Marco Polo y Rusticelo de Pisa

El marketing lo es todo. Y en materia de viajes, más que todo. Cuando el rey portugués Juan Segundo le cambió el nombre al intimidante Cabo de las Tormentas y lo rebautizó como Cabo de Buena Esperanza, creyó dar con la piedra filosofal que necesitaban las agencias de viaje del mundo entero. Pero en realidad, el marketing viajero ya estaba inventado desde mucho antes. El libro de las maravillas de Marco Polo dio carta de naturaleza a la mercadotecnia y se convirtió en un fenómeno editorial de la época a pesar de que el veneciano jamás escribió una coma.



Marco Polo tuvo la suerte de conocer a un reportero. Al igual que Magallanes y Elcano, quienes también gozaron de la fortuna de tener cerca a un puntilloso notario que diera fe de la singladura de la Nao Victoria. Gracias al detallado diario de Pigafetta, podemos saber hoy qué pasó en la primera circunnavegación del planeta. A él le debemos también la primera constancia notarial de que se puede robar o perder un día al tiempo. Llegados el 9 de julio a Cabo Verde, en la costa occidental de África, preguntaron a los portugueses qué día era. “Jueves”, respondieron, para gran sorpresa de Pigafetta, cuyo diario señalaba miércoles. El viaje hacia occidente les había hurtado un día entero de su vida.

Nunca seremos del todo conscientes de la deuda que tenemos con quienes se esfuerzan por contar lo que sucede, por los narradores, por todos aquellos que mal o bien dejan un rastro que seguir. No basta con viajar, hay que contarlo. Y Marco Polo, el más grande explorador de todos los tiempos es asimismo el mejor ejemplo de la importancia de la crónica. El veneciano errante fue viajero, pero no escritor. Jamás escribió nada. El rastro podía haberse perdido. Su éxito universal es también el de haber topado con un cronista talentoso en busca de una historia. Y él tenía una muy buena. 

Su padre y su tío, Nicolás y Mateo, mercaderes venecianos, habían viajado a China mientras el niño Marco aprendía el oficio comercial; a su regreso en 1269 se lo llevaron con ellos. Marco pasó más de dos décadas recorriendo Asia. Volvió en 1295 y pronto fue encarcelado por los genoveses tras participar en las filas venecianas en la batalla de Curzola, isla Dálmata en la actual Croacia donde la tradición afirma que nació el ilustre explorador. Fue durante su forzoso encierro en 1298 cuando narró sus aventuras a su compañero de celda, el escritor Rusticiano de Pisa. Fue éste, y no Marco, quien escribió el Libro del Millón  o Libro de las Maravillas. 



El texto se convirtió en un fenómeno social a pesar de ser anterior a la imprenta, se tradujo a varias lenguas y Marco Polo se hizo en vida un viajero mundialmente famoso mientras Rusticiano quedaba en un lejano plano, reservado su conocimiento a los eruditos y a los bibliógrafos. Marco Polo vivió ya como un mito. El mismísimo Cristóbal Colón poseía una copia del libro y comparaba lo que veía en América con lo que leía en las páginas para certificar que estaba en lo cierto, que efectivamente había llegado a las Indias Orientales. Murió en el error después de tres viajes al Nuevo Mundo que él se negaba a considerar nuevo. 

Pero como no podía ser de otro modo, Marco Polo, al ser famoso fue también en un personaje controvertido. No pocos cuestionaron la veracidad del relato. Su propia familia le rogó en el lecho de muerte que hiciera apostasía de sus fabulaciones. El se negó rotundamente y contestó que solo había contado la mitad de lo que había visto. Tal vez tuviera miedo de narrar la totalidad de un relato tan maravilloso y extraordinario por temor  la Inquisición o a ser tomado por loco o mentiroso. 


 

Imagen de mSilvestre

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