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Crónicas Otomanas (II): Topkapi, Goytisolo y un servidor

Sé que lo que voy a decir ahora obligará a más de uno a llevarse las manos a la cabeza. Otros, sencillamente, discreparán... y con razón. E, incluso, habrá muchos que me critiquen con dureza. Supongo que sólo unos pocos me darán la razón o mostrarán cierto asentimiento con mis palabras. Pese a ello, lo voy a decir y escribir: a mí, el Palacio de Topkapi me deja frío. Sí, lo han leído bien. Ese monumento de Estambul que cada día atrae a centenares de viajeros a mi me dice más bien poco. Y no será porque no lo he intentado, porque es la segunda vez que lo visito.

Este miércoles 12 de agosto de 2010 volví a sumergirme en sus patios y estancias, después de pagar las 20 liras turcas (unos 10 euros) de rigor. La vez anterior que lo visité, hace ya quince años, ya me provocó cierta indiferencia. Y eso que entonces aún vagaban por mi imaginación esas imágenes de odaliscas sugerentes, intrigas palaciegas repletas de turbantes y jenízaros despiadados que la literatura habia creado desde mi juventud. En esta ocasión me sentí en la obligación de mostrárselo a mis hijas, que era la primera vez que se dejaban caer por la capital turca. La verdad es que, tras pasar varias horas recorriendo patios y estancias 'alicatadas' hasta el techo, la cara que ponían ambas era de "papá, ¿cuándo nos vamos?". Menos mal que como tienen menos de 12 años no habían pagado...

Y eso que en esta ocación ya había puesto los pies en el suelo sobre el palacio y su historia gracias a Juan Goytisolo y su 'Estambul Otomano' (Altair Viajes. Barcelona 2003), un compañero de viaje que recomiendo encarecidamente a todos los que se acerquen por esta maravilla de ciudad. Goytisolo insiste una y otra vez en su libro que durante siglos la visión que de los otomanos y sus ciudades se tuvo en el mal llamado Occidente estaba sustentado en el relato de autores que escribían de oídas o, peor aún, de lo que habían escritos otros mucho antes también de oídas. Por ello, durante tanto tiempo la visión que se tuvo de este pueblo y su poder estuvo distorsionado, muy distorsionado.

Hoy, en menor escala, ocurre algo parecido. La mayoría de los periodistas de viajes, por no decir todos, habla maravillas en sus reportajes del palacio. ¡Cómo no hacerlo! Y, además, lo hacen sin mostrar un atisbo de crítica. Consecuencia: me temo que muchos viajeros que hayan leído algunos se sienten defraudados con esta sucesión de patios y estancias más o menos suntuosas que van apareciendo en un caótico paseo por el conjunto. Es cierto que las joyas y tesoros pueden impresionar más o menos. Que el harem (aunque haya que pagar un plus de 15 euros) puede llegar a sugerir en parte el esplendor pasado de los sultanes y sus múltiples mujeres. Y que, incluso, las reliquias de Mahoma que se encuentran en sus salas (aunque sólo veamos las cajas que las contienen) provoquen cierta admiración cuasireligiosa. Pero de ahí a hablar de Topkapi como he leído en algunos textos me parece que dista, si no un abismo, si un importante precipicio.

Reconozco que tal vez todo sea culpa mía por ir a visitar primero Santa Sofía o la Mezquita Azul. Después de ambos edificios, Topkapi es más una sucesión de anécdotas históricas y lujo sobre lujo, salpicados de colas al sol que un monumento comparable a ambos templos. Ya dije que esto iba a obligar a más de uno a llevarse las manos a la cabeza. Que otros discreparían. _Y que habría quien me criticaría con dureza. Supongo que hasta Goytisolo. Pero lo digo: a mí, el palacio me deja frío. A mis hijas, también. Menos mal que luego las llevé a comer 'koftë'. Así logré que se reconciliaron conmigo y con su madre.

Imagen de oLopez-Fonseca

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