Crónica del viaje a Botswana, y IV, Parque natural de Nxai

Por fin se acercaba el momento de dirigirnos hacia el Parque Nacional de Nxai donde están los baobabs de Baines. En su momento me pareció buena idea acabar el viaje disfrutando de mis ansiados baobabs, pero por motivos ajenos a mí, resultó que sólo podíamos quedarnos 1 día en los Pans de esa zona. Fue un gran disgusto, pues me hubiera gustado poder recorrer también el Makgadikgadi Pans, la isla de Kubu y acercarme al famoso baobab de Chapman y al de Green. Realmente no quedaban tan lejos de Gweta, pero un malentendido en las prioridades del itinerario frustró la posibilidad. Recordaba a Xavier y Andoni paseándose sin prisa entre los baobabs y durmiendo bajo su sombra protectora con tranquilidad. Eso eché de menos en esta última fase del viaje. Tampoco pude ver la flor del baobab, tan efímera (sólo dura 24 horas) y tan bella, aunque esto era inevitable, por la época del año en que visitamos la zona.

Salimos de Kasane rumbo a Nata por la única carretera asfaltada de esa zona del país. Tras 140 km. nos desviamos al oeste hacia Gweta, para dirigirnos al Parque Nacional de Nxai Pan. Era curioso, porque aunque la carretera fuera asfaltada, había que estar muy atento, pues a veces cruzaban elefantes que aparecían de la nada. También había que tener mucho cuidado con los burros que pacían y se paseaban por todas partes invadiendo la calzada sin ningún temor.
Comimos en un curioso campsite llamado “Planet baobab”; lo mejor fue poder pasear entre los grandes baobabs, abrazarlos y contemplar sus frutos que aún colgaban de sus ramas. Cada árbol es único y éstos, aun no siendo gigantescos, tenían su fuerza y belleza para regalar a quien quisiera tomarla.

Nxai Pan; como ya era habitual, llegamos a los baobabs de Baines a las puertas del ocaso…

Una luz mágica y dorada fluía entre los árboles anhelando sombras. Una luz que no sabía que era luz, un sueño envolvente, un murmullo en la copa de los árboles prometiendo una especie de silencio, una nube de deseo que necesitaba descubrir cual era la esencia de la naturaleza arbórea, un trocito de inmensidad entre esos llanos, entre esos desiertos…
Se derramaba la luz creando formas iluminadas que reflejaban la vida, un silencio que abría espacios de conocimiento e invitaba a quedarse en un sueño, en un deseo.
Se abrían los ojos a la energía de lo intemporal, territorio sin senderos, donde desaparecían para siempre las fantasías personales del agobio, como la oscuridad retrocedía a su propia nada ante la presencia de luz. Deseaba a cada instante abrazar la inmensidad del todo sin pensar en la tristeza de su vacío. Viví ese momento inefable que permanecerá para siempre en mí.

Debíamos buscar nuestro lugar de acampada, la belleza de la puesta de sol, nos había dejado sin palabras, sin embargo urgía encontrarlo pues la oscuridad era cada vez mayor.

Finalmente dimos con él y resultó ser un campsite extraordinario. Tres magníficos baobabs presidían el lugar, así que tras saludarlos efusivamente, nos dispusimos a montar el campamento, encender el fuego y tomar nuestra frugal cena. También como era ya normal, teníamos que buscar leña para la hoguera, pues no teníamos ni una ramita seca para ello. Con los frontales puestos y sin alejarnos mucho del campamento, logramos reunir una buena cantidad de ramas y troncos de varios tamaños.
La noche era preciosa y la luna en cuarto menguante lucía extraordinaria. Un fenómeno del que nunca me había percatado con tanta claridad, fue el movimiento de la luna; apareció a unos 30 grados sobre la vertical y al cabo de unas horas estaba prácticamente sobre el horizonte… parecía que se “había caído”, una maravilla!!!

Esa noche no podía retirarme a la tienda; sabía que era mi única noche bajo los baobabs y sentía mi vida entre paréntesis, deseaba escuchar el idioma de las estrellas y perderme en ese vacío infinito e insondable de los días sin tiempo. Deseaba que esos instantes invisibles, escribieran sobre la arena, en un lenguaje sin palabras, la sombra de la soledad.
La noche albergaba el silencio de todos los mundos y se perdía irremisiblemente en el corazón silencioso de un baobab firme y solitario entre los susurros de la inmensidad.
Debía encontrar la manera de ascender desde la sombra, saltar por encima de esa valla llamada horizonte y trascender hacia la luz…

Decidí cerrar la noche, pero a las 5 de la madrugada, sentí que debía despedirme de los baobabs de una manera especial. Necesitaba la soledad y el silencio que permitían crear el vacío para poder integrarme completamente en ese mundo de inmensa ternura, profunda como el océano, serena y eterna como la paz infinita del espacio por encima de las breves tempestades de la Tierra…

Una cierta claridad, propiciada por la luna y los millones de estrellas, iluminaban la noche. Busqué un hueco entre las raíces del baobab elegido y con el pareo especial de las grandes ocasiones y una manta, pues hacía bastante frío, me dispuse a juntar todos los silencios a través de la tierra. Apoyada en el gran tronco del baobab, sentí como una especie de oleaje interior movía la energía de forma circular. Conexión íntima con el árbol; con su raíz y sus ramas, con la tierra, con el aire en movimiento que como un susurro esparcía los suspiros del mundo.
La hora, el silencio, la soledad expectante… la penumbra, todos los sufrimientos de la existencia se diluían en el tierno abrazo de unos brazos inmateriales. La profundidad de la vida se respiraba desde sus raíces. Las imágenes se derraman como agua por un dique agrietado, así pasó el tiempo…

El sol apareció de pronto por el horizonte, creando luces y sombras entre los expectantes baobabs que agradecían ese calor dorado del amanecer. Ese breve instante fue el momento para soñar sueños sublimes que plasmaban los más profundos anhelos. Engullida por la nada silenciosa, todo pasó y mi corazón sintió la nostalgia de las dulces horas al otro lado del océano del tiempo.

Las palabras, como huellas que encuentras en la arena al amanecer, me sacaron de mi ensueño. La realidad se imponía. Debíamos recoger y dirigirnos nuevamente a los baobabs de Baines para darles nuestro último abrazo. Thomas Baines los pintó en 1862, y parece ser, que apenas han cambiado desde entonces.
Esos baobabs son realmente espectaculares y no sólo por su tamaño, sino por la manera en que están situados. Parece que estén conectados unos con otros a través de sus raíces y compartan la fuerza y la energía haciéndose más fuertes y más sabios.
Me abracé uno a uno a todos los boababs del conjunto; era como deslizarse por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y seca… inmaterial certeza de lo sublime que encerraba algo anónimo e ignoto. Emoción sin límites que se rompió en añicos líquidos y una lágrima que aceptaba ser una diminuta cicatriz de agua se deslizó hasta esa arena de silencio y quietud.
La luz que se filtraba entre ellos era cambiante y mágica; una luz que iluminaba la oscuridad de los temores del mundo.

En un momento mágico, todos los baobabs se fundieron en una misma descomunal sombra; en un grueso tronco y las ramas de todos ellos formaron un único y gigantesco árbol. Yo deseaba encontrar el nombre de su sombra…

Los árboles son el esfuerzo infinito de la tierra por hablarle al cielo que escucha.

No pude cumplir con las indicaciones del misterioso personaje que encontraron Xavier y Andoni en su expedición que les dijo: “no os llevéis nada que no sean fotos, no dejéis nada que no sean vuestras huellas y no matéis nada, excepto el tiempo”. Yo me llevé el recuerdo imborrable de lo vivido bajo la sombra de los baobabs; una sensación de inmensa tranquilidad y la certeza de haber conocido la belleza en su esencia. Dejé parte de mi corazón enterrado entre las raíces de los baobabs y me deshice de todos aquellos pensamientos negativos que enturbiaban mi mente impidiendo, como la niebla gris y blanda, ver la última y verdadera realidad de la existencia.

La vuelta a Maun, fue silenciosa; cada uno asimilaba la experiencia a su manera. Ser comprendido, no juzgado, formaba parte de un acuerdo no escrito entre nosotros.
Es difícil aceptar el rigor de la simplicidad, la humildad de la entrega… todos trazamos nuestro camino, a veces entre oasis de sombras. La vida es como un puente suspendido en el vacío y a veces el horizonte se hace invisible entre la niebla, pero hay que abrir el corazón sin reservas a todas las señales del silencio creador; plenitud de aire que une al universo, interno y externo, que libera de lo vano y lo acerca a un goce de plenitud.

Todo eso aconteció en la expedición realizada entre el 4  y el 20 de mayo de 2010, junto a mis compañeros: Rosa, Igor y Sergio; amigos del alma, junto a los que he realizado numerosos, interesantes y siempre entrañables viajes.
Gracias a todos ellos por compartir conmigo estas vivencias que no deseo se diluyan en el olvido.

Cada viaje es para mí una experiencia de vida única e irrepetible.
En la inmensidad del Kalahari, en la soledad de los Pans, en la sombra de los baobabs, he experimentado la práctica de la atención plena. Cada situación, cada momento, lo he vivido de forma global; sin un antes o un después, sin un pensamiento predeterminado. Sin expectativas, sin recuerdos, sin esperanzas ni deseos, sin miedos ni dolor. Sólo el instante en toda su plenitud, como un todo y yo  formaba parte de eso.
Una sensación de gran serenidad propiciada por una mente ausente que permitía a los pensamientos deslizarse suavemente como las nubes en el desierto.
La verdad del instante no suma horas.
Me sentía diminutamente prescindible y tranquila en medio de esa inmensidad. De esa manera, podía escuchar la música en el viento, podía ver la belleza en cada piedra, en cada árbol y sentir desde el corazón la esencia misma de la naturaleza en mí.

Pilar Blasco

Imagen de miviaje

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