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Isla de Bohol: Iglesias, gremlins y Colinas de Chocolate

Dudú tiene 9 hijos pero sólo los dos mayores podrán ir a la universidad. “En Filipinas no hay créditos”, me dice, y luego se ríe como contestación a mi absurda sugerencia de buscar financiación. “…y menos a una familia humilde”. Cuando he llegado al parking del hotel ya me estaba esperando, y nada más entrar en el coche hemos iniciado la habitual ronda de preguntas de presentación. Mi guía en la visita a la isla de Bohol es un filipino típico de mediana edad: cabeza ligeramente cuadrada, nariz chata y una pequeña barriga inminente, con esa sonrisa afable que proyecta la imagen divertida y animosa de los nativos de este país. Una de esas caras que parece que ya has visto antes aunque estés seguro de que no es así. Dejamos Alona Beach, en Panglao, y cruzamos el puente para entrar en Bohol e iniciar el tour por una isla que tiene lo suficiente como para que valga la pena la visita: iglesias, colinas de chocolate y un pequeño primate que nunca decepciona.


La primera parada es la gran estrella del tour y también la más lejana, así que tras una hora de agradables carreteras semivacías entre palmeras, campos de arroz y casas oscuras de madera despintada, al llegar al observatorio me tomo mi tiempo para contemplar las famosas Colinas de Chocolate. Sobre alguna de ellas hemos estado circulando. Chocolate Hills, el nombre local, no son de color chocolate sino claramente verdes, de un verde claro apagado y discreto, como la moqueta de una habitación inglesa. Parece ser que son chocolate en la estación seca, aunque no me sorprendería que no fuese así desde hace mucho. Si se llamasen “Green Hills” no tendrían tanto gancho. Desde lo alto del observatorio tienes la sensación de estar en un campo de golf gigantesco, con una sucesión de montículos perfectamente redondeados en el horizonte que realmente te podrían estropear el golpe. Apenas hay turistas occidentales, sólo discretos grupos de coreanos y joviales grupos de filipinos que contrastan vivamente con sus vecinos del norte. Chocolate Hills aparece en cualquier folleto turístico filipino, y a los filipinos les encanta. La verdad es que es un bonito paisaje, de esos que basta con ver una vez.


De vuelta a la carretera las casas combinan madera y cemento de esa forma tan típicamente asiática, una pared de un material y otra de otro, que da la sensación de que cuando quedaba poco presupuesto se acudió a materiales un poco más baratos para acabarla. Me fijo en algunas un poco más antiguas que tienen barandas de madera pegadas a la pared debajo de las ventanas, una imagen de adorno que me remite a algún lugar de España aunque no sé decir dónde. Lo mismo pasa con algunos gestos y algunas conversaciones, en algún lugar de Filipinas hay un nexo de unión con España enterrado tras un siglo en el tiempo. Más cercanas, aunque no dejan de resultar enormemente extrañas en Asia, son las capillas y figuras de la Virgen que surgen en algunas cuevas naturales en los contornos rocosos de la carretera. El manto blanco y el vestido azul, el rostro apenado entre flores y velas de colores. Una imagen cándida que te devuelve a la niñez.


El siguiente paso en el programa turístico —voy coincidiendo con las mismas caras— es una granja de mariposas. A pesar del entusiasmo del guía de las instalaciones, lo cierto es que no me parece suficiente como para incluirlo en un tour. Nada en especial si no es la terrible dificultad de captarlas en vuelo al hacer fotografías. A eso me dedico una vez me doy cuenta de que las mariposas no son especialmente llamativas. Sin mucho éxito.


Tras las mariposas paramos un momento en un “bosque de bambú”, un tramo de carretera entre árboles que está muy lejos de parecerse, en belleza, en misterio, al famoso de Kyoto. Una parada obligada antes de llegar a otra de las sensaciones de Bohol: los tarsiers. Los tarsiers son los primates más pequeños del mundo animal, un dato que no bastaría por sí solo para dedicarles mucho tiempo, pero es su aspecto lo que resulta indudablemente curioso: una cara ovalada que recuerda a los Gremlins y al pequeño Jedi a la vez, y unos enormes ojos que les atrofian el rostro. El tarsier es un animal nocturno, de ahí esos gigantescos ojos para su tamaño —si exceptuamos la cola no deben medir más de 30 cm—, unos ojos que trasladados a las proporciones humanas son 50 veces mayores que los nuestros. Pero al ser animales de actividad nocturna de día duermen, así que apenas puedes ver los párpados y las finas manos que acaban en pequeños bulbos agarrados con temor a las ramas. Es una imagen de desamparo, uno de esos animales que no te explicas cómo puede haber sobrevivido.


Continuamos de vuelta a Panglao y paramos para comer en Loboc, un pueblo atravesado por el río. Estoy cansado de programa así que le digo a Dudu que me niego a embarcarme en una de las barcazas buffet que recorren el río y le recuerdo que quería ver iglesias. Bohol fue uno de los primeros lugares donde llegaron los misioneros españoles y quiero ver algunas de esas iglesias de piedra y cantos rodados hechos con coral que hemos pasado en el trayecto por carretera. Y en Loboc hay una, así que aprovecho para comer en un restaurante local, junto a los habitantes de Loboc, y luego visitarla. Escojo sardinas y sopa de búfalo, dos platos que hacía mucho tiempo que no probaba, y la dueña me obsequia colocando una sopa de pescado adicional sobre el hule rosa que cubre la mesa. Hace calor y los ventiladores que cuelgan del techo no ofrecen mucho alivio pero no importa demasiado, la sopa es excelente y el local típicamente filipino: mesas de madera vieja, bolsas de chicharrones colgando del techo, un poster amarillo de Jesucristo en la pared y una gigantesca pecera con peces de colores entorpeciendo el paso central (el elemento kitsch). “Dos Hermanas” es el nombre que cuelga en el cartel de la entrada. Un nombre acogedor.


Cuando me acerco a la iglesia de Loboc descubro que la iglesia tiene un museo. Una chica atiende en el mostrador y avisa a un tipo tímido y flaco que me acompaña en el recorrido por la iglesia. En realidad lo que es hoy la iglesia fue antiguamente un monasterio, las paredes laterales se extienden en la estructura para acoger las habitaciones. A cada cuarto suena la campana, otra vez un elemento extraño en Asia, un lugar donde las campanas no suenan de la misma manera que en Europa ni están relacionadas con el tiempo. En el interior de la iglesia me doy cuenta de que, lamentablemente, todo está a punto de caerse. La madera original resiste, medio podrida, pero tantas habitaciones y habitáculos por renovar son demasiadas reformas para un pequeño pueblo de Filipinas. Tras la gran sala de recepciones, la mejor conservada, con un polvoriento gramófono en un costado y una bonita maqueta del convento original que casi se mantiene por entero en pie, pasamos a un cuarto donde se guardan, encerrados en urnas de cristal, los trajes y las figuras de las procesiones de Semana Santa: la Virgen de Guadalupe, Santa Caterina y María Magdalena —“la prostituta”, según aclara en el letrero. Rostros delgados y tristes, que transmiten una profunda religiosidad. Junto a ellas, como en un almacén de trastos, una figura de Cristo en pié arrastrando la cruz rodeado de cruces doradas apoyadas contra la pared y montones de reliquias apelotonadas en los rincones. En la habitación contigua, vacía, el sonido de los murciélagos que habitan en los huecos de los altos techos de madera, ofrecen un final de conjunto lastimoso y bello, incluso para un no católico. La iglesia en sí no ofrece demasiado, toscas pinturas en el techo y un modesto altar, pero en un piso inferior nuevamente se acumulan los instrumentos musicales de la banda del pueblo, otra vez un elemento cercano. Viejos clarinetes rotos y un gran tambor oxidado junto a los carteles de la “Misa del Gallo”, con las fotos en blanco y negro de los miembros. A la salida pienso que posiblemente esta sea la iglesia más bonita de Bohol pero sólo hay un pequeño letrero en una esquina, modesto como un antiguo fraile frente a los coloridos anuncios que recuerdan las delicias de las repletas barcazas-buffet que circulan por el río.

De nuevo en el coche, Dudú me ofrece pitones, lanzarme en una cuerda y un puente sobre el río pero prefiero seguir viendo iglesias. Así que paramos en una en un pequeño pueblo y luego nos dirigimos a la Iglesia de Bacobylan, la más antigua y mejor conservada de Bohol. También tiene un museo sobre su historia, pero eso no me interesa demasiado así que simplemente doy un paseo por su interior. Junto al altar, las grandes cristaleras de colores brillan imponentes con la luz oblicua de media tarde, iluminando así el altar y los cuidados retablos que decoran los laterales con estatuas de ángeles en lo alto. Tras tres iglesias ya no agobio más a Dudú y volvemos de camino a Panglao.
 

A pesar de la excesiva oferta turística la visita es interesante, Bohol es una bonita isla que no requiere demasiado tiempo para recorrerla, las carreteras son buenas y agradables, los pueblos tranquilos y acogedores. Aquí no se respira el exceso de tráfico y ruido de otras partes de Filipinas. Un día provechoso dedicado a iglesias, gremlins y colinas de chocolate.
 

Eduardo Rodríguez

www.vaiven.org

Imagen de miviaje

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