Clasificado en:

Crónica del terremoto de Chile (2) : La ola

Con la mirada perdida, la fuga hacia el cerro desfilaba por la ventanilla. En el coche sólo se oían los rezos de Gustavo y Mari. Rezaban por ellos, por nosotros, por todos. Esa susurrada salmodia que quebraba el silencio y rogaba por sobrevivir, lejos de tranquilizar inquietaba aún más. Acentuaba la sensación de que en la huida de la ola nos estábamos jugando la piel. Una ola que ni siquiera sabíamos si iba a llegar. Nadie quería estar allí para comprobarlo.

 En el camino de tierra, de un solo carril, la fila de coches avanzaba despacio y en silencio, como sus ocupantes, como la gente que, sin locomoción, caminaba apresurada hacia el abrigo del monte. La sensación de calma, de orden, contrastaba con la necesidad imperiosa de llegar rápido a la cima, sin embargo no se escuchaba ni una mala bocina, ni un solo grito, todo el mundo mantenía la serenidad con un sosiego que parecía irreal. Quizás la educación sísmica que reciben desde pequeños fuera la causa, o quizás fuera porque estaban demasiado alterados para alterarse más. Fuera lo que fuere, la lenta procesión consiguió que la subida al cerro no añadiera más desgracias a las que ya teníamos encima.

 Cuando llegamos, la cima estaba llena de coches aparcados de cualquier manera y de gente que llevaba encima lo poco que había podido pillar para abrigarse. Hablaban entre ellos y se contaban que había sido el temblor más fuerte que recordaban, mucho más que el del 85, se preguntaban si tenían noticias de éste o aquel, se llamaban a gritos en la oscuridad, intentando localizarse y abrazarse. Todo el mundo trasteaba sus móviles intentando contactar con la familia pero las líneas casi no funcionaban hasta que dejaron de hacerlo del todo. Nosotros conseguimos enviar un mensaje de texto a nuestros padres diciendo que estábamos bien. Después de eso, el silencio. No sabíamos si había llegado, si los habría tranquilizado o asustado, o si simplemente seguían a oscuras preguntándose si estábamos a salvo o ya no estábamos. De todas formas nuestra angustia desaparecía al mirar alrededor. Al fin y al cabo nosotros sufríamos por si los nuestros sufrían, el resto sufría por si los suyos vivían.

 Cuando se apagaron los móviles y las conversaciones empezaron a encenderse las primeras fogatas. Pronto la montaña se lleno de hogueras que más que luz daban calor ya que de la claridad se encargaba la luna, una luna espléndida cortejada por miles de estrellas, un panorama extraordinario que la naturaleza nos brindaba como si con eso pudiera hacerse perdonar, la muy hipócrita.

 Pronto empezaron a sonar las radios de los coches. Sólo se sintonizaba “Entre olas”, la radio local de Pichilemu, que funcionaba gracias a un generador eléctrico propio, ya que el pueblo estaba completamente a oscuras. No tenían ninguna comunicación con el exterior, así que sólo podían limitarse a pedir calma a la población, a recordar que se dirigiesen a las zonas seguras y a intentar poner en contacto a los que aún estaban perdidos. De qué había pasado, qué magnitud había tenido, si había victimas, si venía la ola, nada de nada. Hasta que llegó la ola. Informaron que había destrozado toda la zona costera llevándose todo lo que encontró a su paso. Debíamos permanecer en las montañas hasta que se hiciera completamente de día. Como si eso fuera fácil para una gente que podía haberlo perdido todo, todo menos la vida.

 Hasta el amanecer, pues, una eterna espera plagada de frío, réplicas, inquietud, réplicas, incertidumbre, réplicas, miedo, réplicas. Maxi, el nieto de Gustavo y Mari, se retorcía inquieto con cada nuevo temblor, con una cara de miedo que daba ganas de llorar. Nosotros intentábamos colaborar distrayéndolo como podíamos, seguramente más asustados que él. Una vez despuntado el alba, una furgoneta de los carabineros informó por megafonía que se podía bajar a la costa a recoger comida, medicamentos, ropa, cosas que fueran totalmente imprescindibles, siempre que no se permaneciera allí mucho tiempo y se fuera con cuidado. Nosotros necesitábamos más ropa de abrigo y la documentación. Mari quería saber cómo estaba la casa y conseguir algo de comida y agua. Gustavo y yo decidimos bajar.

Imagen de miviaje

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.