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Pequeña historia de unos cestos

-¡Qué bonitos estos cestos! ¿De dónde son?
-¿De verdad quieres saberlo? Espero que tengas tiempo porque es una larga historia...

El día que decidimos traer una colección de cestería senegalesa pensamos que no sería muy complicado, total ir, encargarlos, traerlos. Ya ves. Además allí deben ser baratos. 

Saco el billete de avión y en marcha. Llamo a Babacar, mi amigo serer, y le pido que me acompañe a Thiès. Yo sé que por allí hay cesteras, las he visto en anteriores viajes, con sus mercancías desparramadas a lado y lado de la carretera. Él, amable como siempre, dice que me acompañará y hablaremos con ellas. Será fácil.

Una semana más tarde, aterrizo en Dakar a las tantas de la noche. Un taxi destartalado me deja en el hotel, bastante destartalado también, donde me dispongo a pasar lo que queda de noche. Qué feliz me siento en África, cómo huele a trópico...

Por la mañana, a las nueve en punto, Babacar me espera en la Puerta del hotel y nos ponemos en marcha. 
- Venga, vamos a Thiès, hablamos con la mayorcita y al mediodía a Saly, a comernos un pescado a la brasa frente al mar.
-¿La mayorcita? 
- Sí, es una señora que yo conozco que vende cestos y que ya nos espera. 
- Fantástico. En marcha.

Después de un par de horas de atasco, amenizado por vendedores ambulantes de casi todo, logramos salir de Dakar y enfilar la carretera hacia nuestro destino. Hacia las once y media empiezo a ver cestos aquí y allá. Thiès por fin!

Bueno, pues vamos a hablar con la mayorcita. En realidad, quien habla es Babacar, pues mi nivel de wolof  no va más allá de “nanga def” y poco más. Él le muestra mis dibujos, con cestos de diferentes tamaños y colores coordinados, muy al gusto de aquí. La mayorcita los mira con poco interés, mientras se rebaña los dientes con un palito a la manera africana. Nadie tiene prisa. En realidad, yo tampoco.



Después de media hora de conversación, llego a entender lo que pasa. Por lo visto, ella vende los cestos que tiene, los que están a la vista. Si lo que yo quiero es una colección propia tendremos que ir al pueblo donde viven las cesteras y hablar con ellas. Bien, vamos.



-¿Está lejos?
-No, no mucho.
Esta es la máxima concreción que consigo.

Después de ochenta kilómetros por carretera, el coche nos deja en un pequeño pueblo de casas de hormigón. Allí bajamos Babacar, la mayorcita y yo.
-¿Es aquí?
-No, aquí se acaba la carretera. El coche no puede seguir. Tomaremos un taxi.
Claro, pienso, debe ser necesario un coche con tracción 4x4 para llevarnos por la pista de arena hasta el pueblo. Pues, en realidad, no exactamente. El taxi en cuestión es más antiguo que la mayorcita, sin rastro de pintura en la chapa, el vidrio delantero estrellado y ninguno de los accesorios habituales: eleva vidrios, manecillas, retrovisores… Cada puerta la aguanta el pasajero correspondiente. Pero bueno, el trasto anda y supera bien la pista de arena.



Por fin llegamos. Media hora de nada.

El pueblo es muy típico, con un grupo de casas formando un círculo que deja en el centro una zona común donde las mujeres comparten tareas y los niños juegan.

Hasta que llega la mujer rara, o sea yo. En ese momento se para la actividad y la población se acerca a celebrar el acontecimiento del día.

La mayorcita, que se mueve como pez en el agua, pronto convoca a un grupo de mujeres para explicarles que tienen un pedido. Nos sentamos en fila, de manera que yo hablo a Babacar, él a la mayorcita, ésta a la mujer a su derecha y así sucesivamente, hasta un total de cinco o seis mujeres, que son las que van a ocuparse del trabajo. Las explicaciones fluyen en ambas direcciones a una velocidad lenta. Pienso en aquel matiz que debe estar perdiéndose en cada uno de los eslabones de la cadena y me pregunto qué versión le debe estar llegando a la última.

Mis dibujos contienen medidas, cantidades, pero ellas señalan objetos como sillas, botijos o calabazas para hacerse una idea de los tamaños. 



La discusión sobre el precio lleva también su tiempo. Intentan explicarme por qué unos son más caros que otros. A veces un tamaño menor hace más difícil el trenzado y eso encarece el producto. Lógico. A ver si también lo entienden los futuros clientes...



Cuando creo que la cosa está bastante avanzada, veo que alguna de ellas se levanta. ¿Qué pasa? Pues nada, que tienen la olla al fuego. En fin, no hay prisa. ¿Habrá por aquí un lavabo?

A eso de las cuatro de la tarde, cerramos el trato y acordamos una paga y señal. Para eso, hay que ir a un cuarto oscuro. Se ve que no es adecuado manejar dinero a plena luz del sol. Un apretón de manos formaliza el contrato.



Ahora tenemos que deshacer el camino: en el taxi último modelo hasta el pueblo y de allí a Thiès en el coche, donde nos despedimos de la mayorcita, que nos promete supervisar los trabajos. Un tentempié y a Saly! El pescado a la brasa será a la luz de la luna, pero igualmente frente al mar y con música de djembe.

Tres meses más tarde, los cestos han llegado a Barcelona y son fantásticos! Alguien lo dudaba?


Mama Benz
www.mamabenzshop.com

 
Imagen de miviaje

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