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Crónica del terremoto de Chile (1) : El temblor

Aferrados a los marcos de las puertas sin entender muy bien qué pasaba, sin saber muy bien si eso era lo que había que hacer, intentábamos mantener el equilibrio mientras el suelo se movía a su antojo. Yo me encontraba anestesiado, como si todo aquello no fuera conmigo, como si sucediera en un mundo paralelo, diferente. Contemplaba la escena con los sentidos ausentes y la mente en blanco, espectador atónito de algo que no se sabe muy bien si es real. Mònica, en cambio, estaba aterrada. Lo vivía con toda la intensidad y el pánico del jugarse la piel, sintiendo la impotencia del que sabe que nada puede hacer y que todo le puede pasar. Convencida de que todo le iba a pasar.

 Todo había empezado instantes antes, en medio de la noche. La casa empezó a temblar suavemente y de repente todo se agitaba a un ritmo frenético. El temblor te empujaba contra las paredes, contra los muebles, te tiraba al suelo mientras intentabas llegar al marco de una puerta sin estar seguro de que hacer aquello fuera lo correcto. Al menos era lo que teníamos más a mano. Lo único que teníamos a mano. Cuando terminó, un silencio devastado invadió la casa, un silencio únicamente roto por el sonido del corazón en las sienes que se encargaba de desmentir la impresión de que aquello había sido una broma macabra. El seísmo duró dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

 Sabíamos que Chile era tierra de terremotos, así que nos asomamos a la calle con la incertidumbre de saber si el temblor había sido cosa normal o si se trataba, como nos había parecido, de algo bastante más serio. Las calles de Pichilemu estaban casi desiertas. Sólo algunas personas deambulaban por ellas con rostro alucinado. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas. Gritaban los nombres de los suyos intentando cerciorarse de que estaban todos bien. Los imitamos y cogiendo algo de ropa de abrigo salimos a averiguar qué era lo que venía después.

 En nuestros apartamentos había ya mucho movimiento. La gente bajaba las escaleras cargada de maletas, con los niños en brazos, en un silencio apresurado que hablaba del terror, de cuando el terror ya no te deja ni gritar. En medio del caos Gustavo intentaba poner un poco de orden. Suban a los autos y diríjanse al cerro, gritaba una y otra vez, acompañando a sus huéspedes hasta la puerta de sus coches. Estaba desalojando las cabañas, manteniendo la calma cuando casi todos los demás la habíamos perdido. Nosotros estábamos petrificados en medio del follón, sin auto al que dirigirnos, cuando nos cruzamos con su mirada. Ustedes se vienen conmigo, dijo.

 Sentados en el asiento trasero del vehículo esperábamos a Gustavo en compañía su mujer y su nieto, tan aterrados como nosotros. Ya todos los huéspedes habían salido hacia el cerro y Gustavo había ido a coger su móvil y a cerrar el negocio en previsión de posibles saqueos. Tardo un minuto, había dicho, y ya iba uno y medio. Mientras tanto, desde el coche, todos mirábamos al mar, al mar que estaba sospechosamente calmado, al mar cuyo movimiento resultaba extraño, como si el oleaje luchara contra una corriente adversa que lo empujaba de nuevo al océano, lejos de la playa; al mar que ya preparaba la gran ola que había hecho huir a la gente en dirección a las montañas. Gustavo regresó a los dos minutos, dos minutos que parecieron dos siglos. Los dos minutos más largos del mundo.

Javier Agudo

www.mundocroqueta.com
 

Imagen de miviaje

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