y creen que 'ancha es Castilla' y aún más las playas turcas.

¿Significa esto que no hay manera de darse un baño en condiciones en la costa del Egeo turca? No, ni mucho menos, pero hay que buscar y buscar en las playas hasta encontrar la fetén. Yo lo hice durante varios días, después de que mis primeras incursiones acabaran siempre en arenales que 'publicitaban' la pasión por los cigarrillos de los turcos. Finalmente encontré un lugar maravilloso, limpiso 'casi' completamente de restos y, además, sin mucha gente. Eso sí, había chiringuito y sombrillas de alquilar... aunque reconozco que esto último lo agradecí por cómo 'zurraba' el sol.

Esa maravillosa playa estaba situada en el Dilek Yarmadasi Milli Park, un parque natural al sur de la turística Kusadasi. Entrar con un coche cuesta 10 liras turcas (unos 5 euros) por vehículo y permite visitar una reserva natural en la que no es raro encontrar jabalíes. Además, hay cuatro playas. La más cercana a la puerta de entrada se llama Içmeler y es de arena. Para mi gusto, demasiado llena de 'domingueros' con tartera. La segunda, Aydinlik Koyu, está más vacía y es de guijarros. La siguiente es Kavakli Burun, también de guijarros y con menos gente aún que la anterior.

Y, finalmente, Karasu, la última, situada justo donde el camino asfaltado termina y dos militares impiden el paso más allá. Sus 700 metros de cantos rodados son un auténtico paraíso. El Egeo, siempre a una temperatura perfecta, es aquí transparente como en pocos lugares lo había visto. Los peces cruzan entre tus piernas mientras te bañas. Y, además, nunca hay demasiada gente ni colillas. Bueno, alguna sí. ¿Defectos? Para mi hija pequeña uno muy importante: no había arena para levantar castillos. Al final la convencí para levantar una empalizada con las piedras. ¿Quién ha dicho que el paraíso deba ser perfecto?

Imagen de oLopez-Fonseca

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