Intramuros (Manila): Las ruinas del pasado español

Una hilera de cañones oxidados sobresale por encima del recinto amurallado de Intramuros. Algunos apuntan hacia Manila, que aparece irregular e interminable, difuminada por el smog y la bruma de la bahía y asomándose por encima de las almenas recubiertas de musgo de Fort Santiago. En el lado norte de la fortificación, el baluarte de Santa Bárbara se eleva por encima del río Pasig, que fluye espeso y cargado de barcazas y manglares. En la otra orilla, el sonido de las bocinas de los jeepneys ahoga el ruido de los niños que corretean descalzos entre los puestos de comida y las cabañas de madera podrida de uno de los peores barrios de la ciudad. Manila es caótica y delirante, a veces surrealista en sus contrastes, pero también cercana y humana, incluso demasiado humana. Desde las murallas de Intramuros, que protegen la antigua ciudad administrativa y colonial fundada por Legazpi, uno parece alejarse de todo ello y trasladarse por unos instantes a otra época en el tiempo. Una época de calabozos y baluartes, de calesas y de guardias filipinos de uniforme azulado, tricornio y fusil al hombro que ahora pasean entre las ruinas ya únicamente como elemento turístico. Un entramado de calles paralelas de adoquines, plazas cuadradas y suntuosos edificios e iglesias barrocas castigadas por el tiempo, la dejadez y las bombas norteamericanas que destruyeron la ciudad a finales de la II Guerra Mundial. Intramuros es una pequeña ciudad colonial dentro de la gran megalópolis que es Manila, restos de la única ciudad auténticamente “europea” que sobrevive en Asia. Sólo por eso merece una visita, el último legado de un pasado que apenas sobrevive entre las ruinas.


El distrito amurallado de Intramuros es la ciudad original de Manila que fundó Legazpi en 1571. Las murallas de piedra, revestidas con baluartes defensivos que hoy todavía siguen en pie, separaron en un principio los edificios gubernativos, iglesias, monasterios, escuelas y hospitales de los asentamientos musulmanes que la rodeaban. Entre sus murallas vivieron los primeros administradores de la ciudad, mientras la población nativa se instaló en los vecinos barrios de Paco y Binondo. Durante el periodo de expansión comercial y rápido crecimiento que vivió la ciudad, desde finales del s.XVI, Manila se transformó en una metrópoli de 40.000 habitantes y en el centro del comercio entre China, el sudeste asiático y México. Las residencias se embellecieron y se construyeron nuevos conventos e iglesias. Se construyó el fuerte de Santiago, hoy Fort Santiago, y la antigua Catedral de Manila, la más antigua de Filipinas en su momento. Sin embargo, la que figura hoy junto a la Plaza Roma, pese a su aspecto ajado, es sólo una reconstrucción que data de 1951. Un letrero descolorido junto a los pórticos tallados de la entrada recuerda todavía la visita del Papa Juan Pablo II en 1995 y en el interior, las capillas ofrecen triviales vidrieras de colores y esculturas con placas donde el nombre de los santos y las vírgenes figuran en inglés, un idioma que resulta un tanto ajeno  en una catedral de estilo hispanomexicano. En un lateral hay una mujer arrodillada que reza con la cabeza gacha junto a un gran Cristo crucificado y a la salida, sólo entre unos pocos turistas, es inevitable quedarse atrapado entre las mujeres que ofrecen rosarios y estampas de los santos. Con unos pesos es suficiente.


Pasear por Intramuros quizás resulta algo nostálgico. Reconoces los balcones y las balaustradas, las grandes piedras y los portones de madera y reconoces el olvido, un interés arquitectónico que parece únicamente turístico. Poco se conserva que no sea para este fin, y la sorprendente idea de instalar un club de golf junto a las murallas —no es broma, atraviesas la puerta de un calabozo y te encuentras con una hilera de tipos preparándose a golpear hacia el green— es un colofón surrealista. La Casa Manila es otro ejemplo, menos llamativo. Un edificio colonial cuidadosamente restaurado para acoger una réplica del interior de una mansión colonial pero que peca de un mobiliario exagerado y excesivo, que resulta demasiado ostentoso pese a su indudable valor. Mucho más agradables son los patios con jardines y pozos de piedra que envuelven el Hotel Intramuros, un coqueto y precioso hotel de habitaciones con balcón y persianas de madera en una antigua residencia española cuyo precio oscila entre los 35 y los 45€. Un pequeño lujo.


“Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
Amigos de la infancia en el perdido hogar,
Dad gracias que descanso del fatigoso día;
Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría,
Adiós, queridos seres, morir es descansar.”

(Mi último adiós, José Rizal)

José Rizal, escribió estas líneas desde su celda en Fort Santiago. Forman parte de un poema, sin título ni destinatario y escrito en español, que el médico, escritor y héroe nacional filipino escribió la víspera de su ejecución, el 30 de diciembre de 1896. Al día siguiente sería fusilado por soldados españoles en lo que es hoy el Parque José Rizal de Manila, falsamente acusado de sedición por las órdenes religiosas de dominicos y franciscanos. Al poema, encontrado entre sus pertenencias, un amigo suyo le dio el nombre de Mi último adiós antes de publicarlo en la prensa y pasar a formar parte, como el propio Rizal, del legado patriótico y nacional de Filipinas. Fort Santiago es, sobre todo, un museo en su honor. Apenas hay, en todo el recinto, mención alguna que haga referencia a  hechos anteriores al s.XX. Los turistas se agolpan en el Jose Rizal Shrine, un espacio en torno a la celda que habitó y donde se muestran cuadros, ropa y escritos de Rizal. El famoso poema se extiende sobre el suelo de una gran habitación traducido al inglés mientras la versión en español cuelga de una pared junto a otras traducciones al ruso, al alemán o al japonés. Incluso en la web www.joserizal.com patrocinada por la Universidad José Rizal de Manila y dedicada a su vida y obra, el poema figura sólo en inglés y tagalo, una circunstancia bastante reveladora de cuál es la situación de la herencia española en Filipinas. Una situación que requiere de la historia para comprenderla mejor.


La historiadora María Dolores Elizalde ha escrito varios libros sobre el periodo colonial español en Filipinas que resultan muy ilustrativos para conseguir entender ese desapego, la distancia que hay hoy entre Filipinas y España en comparación con otras ex colonias. La primera circunstancia que debe tenerse en cuenta es que el sistema de organización colonial que se desarrolló en Filipinas fue muy diferente al establecido en América. La situación de Filipinas, aislada entre potencias enemigas y sin productos atractivos (especias) para el comercio internacional, no permitía afrontar el gasto que suponía una fuerte presencia española en la colonia. Por ello, la administración española decidió tener una presencia mínima, compuesta por militares, funcionarios y religiosos pero sin colonos. Como forma de organización económica se estableció el llamado sistema de encomiendas, que consistía en ceder parcelas de tierra a unos pocos dueños españoles y religiosos a cambio de los impuestos personales que pagaban los residentes locales, obligados a trabajar pero teóricamente libres. Esos dueños cedieron a su vez la gestión a los dirigentes locales, que mantuvieron así el poder al mismo tiempo que evitaban los conflictos con la población local. El resultado es que la política local permaneció en manos de los tradicionales mandatarios filipinos que conservaron el poder político y judicial, y un gran poder económico al gestionar el reparto de tierras, cosechas y trabajos. No se extendió el español porque no era necesario y muchos territorios, Mindanao, por ejemplo, permanecieron casi ajenos a la colonización.
 
Las órdenes religiosas, por otro lado, se convirtieron en protagonistas principales de la colonización, de ahí el mantenimiento de la religión y su relevancia en la Filipinas actual. Fueron el único elemento colonial que se extendió por todas las islas, y, en vez de predicar en español, se vieron obligadas a aprender las lenguas locales para su misión evangelizadora —el conocimiento del español en las escuelas sólo sería obligatorio en un breve periodo del s.XIX. Al mismo tiempo, se transformaron en los interlocutores entre la Administración española y la población indígena, obteniendo así un status muy respetado. Fueron los responsables de la construcción de escuelas y hospitales, de denunciar abusos de los colonos y de oponerse al tradicional sistema de esclavos que existía hasta entonces en Filipinas. El resultado de una mínima presencia colonial, representada en su mayoría por religiosos, condujo a un sistema que separaba a filipinos de españoles y que se mantuvo con relativo éxito hasta finales del s.XIX con el auge de movimientos nacionalistas, la intervención de Estados Unidos y la guerra con España. El propio Rizal nunca pidió la independencia de Filipinas sino la equiparación de las condiciones con las otras provincias españolas y el fin de los abusos de la administración española. Es un héroe nacional pero no fue un nacionalista en el sentido actual. Sin embargo, el uso de su muerte y su figura por los políticos del pasado siglo explica parte de ese rechazo a todo lo español. No tanto el abrazo a lo norteamericano, que tiene que ver más con circunstancias económicas.

Una de las preguntas que uno se hace recorriendo las celdas de barrotes oxidados y las murallas recubiertas de musgo de Fort Santiago, tan similares a otras del mundo latinoamericano, pienso en Cartagena de Indias, por ejemplo, es ¿por qué ya no queda nada de ese pasado más allá de los nombres de las calles y un puñado de iglesias? Pero no es tanto así. Escarbando un poco en la realidad social filipina, que es evidentemente anglófila, no sólo por el idioma —de enseñanza obligatoria— sino también por el propio diseño de las ciudades —planas e interminables, con exclusivos “villages” protegidos por guardas de seguridad rodeados de cabañas y chozas que proliferan como guettos—, algo sí se puede encontrar. No queda el idioma, que nunca fue realmente hablado, pero sí queda un fuerte sentimiento católico que se expresa en las procesiones de Semana Santa y las festividades religiosas, celebraciones que incluyen también elementos locales. También quedan las fiestas de barrio, un elemento único en Asia, donde los filipinos abren sus casas a los vecinos, incluso a forasteros, y festejan en comunidad. Y un carácter, alegre y tímido a la vez, marcadamente diferente del resto de pueblos de Asia.


Uno de los problemas que menciona el  profesor  de antropología filipino Nick Joaquín al respecto de su país es el de su identidad: la identidad de un filipino es preguntarse cuál es su identidad. En ese problema está también parte del origen del desdén hacia la época colonial. Incrustados en Asia, la cultura tradicional o la lengua de los filipinos, no tienen mucho que ver con las clásicas asiáticas, están más próximas a los pueblos de Oceanía que emigraron por todo el Pacífico. Tampoco hay pagodas ni bajorrelieves brahmánicos en Filipinas, muy pocas mezquitas. Y las iglesias barrocas, que si se conservan, son consideradas como un elemento ajeno. Su arquitectura y religión no despiertan el interés de los estudiosos y extrañan a los asiáticos. Muchos filipinos de clase media o alta —la inmensa mayoría de la población tiene otras preocupaciones más obvias— se sienten excluidos en Asia. También existe una tendencia “buen salvaje” a asumir que la pobreza y la desigualdad no existieron en Filipinas antes de los españoles, lo cual es cierto si no se tiene en cuenta a los esclavos, que eran la fuente del poder, y no la tierra, en las organizaciones pre coloniales. La situación económica de las ex colonias latinoamericanas en comparación con Hawaii o Guam, por ejemplo, incrementa ese prejuicio. Todo ello hace que los propios filipinos desprecien su patrimonio hispano. Les aleja de lo que se suele considerar como auténticamente asiático y es algo que les convirtió a sus propios ojos en una cultura “bastarda” y les perjudicó económicamente. Muy poca gente humilde en Filipinas es capaz de decirte algo sobre España, menos incluso que en Vietnam o en Camboya donde, aunque sea gracias al fútbol, España es mucho más conocida.

Así como Europa sí tiene una fuerte identidad histórica común pese a estar constituida por muchos países, en Asia esa identidad no existe. Muy poco tienen que ver Laos, India y Malasia, por ejemplo. Cualquier referencia a la “cultura asiática” es inmanejable. Filipinas, dentro de ese universo heterogéneo, es un país mestizo en costumbres de asiáticos y occidentales (españoles y americanos), un hecho singular que la diferencia. Pero mestizo es un término neutro que no existe en inglés, las acepciones inglesas llevan todas un carácter peyorativo. Y quizás eso no ayuda. El mestizaje puede ser una riqueza. Basta pensar en las influencias árabes, hispanoamericanas y latinas en España o en la mezcla de razas de Brasil. A nadie le parecen algo que se deba esconder. Ojalá que en un futuro la situación económica de Filipinas mejore y se pueda dedicar algo de esfuerzo a recuperar algunas de las ruinas de ese pasado.
 

Eduardo Rodríguez

www.vaiven.org

Imagen de miviaje

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