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En Sudáfrica robaron la fuerza que impulsaba nuestras almas

Llevábamos ya tres semanas de viaje. Habíamos recorrido de costa a costa Sudáfrica. Desde Cape Town y las frías aguas del océano Atlántico hasta Durban, bañada por el Índico. Cansados de mar y con ganas de otros paisajes nos dirigimos al Norte y deambulamos por las montañas de Drakensberg. Dejamos Lesoto a un lado y atravesamos de Oeste a Este el pequeño país de Swaziland, en el que el rey Mswati III alberga todo el poder, mansiones y un gran harén de mujeres mientras su pueblo muere de hambre y vive afligido por la mayor tasa de infección de VIH del mundo. Tras una pequeña incursión de 4 días en Mozambique, regresamos a Sudáfrica por el Norte hasta acabar dando con un albergue a altas horas de la madrugada en Pretoria.


Éramos cuatro: Tae Won, coreano; Bruno, de Madrid; Asier, navarrico; y un viejo Volkswagen Fox, nuestro coche, nuestra furia, nuestra fuerza, nuestra alma y nuestro corazón. Por mucho trote que le diéramos y pese haberle tenido que cambiar las cuatro ruedas, seguía respondiendo a su cometido. Nos llevaba allá donde nos proponíamos y nos resguardaba por las noches en esos lugares en los que el humo de la ciudad o las nubes no nos permitían dormir bajo las estrellas.
Pero aquella noche, tras muchos kilómetros, demasiadas horas al volante y perdidos en el corazón de Pretoria, capital administrativa de Sudáfrica, nos decantamos por pasar la noche en el único albergue que encontramos abierto a aquellas altas horas de la madrugada.


Sólo iba a ser una pequeña parada, sólo una noche queríamos pasar allá, así que dejamos el coche cargado con todo el equipaje dentro para, al día siguiente, salir temprano. Aquella sería la última noche que nuestra estimada máquina pasaría con nosotros.


A las seis de la mañana llamaron a la puerta de nuestra habitación. Tae Won y Bruno seguían durmiendo, así que aparté la mosquitera y empapado en sudor salí a ver quién era. Querían que retirásemos el coche. Estaba impidiendo la salida del resto de vehículos del parking, pues había sido el último en entrar.
Comenzaba a despuntar el alba, las luces de la ciudad se iban apagando y el sol de ese nuevo día amenazaba con un día caluroso. Tras preguntar previamente a los dueños del albergue por la seguridad del barrio, decidí aparcar el coche frente a la entrada, me mostraron tranquilidad y no pusieron impedimento ninguno.
Desperté a los que todavía dormían, una ducha, un café, menos de una hora y… ¿El coche?


Marcas de derrape en el suelo, desconcierto por parte de los encargados del albergue e incredulidad por la nuestra. No habíamos tardado nada desde que se quedó el coche en la calle hasta que salimos a por él. Pero ya no estaba.
Fuimos a la comisaría. Los agentes nos recibieron con una total parsimonia, seguro que pensando “otro más…”. Nosotros reaccionamos con la furia que la situación nos acababa de provocar. Ellos, con una calma inquietante, sacaron un formulario, se armaron con un bolígrafo y prestos a rellenar la primera respuesta de la pregunta nº 1 del informe leyeron:
-    ¿Do you believe in God?
Aquel día terminó nuestro viaje. Nos habían robado el coche, nuestra furia, nuestra fuerza, nuestra alma y nuestro corazón, pero no permitimos que se llevaran nuestra sonrisa y esa noche salimos a brindar por el compañero desaparecido y lo hicimos hasta bien entrada la madrugada.
Al día siguiente, arrastrando una satisfactoria resaca, pasamos en autobús a Johannesburgo, situada a tan solo 65 kilómetros de Pretoria. Se trata de la ciudad más grande, más poblada y, según nos decían, la más peligrosa de Sudáfrica. Allí cogimos un tren y en 20 horas llegamos a Ciudad del Cabo. En esta ciudad intercambiamos direcciones, números de teléfono, lágrimas y abrazos. Nuestros caminos se separaron.

Lo último que sé de aquella historia es lo que alguien me dijo una vez sobre Tae Won. En los días posteriores, de vez en cuando, se le oía preguntar: “¿Dónde está tal camiseta? ¿Dónde dejé ese cargador? ¿Qué hice con aquel libro?” A lo que siempre, instantáneamente se contestaba: “Quedó en el viaje, en el que fue nuestro hogar, desapareció con el coche y se encuentra junto a las otras tres almas que, en el recuerdo, nunca dejarán de viajar”.
 

Asier Suescun

Imagen de miviaje

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