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Trochita boleto para un lugar en el mundo

La trochita 

  El 16 de febrero de 1999, el Poder Ejecutivo Nacional declaró a la Trochita monumento histórico nacional…Por otro lado el ramal, las locomotoras, rieles, vagones y estaciones constituyen un importante testimonio como obra de ingeniería realizada por las provincias de Chubut y Río Negro”.

Así comienza un artículo a doble página de un periódico de la provincia de Chubut en la patagonia Argentina.La asociación Amigos de la trochita ganaba una batalla contra el olvido y el abandono de uno de los trenes a vapor, de vía estrecha, con más encanto del mundo. 

 

Boleto al pasado

 

Omar es el nombre del maquinista que me invita a subir con él en su locomotora. “La trochita” es el apodo con el que bautizaron los lugareños a este trencito, cuyos rieles distan 75 cm. De trocha angosta, trocha económica, vía estrecha…de ahí derivó su apodo final, trochita.El escritor y viajero Paul Theroux prefirió denominarla viejo expreso patagónico, pero de expreso tiene poco o nada. Este medio de locomoción, que apenas supera los 20 km. por hora, tarda hora y media en recorrer los 20 km. que separan Esquel, donde se encuentra una de las estaciones de origen, de Nahuel Pan, su parada de aprovisionamiento y punto final del recorrido turístico. (Si no se quiere ir hasta El Maitén que ya es arena de otro costal).

 

Esquel, en la precordillera andina, significa en mapuche, lugar de cardos. Vastas llanuras de cardos pueblan estos parajes agrestes.Las vías cruzan dos veces la carretera y en dos ocasiones, nuestro maquinista, Omar, hace sonar el silbato para avisar de su paso. ¿Recuerdan la escena de la película “Un lugar en el mundo” cuando el niño Gastón Batyi— Ernesto, en el filme—le hace un corte de mangas al maquinista a su paso por un cruce? Pues algo de lucha por unos principios tiene ese viaje entre rieles de la Patagonia.Una de las intersecciones es con la ruta 40, en su tramo hacia Tecka, territorio donde el cacique Inacayal, un aborigen tehuelche, fue traicionado, arrestado en 1884 y expuesto como mono de zoológico en la cuidad de la Plata. El hombre murió de pena, despojado de sus tierras expropiadas por el hombre blanco, y muy lejos de ellas. Él y su gente fueron víctimas del que se ha denominado como el primer genocidio argentino.

 

En la locomotora, Omar, sosteniendo siempre paños de grasa batalla por mantener la temperatura necesaria de la caldera y me explica que ese es el recipiente donde se genera y acumula el vapor— después cambia de tema y añade: “el sueldo no es para tirar cohetes pero me apasiona mi trabajo. Es como acompañar a los pasajeros por un viaje al pasado”.En el pasado, el tren llegó a recorrer 402 km., que es la distancia que hay desde la localidad de Ingeniero Jacobacci, en la provincia de Río Negro, hasta Esquel, en la provincia de Chubut. Estas locomotoras de los años 20 funcionaron durante décadas como medio de transporte de mercancías y pasajeros, de los pueblos que se fueron creando, también, a lo largo de su recorrido. El tren, víctima de la modernidad, perdía protagonismo frente a los económicos costes del transporte por carretera. En el año 92, los saqueos y actos vandálicos, ofrecían escasas posibilidades de futuro a esta antigualla prácticamente olvidada; pero a finales de la década de los noventa, los políticos empezaron a tomar conciencia del valor patrimonial del tren, fruto de la presión social y de la prensa, tomaron cartas en el asunto.

 

Al otro lado del ventanal, el humo negro que desprende la chimenea y el traqueteo de los vagones trazando eses sobre un manto ocre sembrado de cardos o abrojos y diversas variedades de matojos, me cautivan. Recorro la trochita de punta a punta, desde la locomotora hasta el último compartimiento. Veo que se conservan los pequeños asientos tapizados en cuero; como la velocidad, en ciertos momentos, no supera el paso humano, me apoyo en los estribos de los viejos vagones de madera y con medio cuerpo fuera, fotografío el baile de parejas de cóndores que planean a lo lejos, alguna vaca difuminada entre el paisaje pintado para nosotros, rebaños de cientos de ovejas. Motivos aislados que despiertan de la apacible y hermosa monotonía que compartimos algo más de una docena de pasajeros.El resto de lo que alcanza la vista es la inmensidad de la estepa patagónica, la incertidumbre de la hoja en blanco preparada para ser escrita, “la nada es un lugar” de Paul Theroux.En el interior, los vagones están provistos de salamandras que caldearan las temperaturas del duro y ventoso invierno. Huele a leña y las paredes de madera crujen; parece que vayamos a descarrilar en un descuido. En el vagón que fuera la enfermería, todavía se pueden observar las puertas laterales por donde sacaban las camillas con los enfermos que trasladaban de un pueblo a otro. Ahora, reconvertido en bar, ofrece tartas caseras y refrescos.Nuestro viaje dura unas 3 horas que incluyen una parada en Nahuel Pan (Tigre Puma) para repostar y visitar el Museo de culturas originarias patagónicas.

Regresamos dejando atrás el macizo del Nahuel Pan, el más alto de la zona. Los pasajeros me cuentan entre sorbo y sorbo de mate amargo sobre estas tierras que vieron pasar al forajido ladrón de bancos más buscado de EEUU: Butch Cassidy que habitó y construyó su cabaña en una localidad cercana llamada Cholita. Comentan anécdotas de cómo se engrasaba con jabón la maquinaria de la locomotora; por que cuando el aceite o grasa se terminaba, la solución era el posible jabón de los pasajeros; eso si: paraban el tren, realizaban las averiguaciones pertinentes y continuaban la marcha. Eran los años 50.

Es inevitable trasladarse a un imaginario pasado cuando viajas en la trochita; pero también ahora, cómodamente sentada frente al ordenador, rememoro mi trayecto y ansío volver atrás y subir los estribos de la vieja locomotora, perderme en aquel horizonte inabarcable, mientras un Omar de serena sonrisa, coronada por una gorra que cubre sus pobladas cejas, me invita a hacer sonar un silbato en medio del fascinante paisaje del espíritu del sur.¡Todos a bordo!

Imagen de mSalvador

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